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El sector agrario. Su reivindicación

No es costumbre de esta casa hacer publicidad de nuestros seguros en el blog, y bien lo saben las personas que nos siguen. Pero en esta ocasión en la que estamos en pleno lanzamiento de una campaña dirigida a las empresas agrícolas, no queremos perder la ocasión de intentar poner sobre blanco algunos pensamientos relacionados con la importancia del sector agrario y su reivindicación.

 

La Agricultura es, quizás, la profesión más antigua de la humanidad. Y si bien de ella viven muchas personas, lo que es seguro es que de ella nos servimos absolutamente todos. Es la principal fuente de alimentos, piensos y vestimenta, y proporciona materiales para combustible y vivienda a una población mundial en crecimiento; el reto consiste en liberar a millones de personas de la pobreza y el hambre y, al mismo tiempo, reducir sus efectos en el medio ambiente.

Pero esta actividad viene siendo desde hace tiempo objeto de un persistente desdén, sobre todo por el poco valor económico que se le da a sus productos en origen y por una interminable lista de obligaciones y reglamentos, impuestos desde dentro y fuera de nuestras fronteras. Así lo percibo yo que apenas entiendo del asunto. Los productos tienen un valor en la tierra que ni por “asomo” se parece al precio final una vez distribuido y comercializado. Uno se pregunta si será lógica esta diferencia o, sencillamente, esto obedece a la atomización de los productores frente a la presión de las comercializadoras, tal vez a la falta de fuerza y unión, o quizás a la minimización del colectivo frente el consumidor final.

Suponemos que serán varios los motivos por los que los productos del campo se valoran tan poco, pero no deja de sorprendernos que las grandes cadenas alimentarias, los grandes supermercados, ofrezcan entre sus artículos una mayoría de productos importados: espárragos, garbanzos, arroz, etc.

En el año 2012 las importaciones mundiales agropecuarias de los principales productos: maíz, arroz, cebada, trigo, azúcar, incluso aceite y harina, además de carne de bovino, porcino y ave; encontramos que 19 países, incluido el bloque de la Unión Europea como uno solo (27 países), concentraban en conjunto el 60% de las importaciones totales del mundo, de los cuales China y la Unión Europea eran los principales importadores de alimentos, con 11% y 10% del total mundial, a pesar de que Europa produce el 13,5% de estos mismos productos (Sobre todo trigo y leche). Es de suponer que no tenemos la capacidad de producción necesaria para abastecer nuestras propias necesidades. Lo malo sería que compráramos transgénicos. En el año 2014, los cultivos de transgénicos se extendían en 181,5 millones de hectáreas de 28 países, de los cuales 20 son países en vías de desarrollo. En el año 2015, en USA el 94 % de plantaciones de soja lo eran de variedades transgénicas, así como el 89 % del algodón y el 89 % del maíz.

 

El caso es que los alimentos en el “Super” están a precios propios de rentas altas o medias, y nos queda la impronta de que en realidad los comercializadores han pagado por ellos precios que se corresponden, o bien con rentas muy bajas en los países de origen, o bien los habrían pasado por la biotecnología. Parece claro quiénes son los que hacen el negocio. Mientras, como es el caso de Europa, vemos cómo los precios de nuestras producciones se van al garete y no pueden sobrevivir, incluso con ayudas y subvenciones.

La sensibilización sobre estos temas que nos conciernen a todos, poner en nuestro objetivo al medio rural, hacer preferencia de la alimentación en base a productos locales, el consumo corresponsable y la protección de los recursos naturales y locales; son el fundamento de un buen desarrollo agroalimentario, con el que  los ciudadanos debemos coincidir a base de información y de formación, para poder actuar en defensa de nuestra agricultura y luchar contra las desigualdades y a la vez contra la pobreza alimentaria.

Que es un sector indispensable y su supervivencia está asegurada lo sabe todo el mundo. Lo que no lo está tanto es su continuidad en la forma que se ha venido desarrollando hasta ahora. Si no fuera por el gran costo que supone la adquisición de la tierra, que tradicionalmente ha sido pasada de padres a hijos, las grandes multinacionales se habrían hecho dueñas ya de todo el sector, lo que nos podría llevar a pensar que ese puede ser otro de los motivos por el que los productos en origen están a precios que ni siquiera compensan los gastos. La apropiación de la tierra cultivable por parte de los grandes grupos especuladores nos llevaría a perder el control de la producción, pues quedaría en manos de unos pocos, y dejaría los precios a su merced con la consiguiente afectación de los mercados.

Algo que sí se está viendo ya, al hilo de la apropiación de la tierra y de las importaciones masivas de alimentos, es el preocupante tema de la deforestación. Si bien ésta ha sido una práctica que se ha dado desde el principio de los tiempos en pro de la agricultura, ahora se pone de manifiesto de manera salvaje y con fines especulativos, ya sea por incendios provocados en los bosques, ya sea por la aniquilación de franjas de terreno de cientos de miles de hectáreas de las zonas selváticas para, entre otras, propiciar una actividad agrícola de manera masiva y descontrolada; produciendo simultáneamente el deterioro y la anulación de la superficie terrestre que no puede corresponder con su propio clima ni con su composición química.

 

De modo que lo que se pretende ganar con estas actitudes, no es precisamente paliar el hambre del mundo incrementando la agricultura, sino el control de la producción y su valor en precio. Sin embargo lo causal es la desertización y el cambio climático.

 

En España, frente a lo que se pueda creer, las zonas verdes y boscosas siguen representando un porcentaje del suelo similar al de hace 100 años. El terreno dedicado a los asentamientos humanos, sigue siendo más o menos igual gracias a la naturaleza de las edificaciones que normalmente se han compactado y construido en bloques. También el terreno dedicado al cultivo sigue siendo parecido. Sin embargo el asignado a bosques, según estudios científicos, ha crecido un 22%, lo que ha venido ocurriendo en casi toda Europa.

Según parece, este cambio se debe a que Europa empezó a importar gran parte de sus alimentos, consiguiendo restar presión a su propio suelo y con el tiempo ese suelo que quedaba excedentario ha pasado de cultivable a convertirse en prados y después en bosques. Todo esto no nos exime de responsabilidad frente al cambio climático ya que, si bien mantenemos nuestras zonas verdes, lo hacemos a base de importar y de limitar nuestras producciones, por tanto, de llevar a otras zonas del planeta la desertización por el abuso y la sobrexplotación.

Sin embargo todo este conglomerado de conceptos se hace pequeño cuando uno pisa el terreno y sale a la realidad, al día a día de los agricultores y del medio rural. En cualquier pueblo de nuestra comunidad, cerealista por antonomasia, vemos cómo ha desaparecido en gran medida su habitación y cómo los que quedan aguantan estoicamente la problemática del campo, unas veces por la falta de agua que no sólo es por el cambio climático, también lo es por la sobreexplotación de los acuíferos que con tanta perforación ya no dan más de si; otras son la falta de ayudas, el precio de los seguros agrarios, el de los combustibles o la energía y, sobre todo el valor que el mercado otorga a las cosechas.

En España, según el Instituto Nacional de Estadística hay aproximadamente unos 2.800  pueblos abandonados. Pero para algunos de ellos está surgiendo, en los últimos años, una segunda oportunidad. Empresas que convierten pequeños municipios en centros de turismo y ocio deportivo o administraciones públicas concienciadas del valor de estos enclaves, están detrás de este pequeño resurgir rural.

Cuando se piensa en emprendimiento nos viene casi cualquier imagen a la cabeza menos el sector agrícola. El campo ha sido un terreno tradicionalmente vetado para quienes no han nacido en una población rural o cuya familia ha sido ajena a este sector. De hecho, la mayoría de explotaciones agrarias de España están, como ya hemos hablado, a cargo de las empresas familiares. Pero esta tendencia está cambiando en los últimos años por lo complicado del mercado laboral y por la necesidad que tiene el campo de apuntarse a una renovación tecnológica que le hará ser más competitivo, produciendo más y adaptándose a la demanda de los consumidores. Esta mezcla ha conseguido que muchos emprendedores ya no miren con recelo al sector agrícola. Y cada vez son más los que se apuntan, porque hay argumentos de sobra para emprender en agricultura.

 

Uno de los cambios más interesantes que se pueden dar y se están dando en el campo tiene que ver con el replanteamiento de los tradicionales canales de distribución. Internet y la posibilidad de vender on line sus productos ha abaratado los costes además de hacer innecesario el tener una tienda física o la dependencia de comercializadoras que se queden con más de las tres cuartas partes del precio final.

En este contexto, el emprendedor puede jugar un papel destacado. No es fácil, pero las oportunidades de negocio que ofrecen, tanto los nuevos planteamientos en la agricultura tradicional, como los pequeños pueblos – abandonados o no – están ahí para quien le ponga imaginación y paciencia.

La mayoría de Comunidades Autónomas españolas tienen algún plan de ayuda al emprendedor que regresa al campo. Esta ayuda va desde el asesoramiento a la cesión de herramientas específicas de emprendimiento. Este tipo de políticas parece ser que se están poniendo de manifiesto en nuestra Comunidad. En materia de ayudas de la Unión Europea existe el Programa de Desarrollo Rural 2014-2020, con medidas y fondos concretos para ayudar a recuperar el sector primario e incentivar la creación de empresas sostenibles en entornos naturales. Sin embargo es cierto que no es sencillo encontrar financiación especifica para este tipo de proyectos y que las facilidades, según parece, brillan por su ausencia.

No obstante, también hay muchas asociaciones  y sindicatos agrícolas dispuestos a asesorar y  ayudar. Y ya para rematar esta corriente de optimismo que nos ha embargado por unos momentos, decir a las instituciones que sigan, incluso, que apuesten más con sus programas de fomento, no sólo en empresas y modelos de negocio con base en las TIC (tecnologías de información y comunicación), también haciendo cuanto esté en sus manos para generar  partidas económicas que proporcionen oxígeno y fuerza a los emprendedores del campo. Recuperaríamos el tejido social que hemos perdido en el medio rural, favoreceríamos una nueva economía y creación de empleo y con ello protegeríamos, aún más y mejor, nuestro suelo y nuestro clima. ¡Todo ventajas!

Visita nuestra campaña Seguros para Agricultores aquí.

Visita nuestra campaña para Maquinaria Agrícola aquí.

 

Manuel Jiménez. Equipo de redacción