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¿Qué tienes tú, que no tenga yo?

“–Está claro que somos diferentes, ya sólo con vernos nos damos cuenta de que nuestros cuerpos son diferentes y que vosotros tenéis ciertas limitaciones. –Bueno, y ¿cuáles son esas limitaciones… si se pueden saber? –Nosotras somos madres, somos las que traemos a todos a la vida. –Claro, pero nosotros tenemos mucho que ver en eso. –Si pero no hay comparación, nosotras ponemos el cuerpo y el alimento; vosotros ni siquiera sabéis si sois los padres a no ser que nosotras os lo digamos y aceptemos la validez de vuestra colaboración en el proceso.

–Somos fundamentales porque… ¿qué sería de la natalidad sin la aportación de los hombres? –Reconozco que es verdad, pero fíjate que si hubiera pocas mujeres y muchos hombres la natalidad caería estrepitosamente, sin embargo con muy pocos hombres la natalidad se mantendría sin ningún problema, luego ¿quiénes son las importantes?

–Los hombres sois seres violentos y agresivos, sois como los animales. Sin embargo nosotras no soportamos la violencia y nunca llegamos a vuestra brutalidad. –Sí, claro, pero en la mayoría de los casos vosotras estáis detrás de esa violencia, de esa brutalidad; no la ejecutáis pero de alguna manera la ordenáis o la producís. –Ya, pero si llegamos a ese punto lo hacemos a través de la razón y mediante la reflexión, con lo que damos cumplimiento a la parte más intelectual, más importante; por tanto seguimos siendo más superiores. Además ¿Cuándo ejercemos nosotras la violencia si no nos dejáis alcanzar ningún puesto de poder? –Cómo que no, el mundo se está llenando de mujeres que mandan.

–Mira, a mi me gustáis mucho los hombres, sois más inocentes, más simples, más emocionales; pero eso que os da tanto encanto se convierte en un peligro cuando pretendéis saliros de vuestro lugar. –¿Y eso por qué? –Pues porque no se os puede dejar asumir puestos de gran responsabilidad, porque no tenéis la sutileza necesaria; el poder os embriaga, no tenéis sentido de la medida ni dimensión espiritual y, además, carecéis de la intuición necesaria. –Ten por seguro que yo tengo de todo eso y más. –Precisamente, ahí está esa violencia de la que te hablo, el típico comportamiento de varón, ¡porque lo digo yo y basta!”

Todo esto pero mejor escrito lo interpreta Rosa Montero en una novela que titula “Temblor”, cuya protagonista es una mujer. Yo lo he traído a estas páginas para observar la banalidad de las supuestas diferencias y dar comienzo a un escrito que versará sobre el feminismo y el machismo, algo que a estas alturas debería de estar guardado en un cajón formando parte de aquellas cosas que sirvieron de poco y que están resueltas o gastadas y llenas del polvo que encierra y envuelve al olvido.

Cuando hablamos del machismo o del feminismo poca gente sabe realmente de lo que hablamos y, en la mayoría de los casos, lo que aflora es el exabrupto injustificado o la absurda reivindicación con estúpidas coletillas del estilo de “los miembros y las miembras”. Por lo general se sigue pensando en que ambos términos nos enfrentan a hombres y mujeres y no nos damos cuenta de lo transcendente que puede llegar a ser el correcto entendimiento del por qué y de cuánto significa la discriminación y la lucha por los derechos.

El machismo viene a ser un prejuicio sexual, ancestral y arraigado que se ejerce de manera inconsciente, y consiste en una supuesta creencia que clasifica por grados de superioridad e inferioridad a los seres humanos; esta clasificación se lleva a cabo de acuerdo a ciertas expectativas cargadas de un supuesto carácter esencial, natural o biológico que pretenden representar a hombres o mujeres como dos grupos distintos sin, ni siquiera, tener en cuenta las diferencias que puedan existir dentro de los propios grupos. Propone que el varón es superior y que la mujer debe estar sometida a él. No existe la más mínima base que pueda sostener esa idea, por lo que podemos deducir que es una invención que arrastramos culturalmente desde hace mucho tiempo.

Tiempo que hemos estado instalados en el mito del “Hombre universal” mito que nos ha llevado desde siempre a la construcción del macho, un varón dominante, mantenido por unas conductas que hoy reconocemos y que básicamente han estado sustentadas por: la educación (el hombre se educaba para el futuro mientras la mujer era separada de la educación para ser ama de casa). Enseñanzas religiosas (todavía se expone en alguna religión masiva la afirmación de que la mujer tienta al hombre y es la pecadora, con la consiguiente denigración). Leyes discriminatorias (la ley ha sido durante mucho tiempo discriminatoria para las mujeres a favor de los varones; el derecho al sufragio, la propiedad, el derecho a decidir, las condenas por adulterio, etc. etc.). Qué decir del trabajo(aún hoy se le sigue pagando menos por el mismo trabajo que los varones). También por la publicidad y los medios (la mujer ha sido tratada y puede que todavía lo sea, como un objeto en manos de publicistas y medios de comunicación). Todos estos temas y algunos más han sido recurrentes en su formación.

Del machismo también procede el control sexista que viene a dictaminar cualquier comportamiento que tenga origen en una inclinación a adquirir por parte de los propios hombres comportamientos propios de la mujer o al contrario, concluyendo en la homofobia.

El feminismo es un movimiento social y político que se inicia formalmente a finales del siglo XVIII, que supone la toma de conciencia de las mujeres como grupo o colectivo humano, de la opresión, dominación, y explotación de que han sido y son objeto por parte del colectivo de varones en el seno del patriarcado bajo sus distintas fases históricas, lo cual las mueve a la acción para la liberación de su sexo con todas las transformaciones de la sociedad que ello requiera.

Los orígenes del feminismo como movimiento colectivo de mujeres hay que situarlo en los albores de la Revolución Francesa. Entre los numerosos cuadernos de quejas que se publicaron entonces con ocasión del anuncio de convocatoria de los Estados Generales, varios se hacían eco de quejas de mujeres, ansiosas de cambiar en muchos aspectos su situación. En la Biblioteca Nacional de Paris pueden consultarse estos folletos, que datan de 1788. De nuevo surge Olympia de Gouges con su folleto «Letre au Peuple», anterior a la «Declaracion de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana» de esta misma autora. (Histoire de la Preese Femenine en France.)

En España la palabra feminismo aparece en la bibliografía en 1899, con el libro de Adolfo Posada: Feminismo, como así lo hace constar Aurora Diaz-Plaja en «La mujer y los libros». Aunque ya las mujeres habían empezado a escribir sobre el tema (como Josefa Amar y Concepción Arenal) fueron obra de varones los primeros títulos conteniendo la palabra feminismo, ya que en 1901 Romera Navarro sale en defensa del sexo femenino contra el sexismo del autor de “La inferioridad mental de la mujer” con el libro “Ensayo de una filosofía feminista: refutación a Moebius”.

El movimiento feminista actúa en dos niveles: uno, el de la lucha por conseguir la igualdad completa en lo económico, en lo social y en lo cultural; y otro que iría más allá de la igualdad superando la dicotomía hombre-mujer con una orientación clara hacia relaciones sociales sin referencia en el pasado.

Pese a todo, muchos de los principales temas que formaban parte ya del debate en los orígenes del movimiento, aunque matizados, siguen vigentes hoy en día. Son muchos los asuntos pendientes a pesar del barniz que se le da y de los progresos que se han logrado en la defensa de los derechos de las mujeres: relaciones económicas y laborales (Discriminación laboral). Violencia (leyes para proteger a la mujer y castigar al maltratador). Cuerpo y sexualidad (Los cánones de belleza impuestos, la cosificación de la mujer). Derechos ciudadanos (incluir a la mujer en la agenda política y la paridad). La maternidad (se defiende la libertad total de decidir ser o no ser madre y cuándo y cómo serlo sin coacciones morales o religiosas). Etc.

La familia ha sido durante siglos el primer espacio de influencia del patriarcado. Aún hoy los roles familiares siguen condicionando el presente y futuro de muchas niñas y mujeres en el mundo. Las primeras feministas lucharon por elegir pareja, por no perder sus bienes en el matrimonio y por la separación civil y custodia de los menores.   Todavía los matrimonios forzosos y la poligamia siguen siendo habituales en muchos países, incluso dentro de los países occidentales y más avanzados, por la conexión migratoria, se dan este tipo de circunstancias. Entrar en el ámbito de lo “privacidad” supuso un gran paso adelante para hacer frente a la supremacía machista y en ello, no se puede dejar de reconocer, fueron fundamentales las luchas y los grandes sacrificios de las feministas.

Las diversidades que hoy se dan en el seno de la familia (mujer sola con hijo, de dos mujeres, parejas sin hijos, etc.) y el rechazo parcial o total que genera este grupo social, así como la continuidad de la violencia y el maltrato intrafamiliar, siguen constituyendo el hoy del feminismo.

En nuestra cultura occidental queda mucho camino aún por recorrer pero los avances conseguidos no tendrían justificación y no servirían de nada si no tuviéramos en cuenta que en nuestras sociedades conviven cada vez más creencias, etnias, culturas y formas de relacionarnos, y eso debe favorecer el debate sobre el feminismo y mantenernos atentos para no dar pasos hacia atrás y además contribuir a entender y hacer posible la minimización de las múltiples discriminaciones que se dan por esa mezcla interracial y cultural que nos ha traído la migración.

El machismo es el contubernio a erradicar en pro de la igualdad. Sin el feminismo activo hoy estaríamos, todavía, en aquella situación indigna de sometimiento de la mujer y de la absurda creencia que la ponía en condición de inferioridad hacia el hombre. Ha sido y es una fuerza cuyo fin es el logro de la legítima igualdad. No se trata de pretender enfrentar el feminismo a nada ni a nadie, ni de buscar o perseguir comportamientos individuales, sino de conseguir dimensionar a la mujer y dotarle de sus justos derechos. Ir más allá supondría caer en los mismos errores que se tratan de eliminar.

 

Manuel Jiménez. Equipo de redacción