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Al hilo de las pensiones

 

Hubiera querido hablar de las posibilidades que me ofrece la jubilación y, por tanto, de las pensiones que habrán de hacer posible que lleve una vida digna después de tanto trabajo y desvelo. Sin embargo me encuentro con cantidad de dificultades a la hora de fijar tales posibilidades; me refiero a que para alcanzar esa meta, por lo visto, no bastaba con las previsiones que había ido haciendo a lo largo de mi vida laboral. No es que las pensiones dejen de cumplir su cometido pero menos mal que en su día inicié mi propio plan de pensiones.

Duele en el alma del que escribe tener que admitir que esto sea así. Ahora veo cómo la Administración ajusta a su dimensión actual las cantidades a pagar por pensiones, y esa actualización deja de contemplar aquellas previsiones que hicimos y parecía que teníamos garantizadas. Buen ejemplo de esto es el hecho de que ya no baste con los últimos quince años, como había venido siendo hasta el año 2013 y se hayan ampliado progresivamente a 25 el número de años computables para aplicar las bases reguladoras, lo que merma nuestras cotizaciones y nos deja descolocados; valga también la aplicación del 0,25% de subida sin tener en cuenta la pérdida de poder adquisitivo que eso supondrá con el paso de unos pocos años; otro buen ejemplo es el que se avecina con el llamado “Factor de Sostenibilidad” que entrará en vigor a partir del 1 de enero del 2019, y que da por hecho que los futuros jubilados vivirán más años que los actuales, por tanto sus ya mermados derechos, cotizados durante la etapa activa, deberán repartirse ahora durante un número mayor de años, y aunque de manera global recibirán el equivalente a los jubilados actuales, sin embargo la cuantía mensual será más reducida para poder cubrir esos años que se supone vivan de más.

Es decir, cobrarán menos al mes pero se piensa que durante más años; claro está, si no les mata antes la precariedad o la miseria. Hemos de entender que lo que habíamos calculado para cubrir nuestra jubilación, la Administración suponía que era para una duración de 15 años, o sea de los 65 a los 80, ahora lo van a estirar porque parece ser que vivimos cinco años más, de los 65 a los 85, para lo que nos aumentan la edad de jubilación hasta los 67 – ya se ahorran dos años – y los otros tres nos los harán pagar disminuyendo las cantidades a cobrar mensualmente.¡¡Cosas de la vida!!

Portrait of an aged couple working together on their laptop

Para mí ya es sólo el presente el que me debe dar las respuestas a cuantas incertidumbres depara cada día. Un presente sazonado con iniciativas separatistas, con gastos como los que propician las díscolas autonomías, con la dádiva de turno destinada a obtener el silencio o la complicidad – llámese “Cupo” o como se quiera-, con elecciones cada dos por tres, subidas de prima de riesgo, refinanciación de deuda estatal más cara, partidos y políticos que sólo piensan en cómo conseguir sus escaños y vivir de la poltrona, todos: izquierda, derecha, centro, la equidistancia, el populismo y el limbo nacionalista; corruptelas por aquí y corruptelas por allá…; esto es UN QUILOMBO que diría el gran periodista burgalés Graciano Palomo, “Y lo dejo ahí…”

Hoy se habla constantemente de reformar la Constitución, y sobre todo de reformarla para dar cabida a una nueva estructura territorial que permita, aún más, que las Autonomías gocen de mayor autogobierno. Yo, contrariamente, pienso en una política que redujera las administraciones y propondría a los ciudadanos la posibilidad de unificar, juntar, agrupar o centralizar Autonomías. Imaginemos por un momento una España en la que la mayoría de las actuales Autonomías se unieran y tuvieran un solo Gobierno, una sola Cámara, una sola Hacienda, una sola Voz. Nunca sería peor que lo que tenemos ahora, ya que si hubiera diferencias, como las hay ahora en la aportación del PIB o en la generación de riqueza, quedarían paliadas con cuotas al estilo UE y con entente justo y solidario. Sin embargo el ahorro y la cohesión traerían aparejado que el futuro de los que ahora tienen treinta años estuviera mejor asegurado.

Es el futuro de los ahora jóvenes el que debería preocupar. Estamos viendo cómo tendrán que enfrentarse a muchos más problemas en la vejez que los que, a pesar de todo, pudiéramos tener nosotros los nacidos hasta la primera mitad de la década de los cincuenta. Un informe de la OCDE indica que en 1980, en el promedio del conjunto de los países que la integran solo había 20 personas de 65 o más años por cada 100 en edad laboral; en 2015, este número había aumentado ya a 28 personas, y para 2050 se proyecta que casi se duplique hasta llegar a 52. Es decir, más de la mitad de la población tendrá más de 65 años en relación a la población en edad de trabajar. Sabemos que las pensiones no pueden ser objeto de supercherías, pero tendrán que someterse a fuertes reformas motivadas por nuestro sistema económico y nuestra actual estructura social que, aunque tienen cierta dimensión, todavía les queda mucho margen de desarrollo y mejora, lo que nos hace ser un tanto optimistas y nos lleva a pensar que se empezaran a tomar medidas, no tanto para minorizar las pensiones como para reajustar los citados sistemas.

En el reparto económico hay cierta distorsión de la realidad, el gasto en pensiones que fue de un 10,5 % del PIB en 2015, podría llegar a ser del 15 al 17 % en 2050, que no es mucho mayor que el que tienen ahora otros países del entorno. Pero para poder neutralizar esta evidencia tendríamos que mejorar mucho, sobre todo en nuestros ratios de empleo y cotización ¿Por qué dentro de 30 años no se podría haber conseguido en España estos porcentajes del mismo modo que ya lo han hecho otros?

Las soluciones no las conozco, pero existen varias cuestiones en cartera, eso sí, guardadas en un cajón que por pereza, por miedo o por complejos de nuestro pasado, no nos atrevemos a sacar. Por ejemplo.- El sistema de elecciones, que fractura el interés nacional y lo hace dependiente de espurios intereses periféricos; otra sería la que referíamos antes sobre la unión de las Autonomías o la vuelta a una Administración única, salvando aquellas autonomías que se decantaran por su autogobierno. Esta utópica propuesta llevaría aparejada una mejor administración y un ahorro enorme, no sólo de gastos por la unidad en la estructura política, también tendríamos la unidad sanitaria o la de educación; las obras públicas se harían desde la cordura y la necesidad (se hubieran evitado aeropuertos vacíos y sin aviones, autopistas sin coches o construcciones faraónicas sin ninguna utilidad). También se podrían generar políticas alejadas del egoísmo actual que permitieran la creación de nuevas empresas y proyectos (utilizando ventajas fiscales o directamente promovidas con dinero público) en aquellos lugares donde la falta de habitación y el abandono del medio rural socavan el territorio y hacen inviable la accesibilidad a los servicios que todos los ciudadanos merecemos.

El ahorro y la buena administración de los excedentes abrirían los cauces necesarios para generar proyectos e inversiones que tuvieran como principio y fin la fijación de la población en sus lugares de origen, ofreciéndoles trabajo y proyección en el tiempo; esto daría aire y oxigeno a una natalidad que hoy no tenemos y que nos hace más falta que el comer, también bajaríamos la tasa de paro y subiríamos la de afiliados a la Seguridad Social, pero sobretodo tendríamos ciudadanos más felices. El tejido social sería más fuerte y solidario, volveríamos a las familias de antes – abuelos, padres e hijos en un mismo entorno – y, asimismo, las ciudades pequeñas serían más grandes, con más actividad y más servicios, y las más grandes quedarían más aptas para vivir, más humanizadas, exentas de la presión a la que hoy día se someten sus habitantes.

A día de hoy es sólo una ilusión, pero ¿y si fuera parte de la solución a la mayoría de problemas que ya nos enfrentamos y, por supuesto, se tendrán que enfrentar las generaciones venideras? También sé que peco de inocente por considerar a los políticos actuales capaces de una “machada” como la que sería el hecho de simplificar tanta burocracia y tanto sillón arriesgando sus sueldos y privilegios para tener que buscarse, como todo “hijo de vecino”, un nuevo empleo. Pero lo que sí sé, es que no podemos seguir asumiendo que el País se financie a base de generar una deuda que difícilmente se podrá pagar y que reventará en nuestras narices poniendo todo “Manga por hombros”. Tampoco podemos seguir mirando a otro sitio cuando vemos cómo prolifera la injusticia territorial (Extremadura, Castilla – Cataluña, Vascongadas), cómo se deterioran nuestras relaciones generacionales o cómo las pensiones aún siendo bajas, mal que parezca, en muchísimos casos superan a los sueldos de los trabajadores que las mantienen.

Hemos de empezar a pensar ya que el éxito del país no puede ser sólo el económico de las empresas, no se puede medir exclusivamente con indicadores monetarios (PIB o beneficios) por muy importantes que sean; apartando de esos contadores a los ciudadanos (trabajadores, jubilados, parados, niños, etc.), cuando no, también, al medio ambiente. Poco o de nada nos sirve a los ciudadanos que el PIB haya crecido o se haya reducido si por éste no pasa una sola gota de felicidad para las personas a las que pudiera afectar. Del mismo modo pasa con el beneficio de las empresas, el Ibex se convierte en un extraño contador de “alzas y bajas” al que sólo siguen adinerados accionistas y grupos financieros, pero nadie de los de a pie ve que se le resuelvan sus problemas ya suban o mermen sus cuentas de resultados; tampoco se ve si la gestión de esas empresas es digna y colaborativa socialmente, o se dedican a especular con las vidas de sus trabajadores, de los consumidores o con el medio ambiente. Ya sabemos que en un mundo en el que prima la economía de mercado, es muy importante que suba el Ibex para la financiación de nuestras empresas y que nuestro PIB siga siendo capaz de garantizar nuestra disparada deuda, pero no se puede dilatar en el tiempo una gran crisis con cargo exclusivamente a los ciudadanos, ni una competitividad basada solo en los bajos salarios; cuando además vemos como se pierde el tren del futuro dejando fuera a nuestros jóvenes mejor preparados y sin que se empuje a las empresas a invertir más en investigación para aportar novedad, calidad, diseño y técnica. El ingenio ya lo aportaremos nosotros – “nos viene de fábrica”.

Uno no sabe bien ni tiene la barita mágica con la que hacer que las cosas mejoren, que seamos capaces de entendernos sin dejar de ser libres en todas nuestras facetas, también en la económica, y poder dar soluciones viables y que no supongan grandes cambios que puedan alterar de forma negativa la vida de la gente; pero son tantas las cosas que se

ven y que te llaman la atención pudiendo ser parte de la solución…, que llegas a pensar que hay alguien al que no le interesa, para nada, que los problemas se solucionen desde las cosas más simples, sin tener que hacer grandes cambios, solo de actitud, por ejemplo:

– Los impuestos.- Nuestra presión fiscal en 2014 fue de 34,4 % del PIB- mientras la media europea fue de 40,1; y la de la eurozona 41,5%. Vemos con asombro la gran economía sumergida que aún existe y cómo se gestionan los impuestos. Los datos que hacía públicos EUROSTAT para el año 2014 concluían que España en protección social gastaba el 17,6% del PIB frente al 19,5% del resto de Europa, el 6,1% frente al 7,2% en salud, el 4,1 frente al 5 en educación y el 40,4 frente al 40,8 en administración pública. Estos datos nos permiten pensar que el problema es de fiscalidad, de recaudación. Necesitamos una estructura fiscal diferente y que permita que asuman las cargas del Estado con mayor equidad los distintos grupos sociales e individuales

Los de a pie lo tenemos claro, dependemos de nóminas y de los cuatro ahorros, los autónomos – algunos salen de la norma – pero la mayoría poco más o menos, sin embargo las grandes empresas, los grandes fondos, las “SICAV”, los paraísos fiscales, etc., forman un nudo gordiano de imposible comprensión y de más difícil transparencia, sobre todo cuando se concluyen todas las dudas y las deudas con condonaciones, amnistías, perdones o cancelaciones. Siempre protegeremos la libertad económica y por tanto el supremo derecho a la propiedad privada pero, qué duda cabe, los impuestos son para los países como la savia a los vegetales, que hace que tengan vida, se desarrollen y den frutos.

– La corrupción.- no podemos olvidar que España ha pagado por el km de autovía tres veces más que Alemania y con el importe de los salarios en la mitad. Con la regeneración y la limpieza de nuestras Instituciones y entes administrativos, el distanciamiento de los políticos con las grandes empresas, el correcto control de las entidades financieras, etc.etc…; se optimizarían los recursos, generaríamos menos deuda, no tendríamos que pagar ingentes cantidades en intereses, los impuestos llegarían absolutamente a todos, y nuestra economía alcanzaría cotas de equilibrio donde se desarrollaría de nuevo un trabajo correspondido con salarios dignos; el consumo inteligente mantendría engrasada la rueda de la economía y se podrían sacar del Paro e incorporar al sistema a más de tres millones de cotizantes.

Hemos de enfrentarnos a los problemas que nos preocupan, han pasado cuarenta años desde que decidimos vivir en democracia y libertad, y es muy cierto que han habido éxitos y aciertos significativos, pero también fallos en los que hemos incurrido y sin embargo no hemos sabido o querido corregir. El tratamiento con paños calientes de los riesgos y desafíos como los que en este momento traen al país de cabeza, y no son sólo los “coletazos independentistas”, son también los problemas de estructura económica, social, demográfica, etc. que se han tapado a golpe de presupuestos, de dádivas al secesionismo y, cómo no… de DEUDA; no puede continuar así. Se ha de orientar la política hacia la gente, hacia la ciudadanía, a su bienestar, a todos aquellos que tienen la “mala costumbre” de tener que ganar el pan con el sudor de su frente en una lucha constante por encontrar un trabajo en su entorno familiar, duradero, que no les haga dependientes del paro, de la solidaridad o de la oportuna y puntual contratación temporal que no lleva a ninguna parte.

Se tienen que tomar iniciativas, pactos, acuerdos o lo que haga falta… Hoy es en Cataluña donde se ha roto la baraja con la oferta lanzada por el independentismo para tratar de conseguir un país como el de “Nunca Jamás”, mañana… ¿quién sabe? Si luchamos por el interés de las personas más vulnerables o sin esperanza, si reconducimos nuestro sistema económico y social para que desaparezcan las dudas sobre el Estado de Bienestar, podremos garantizar el futuro y triunfar sobre los mensajes populistas, la demagogia y la posverdad.

 

Manuel Jiménez García (27.11.2017)