El enemigo a las puertas
Estos días, Castilla y León y buena parte de España han vuelto a convivir con un viejo enemigo: el fuego. El verano, con sus temperaturas extremas y sus vientos secos, ha convertido los incendios en protagonistas de las noticias y de nuestras conversaciones cotidianas. Basta encender la televisión o abrir el móvil para encontrarnos con imágenes de llamas descontroladas que avanzan sin freno, desalojos en pueblos enteros y montes reducidos a cenizas en cuestión de horas.
Vivo a escasos metros de un pinar inmenso y, cada vez que en pleno verano escucho el sonido de un helicóptero sobrevolando la zona, no puedo evitar contener la respiración y rezar para que no lleve colgando la cesta de agua contra incendios. Porque eso solo significa una cosa: el fuego está demasiado cerca.
Y el miedo no es solo por el pinar que podría quedar reducido a cenizas, sino también por lo que arrastraría consigo: nuestros hogares, nuestras pertenencias, los recuerdos de toda una vida… todo puede desaparecer en cuestión de horas.
Lo curioso es que, pese a que la mayoría de nosotros vemos los incendios como algo lejano, como un problema del campo o de la montaña, la realidad es que el fuego no entiende de fronteras. Puede empezar en una chispa en mitad del pinar de Simancas, pero también en una sartén olvidada en la cocina de cualquier vivienda de Valladolid capital. En ambos casos, el resultado es el mismo: pérdida, angustia y la sensación de que todo puede cambiar en un instante.

El coste real de un incendio
Los incendios forestales nos golpean como sociedad porque afectan a lo común: el paisaje, la tierra, el aire que respiramos, el modo de vida de mucha gente, animales. Los datos son abrumadores: cada verano en España se pierden decenas de miles de hectáreas de monte, con un coste económico que, según los informes del Ministerio para la Transición Ecológica, supera fácilmente los cientos de millones de euros al año. No solo es la madera que se quema, también las infraestructuras arrasadas, las viviendas rurales afectadas, el ganado y, sobre todo, el precio de intentar contener el fuego.
Los medios que se despliegan para combatir un gran incendio son enormes: helicópteros, hidroaviones, brigadas forestales, retenes, bomberos voluntarios y profesionales… Cada hora de un hidroavión en el aire puede costar hasta 6.000 euros, y cuando hablamos de un incendio que dura días, las cifras se disparan. Y a pesar de todo ese esfuerzo humano y económico, muchas veces el fuego sigue ganando terreno hasta que el tiempo, con algo de lluvia o un cambio en el viento, se pone de nuestra parte.
Cuando arde un pinar no solo se pierden árboles: el humo y el calor extremo empujan a la fauna a huir a contrarreloj. En Castilla y León, los incendios afectan a especies emblemáticas que todos tenemos en mente cuando hablamos de monte: osos, lobos, aves rapaces, ciervos, corzos… Las crías y los ejemplares más viejos o debilitados son los primeros en sucumbir al humo; y, aun cuando consiguen escapar, la pérdida de cobertura vegetal y alimento deja el terreno “vacío” durante meses. Es un impacto que no siempre vemos en televisión, pero que condiciona la vida del bosque los años siguientes.
A veces el daño va más allá del frente de llamas: colonias de buitres y águilas pierden territorios de cría y las tasas de reproducción bajan durante temporadas enteras; otras especies ven desaparecer sus presas. Ese “invierno ecológico” explica por qué insistimos tanto en prevención y gestión del monte, no solo en la extinción. Como ejemplo reciente, en grandes incendios se han visto afectadas decenas de especies de aves y espacios protegidos enteros; son impactos que tardan años en revertir y justifican inversiones constantes en gestión del territorio, no solo durante la campaña de verano.

La prevención, el eterno reto
Cada vez que ocurre un gran incendio, la conversación se repite: ¿podríamos haber hecho más para evitarlo? La prevención es, probablemente, la palabra más repetida y al mismo tiempo la más difícil de llevar a cabo. Porque prevenir incendios no es solo cuestión de poner carteles que prohíban las barbacoas en el campo o de recordar que no se debe tirar una colilla por la ventanilla o dejar botellas de vidrio en donde haya vegetación seca.
La prevención real implica invertir en limpieza de montes, en cortafuegos, en vigilancia continua y en planes de educación ciudadana. Significa tener a punto brigadas de respuesta rápida y contar con una red de medios aéreos preparados incluso antes de que empiece la temporada estival. Y significa, también, que como ciudadanos asumamos nuestra parte de responsabilidad: desde no hacer fuego en zonas de riesgo hasta mantener revisadas las instalaciones eléctricas en nuestras casas rurales.
Pero la realidad es que, a menudo, la prevención recibe menos inversión que la extinción. Apagar un incendio en pleno agosto es espectacular, genera titulares y fotos que todos vemos en el telediario. En cambio, invertir en limpiar un cortafuegos en enero pasa desapercibido, no se convierte en noticia, ni en medalla política y, sin embargo, puede ser la diferencia entre un fuego controlable y una catástrofe.

Del monte a la ciudad: cuando el fuego toca a nuestra puerta
Al hablar de incendios, solemos pensar en pinares y montes, pero basta mirar las estadísticas de los bomberos para darnos cuenta de que los incendios urbanos son mucho más habituales de lo que creemos. Solo en Valladolid, por ejemplo, se registran cada año decenas de intervenciones por fuegos en viviendas: cocinas, enchufes en mal estado, cargadores de móviles que no cumplen con las normativas, braseros, estufas demasiado cerca de una cortina… Pequeños descuidos que, en cuestión de minutos, se convierten en un problema enorme.
El fuego en una casa tiene un impacto inmediato y personal. Ya no hablamos de hectáreas de monte, sino de fotografías familiares, muebles, recuerdos y, a veces, la vivienda entera. La angustia de ver cómo tu hogar se llena de humo es difícil de explicar, y la sensación de pérdida va mucho más allá de lo material.
En una comunidad tan ligada al campo como Castilla y León, los incendios también golpean a las explotaciones ganaderas y agrícolas: naves, silos, cercados, forrajes, maquinaria, bebederos y, por supuesto, el propio ganado. A veces no hay daño directo de llama, pero el humo obliga a evacuar rebaños, se pierden pastos y se interrumpe la actividad durante semanas. Lo mismo sucede con casas rurales y refugios de montaña, que combinan vivienda y negocio: un incendio puede cerrar una temporada entera justo en pleno verano, con el coste que eso implica.
En pólizas, conviene explicar claro (en lenguaje de calle) qué mirar: incendio en continente y contenido, pérdida de explotación/lucro cesante por cierre temporal, daños en maquinaria y cercados, retirada de restos y limpieza, gastos de extinción y responsabilidad civil si el fuego afecta a fincas vecinas. En agrario, el incendio suele estar incluido en coberturas básicas de cultivos (herbáceos, viña, olivar…) y, en ganadería, forma parte de las garantías base para bovino, ovino y equino (en porcino y aves suele ser opcional).

Lo que queda después del fuego
Cuando el incendio termina, ya sea en el monte o en una vivienda, llega la parte más dura: qué hacer después. En el caso de los grandes incendios forestales, los vecinos regresan a pueblos vacíos, con campos arrasados y animales perdidos. En el caso de una familia de ciudad, el regreso es a un piso calcinado, con paredes negras y pertenencias que ya no existen.
Y es en ese momento cuando se hace evidente la importancia de tener un respaldo. Los gobiernos y ayuntamientos ponen en marcha ayudas para afectados, pero suelen ser insuficientes y tardan en llegar. En cambio, en el ámbito doméstico, contar con un seguro de hogar con cobertura de incendios supone que no estamos solos frente al desastre.

El papel invisible del seguro de hogar
Un seguro de hogar no evita que ocurra un incendio, igual que los cortafuegos no pueden parar todas las llamas en el monte. Pero marca la diferencia entre sentirse desamparado o tener un plan claro para empezar de nuevo.
La cobertura de incendio en un seguro de hogar incluye, en la mayoría de los casos, tanto la vivienda en sí (paredes, techos, instalaciones) como el contenido (muebles, electrodomésticos, objetos personales). Pero va más allá: asistencia inmediata, reparación de daños, alojamiento alternativo en caso de que la vivienda quede inhabitable y, por supuesto, indemnización para reponer lo perdido.
En definitiva, es esa red invisible que está ahí, aunque no la veamos ni pensemos en ella cada día. Igual que confiamos en que los bomberos estarán disponibles si llamamos al 112, confiamos en que, si el fuego entra en casa, no tendremos que afrontar solos las consecuencias.
