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Los tiempos que vivimos

Los tiempos que vivimos

Muchas veces me he parado a pensar si lo vivido forma parte del carácter de las personas, si de alguna manera puede influir en las decisiones que se toman o en las acciones que se llevan a cabo. Si así fuera, si tuviéramos ese resorte, si pudiéramos darnos cuenta de que lo que estamos a punto de hacer, en otro momento ya generó resultados positivos o negativos, cuántos disgustos nos podríamos ahorrar.

Los de mi generación, es decir los nacidos en los años cincuenta del pasado siglo (unos cuantos años ya), llevamos consigo un bagaje al que pocos han tenido ocasión de llegar. Estos sesenta y tantos años han sido el motor de un cambio y de un mundo nuevo. Se han sorteado miles de dificultades, unas veces a fuerza de golpearnos con la misma piedra y otras adoptando soluciones inteligentes, y nunca como ahora habíamos tenido la posibilidad de observación y de reacción que nos brindan el conocimiento y la experiencia.

Todos estos años han sido una auténtica revolución, en todos los sentidos, es como si los sólidos conceptos y las bases filosóficas hubieran sido metidas en una gran coctelera o, mejor aún, hubieran sido absorbidos por un gran torbellino. Hemos pasado de: las brasas de la Segunda Guerra Mundial a la “Guerra fría” y de ésta a la supuesta desnuclearización controlada por las grandes potencias; del “Jipi” al “Yupi” y de éste al “mileurista” que pasando por el permanente “nini” nos ha traído al “millennial” ; del ostracismo y la persecución, al orgullo y a la celebración de matrimonios homosexuales; del machismo, a su casi superación, aunque queden “lentorros” por cambiar; de la mujer en casa, a la que se hace notar en universidades, juzgados, hospitales, etc., aunque todavía discriminada en otras profesiones o en cargos directivos; de los radiados consejos de doña Elena Francis, al divorcio liberador; de la escapada a Londres, a la clínica del barrio o a la píldora del día después; de las bodas con campanas, a las bodas con cohetes y tracas; etc.etc.… Pero también muchos han pasado del respeto y la reverencia, al desacato y al desprecio;  del honor, a la bajeza; y  de los símbolos, que para alguien como yo son importantes, a la burla y  la vileza.

Aún siendo unos niños, los tiempos que vivimos nos enseñaron cómo el mundo se había dividido en dos grandes bloques (EEUU y la URSS), producto del reparto que tuvo lugar en febrero del año 1945 en Yalta, donde americanos, rusos e ingleses (invitados de piedra) dispusieron el futuro de alemanes, polacos, yugoslavos…, del resto del mundo; fijaron las reparaciones de guerra y la situación de las nuevas fronteras y se apropiaron del poder de veto en la futura Organización de las Naciones Unidas, que se crearía meses después con una misión específica, La Paz.

Sin embargo, pudimos constatar que la Paz tan solo fue un espejismo. Cuando el poder de las masas obreras comunistas por una parte, y el del capitalismo, propietario de los medios de producción, por otra; tuvieron consciencia de sus debilidades, se inició un periodo de tensiones y de grietas que trajo de nuevo el riesgo de una tercera guerra, esta vez no convencional sino atómica, la “Guerra fría”.

En aquellas reuniones se le dio forma a lo que se llamó el Telón de Acero; Rusia quiso asegurarse una frontera política desde el Báltico hasta el Mediterráneo que la protegiera de cualquier otro intento invasor por parte de Europa, de modo que ciudades que hoy son el punto de mira del turismo internacional como: Tallin, Riga, Vilna, Varsovia, Berlín, Praga, Budapest, Bucarest o Sofía, cayeron en el más gris de los colores, en la más triste de las rutinas.

Los temores suscitados entre ambos, con políticas tan opuestas como sus formas de vida, hicieron que EEUU viera la necesidad de generar un dique de contención en la Europa no comunista y creó el plan Marshall para asegurarse de que estos países adoptaran formas de gobiernos adecuadas a la economía proveniente del otro lado del Atlántico y sin la cual difícilmente se hubiera podido contener el empuje de países socialistas en Europa. España quedó al margen del dinero y acosada por el cerco político a su régimen de gobierno, pero con bases americanas a modo de prebenda.

A partir de estos acontecimientos todo se fue relacionando como si fueran costuras o encajes de bolillos. Nuestras vidas se encontraron inmersas en ese torbellino del que hablaba al principio. Desde el año 1945 y hasta el año 1954 se crearon instituciones como: la ONU,  la LIGA ÁRABE, la OTAN,  el  COMECON o la CECA (Comunidad Europea del carbón y el acero, 1951) ; se independizaron la India y Pakistán, asesinaron a Gandhi, Isabel II se sentó en el trono de Inglaterra (1952), murió Stalin y subió Kruschev, España acordó las bases con USA (sin plan Marshall, 1953),  se sucedieron guerras en Asia (Corea, Indochina), estallaron  guerras civiles en Grecia y en China (1946), se proclamaron las repúblicas francesa e Italiana (1946) y se reanudaron los planes quinquenales rusos.

En el año 1954, las cosas no estaban mejor, quedaban dos guerras en activo cuyo titular era Francia: la de liberación de Argelia y la de Indochina, con su claudicación y la independencia de Laos, Camboya y Vietnam – mal año para los franceses -. Los ingleses tampoco lo tuvieron muy dichoso que digamos, fueron echados del Canal de Suez por el presidente de Egipto Nasser, y parece que sus cuantiosas pérdidas solo podrían ser comparables con el actual Brexit.

Los años que siguieron continuaron con los conflictos, y hoy no hay duda de quiénes fueron “los que mecieron la cuna”, “honor” que se reparten a partes iguales el KGB y la CIA. Pero también caben destacar: que hasta el año 1955 España no formó parte de la ONU, que Rusia lanzó su primer satélite en 1957, año en el que se creó el Mercado Común Europeo y que España entra en guerra con Marruecos por Sidi Ifni, que De Gaulle y Kruschev llegaron al poder de sus distintos países en 1958, que en 1959 se consolida la revolución cubana y que el Papa Juan XXIII inició reformas en la Iglesia Católica con el Concilio Vaticano II, publicando en 1963 la Encíclica “Pacem in Terris” de gran transcendencia para la paz tras la crisis de Berlín de 1961 y la de los misiles en Cuba de 1963.  Kennedy fue asesinado, se resolvió el conflicto de Cuba pero inmediatamente surgió el de Vietnam en 1964, y la Guerra de los Seis Días entre Israel y la Coalición Árabe, y empiezan a mostrarse los movimientos guerrilleros en América Latina, muere el Che en Bolivia en 1967, los americanos llegan a la luna en 1969, se generalizan los golpes de estados y las insurgencias, el mundo se contagia de la fiebre guerrera, y la paz y la seguridad brillan por su ausencia.

Evidentemente, hubo aciertos y cosas buenas como los avances científicos y la inercia que tomó la medicina con la puesta en funcionamiento de las vacunas durante los años 60 y 70, y la iniciación de los trasplantes de órganos. Podríamos seguir mencionando pasos y  acontecimientos y no acabaríamos, llegaríamos a la actualidad y seguiríamos con asuntos que tuvieron su origen en estos años y que llenarían el poco espacio que me queda y no podríamos hablar del año 1968, concretamente de mayo y junio. Europa entera se volcó en los acontecimientos que se llevaron a cabo en París por obreros y estudiantes. Acuciados por el paro,  por el deterioro de la situación económica y sintiéndose excluidos de la prosperidad, algo que ha cambiado poco y que en estos días también nos indigna; los trabajadores coincidieron con los estudiantes que seducidos por el nacimiento de la “contracultura” y por el movimiento Jipi, así como por ídolos musicales como Beatles, Rollyng o Dilan, y filosófos y escritores como Joan Paul Sartre, Albert Camús o Simone de Beauvoir; criticaban el estilo de vida que se había incrustado en la sociedad a través del consumo y el capitalismo de la posguerra.

En París se miraba de reojo hacia el socialismo “descafeinado” y en Praga también, pero por motivos distintos y desde ópticas diferentes. Coincidieron los acontecimientos pero en agosto de ese mismo año Praga se vio invadida y sometida por los tanques rusos.

Todos los hechos que se produjeron llevaron a Francia, como botón de muestra, hacia un cambio que empezó por la salida de De Gaulle del gobierno, lo que significó el principio del fin de los líderes políticos que habían dirigido la Europa de la posguerra, y continuó con nuevas movilizaciones de obreros (Renault 1973) que sirvieron de acicate a una nueva forma de concebir los problemas sociales, aunque en España quedaran todavía unos cuantos años muy duros.

El desgaste de la carrera armamentística y las luchas por la hegemonía imperialista llevaron a Rusia en 1985 a la Perestroika y con ella a la apertura y a cierta relajación del sistema económico. Cayó el Muro de Berlín en 1989 y por fin el mundo respiró el mismo aire y al mismo son.

 Hoy, la velocidad impuesta por los medios y por la sucesión de noticias, hace que todos sepamos de los demás mucho y mejor. El conocimiento de los otros y las experiencias vividas son nuestra gran despensa cultural, y nos debería de servir para entendernos,  para no confrontar tanto y confraternizar más, y en eso hemos de poner todo el esfuerzo. Hasta aquí hemos llegado y,  a pesar de todo, yo creo que en estos años se han superado verdaderas barreras que no han sido sólo físicas, han sido también ideológicas y, aunque quedan sus resquicios y rescoldos, los tiempos no son lo que fueron. Todos tenemos acceso a una de las mayores fortunas que no es económica pero que tiene tanto o más valor… es la información. La buena información, contrastada y estudiada,  es el bien colectivo que diferenciará los tiempos presentes y venideros de los pasados.

Todavía nos enteramos de las cosas importantes a “toro pasado”, pero nos enteramos (que no es poco). ¿Se nos puede manipular? quizás, pero lo sabremos;  la llamada posverdad nos podrá despistar, será antes o después, pero la descubriremos. La mentira, el engaño, la burla o la estafa quedarán al descubierto. No son sólo palabras más o menos bonitas, quiero creer que son certezas que no tardaran en producirse apoyadas en la cultura y en la justicia. Muchos pensarán que es simplemente una ilusión, pero será porque no vivieron los tiempos del oscurantismo más absoluto y no pueden sopesar la inercia que corre a favor de la información y la verdad.

Me quedan en el tintero muchos acontecimientos, muchos hombres y mujeres que han sido fundamentales en la construcción de todo esto y que gracias a su esfuerzo y a su trabajo hoy salimos adelante mucho mejor. En el occidente de Europa gozamos de auténticas democracias, también en España, donde pese a etarras, golpistas y algunos descreídos, está en la mente de todos como ejemplar. Hoy somos la cuarta potencia económica de Europa, juntos podemos mirar cara a cara al resto de las democracias europeas (nuestros complejos ya pasaron) y la mayoría entendemos que no se pueden dar pasos atrás, que la Ley, aceptada por todos y para todos, se tiene que cumplir y respetar.

Les dejo, de nuevo llaman a la puerta… y no sé qué butifarra se les habrá perdido ahora.

Manuel Jiménez García.

Llegó el Verano

Llegó el Verano

Ya está aquí el verano, que aún no había llegado por el calendario pero que se instaló cual incomoda visita que no se va ni con agua fuerte y nos está trayendo por el camino de la calentura. La verdad es que pocas veces hemos tenido unos días en junio como los presentes, con  la sequía acechante y la naturaleza expresándose con incendios, roturas de ramas por efecto del calor,  frutales que no saben a qué carta quedarse porque primero los atacaron las heladas tardías y ahora estos calores tan tempranos. El caso es que no hay quien pare en la calle, ni  quien se solace en casa ante esta climatología, ya sea por tanto ruido de abanicos, de  ventiladores y de aires acondicionados o de las quejas que acarrea. Todo se suma y resulta mucho más agobiante.

Por la noche para qué contar. Estamos en junio pero para los insectos, concretamente para los dípteros, conocidos por su familia como CULÍCEDOS (no sé por qué, porque te pican en todas partes), son los puñeteros mosquitos; es como si estuvieran haciendo el agosto porque se están poniendo las botas. No se puede dormir con las ventanas cerradas. El ruido de la calle; encabezado por esos que parece que no tienen casa y que les da por acordarse de las más nocturnas y concienzudas teorías que jamás pondrán en práctica y que, además de exponerlas, lo hacen en voz alta y a conciencia para que se les oiga perfectamente; el del camión de la basura, la luz del amanecer y los bichitos que nos visitan y nos hacen el “avión”. Con todo eso, estamos apañados, no hay quien duerma.

Yo, sin embargo, pese a que no se puede salir de día ni dormir de noche, creo que el verano nos brinda cantidad de vida y de posibilidades; porque, amigos míos, el calor no es siempre el mismo, ahora estamos en plena ola calorífica procedente del efecto de cierto anticiclón y de la cercanía del Sahara y por qué no decirlo de un clima que cada vez está más loco, y si siguen saliendo elegidos gobernantes del estilo de “Mister Donald Trump”, cada vez lo estará más.

No me digan que el verano no es la estación más divertida del año, cuando el común de los mortales toma las vacaciones en estas fechas. Haber cuándo, si no, se celebran las fiestas más importantes y con más participación de toda España. Primero las de nuestros pueblos que son, corríjanme si me equivoco, las más alegres y las mejores de las que se celebran en cualquier otra parte del mundo mundial. Luego tenemos muchas para elegir ¡Oiga usted!: que si las de San Juan que este año nos va a ahorrar las hogueras porque a ver quién es el guapo; que si las de Haro (la Rioja), en la que se vive una de las guerras más particulares, donde el vino es el arma más eficaz; que si el Festival Internacional del Mundo Celta  en Ortigueira (La Coruña), en la que la música Folk suena magníficamente al aire libre; que si las fiestas de San Fermín, con su chupinazo, sus encierros, sus gentes, sus durmientes en bancos y en aceras, su trifulca política que se suele meter en la fiesta, que si la de los Moros y Cristianos  recreándose una batalla en las playas de Villajoyosa (Alicante), con sus vistosos trajes y desfiles de mujeres y hombres fumando generosos cigarros puros; que si el Descenso del Sella donde miles de piragüistas se enfrentan en competición por llegar primeros a Ribadesella desde Arriondas, mientras en la orilla del rio se lleva a cabo una gran fiesta; que si la Tomatina en las calles de Buñol (Valencia), donde miles de participantes se lanzan tomates, llenando todo de la sabrosa hortaliza que, por cierto, no es una hortaliza si no una fruta ya que de haber sido hortaliza los pobres comerciantes o distribuidores, en USA 1887, hubieran tenido que pagar ciertas tasas por la importación de éstas y no por la de frutas, imponiéndose el criterio de que eran fruta porque nacían del ovario de una flor (cosas de los americanos); que si el Cascamorras allá por septiembre, en Baza (Granada), bufón al que hay que manchar de pintura con lo divertido y  sobre todo lo pintoresco que eso puede resultar. En fin se me quedan muchas en el tintero pero no da para más.

Otra de las cosas mejores del verano es lo bien que sientan esas cañas de cerveza, tan frías, tan rebosantes, tan llenas de burbujas y de espumita blanca, tan bien acompañadas de su tapita, tan ricas en sabores y en colores: rubias, morenas, incluso pelirrojas. ¡Una auténtica maravilla!

Lo de las tapas, para qué contar, hay quienes en horas de almuerzo o cena no pueden resistirse a sus encantos porque, además proporcionan la manera de continuar en la mesa de la terraza o en la barra del bar. Son verdaderos artículos de lujo, no por el precio (que algunas sí), si no por su elaboración, una obra de arte, cada vez más sofisticadas, aunque siempre estará esa rebanada de pan tostadito con una buena loncha de jamón ibérico y un poquito de tomate bien acondicionado, o ese queso sobrio de oveja, bien cortado y siempre agradecido de un buen pan bregao de nuestra Comunidad castellano leonesa. ¡Por Dios que cosas!

Ya metidos en tapas, por qué no hablar de los vinos, que no calman la sed pero alegran el paladar y hay quien dice que también el alma. Los vinos frescos de Cigales claretes o tintos, los de Rueda blancos y verdejos, los tintos de Toro y los de la Rivera de Duero, y otros hermanados que se añaden y no pasan desapercibidos. El vino ha sido una tradición y nuestra degustación preferida. En todos los pueblos que nos rodean los paisanos se jactan de hacer buen vino en sus propias bodegas ¡Y VAYA QUE SÍ!, de ser capaces de competir con el mejor y de que a su vino no le gana ningún otro como producto natural que se ofrece sin ningún tipo de química o conservante. Es un privilegio tener amigos con esos empeños en cualquier pueblo pero ya si es en Peñafiel y es mi amigo Carlos, la cosa es insuperable.

Jamás hemos tenido un acceso tan abierto a los buenos vinos. Dice mi amigo Ramón, bodeguero de Tomelloso, que “el buen vino no tiene porque ser el más caro o el de aquí o allá”, refiriéndose a la zona de su crianza; “el buen vino es el que te gusta y de esos hay cientos”. Los vinos que se nos ofrecen en las tiendas o supermercados tienen distintos precios y algunos son de un alto valor, nunca diré que caros, pero hay una mayoría de ellos que son asequibles y también son magníficos. Sin embargo, parece ser que los españoles últimamente nos decantamos más por la cerveza, aunque aquí todo el mundo entiende de vinos un montonazo: que si los aromas, que si los sabores a regaliz o a maderas especiales, que si los afrutamientos, que si los taninos, que si la intensidad y efervescencia, que si los maridajes…, que somos auténticos expertos.

Pero claro con tanta caña de cerveza, tanto vinito fresco y tanta tapita de jamón o de lo que se tercie, que llegamos a medio verano y se nos apercibe, porque nosotros siempre lo negaremos, de una cierta protuberancia en la parte media de nuestra figura frontal que algunos lo dan en llamar barriga cervecera, pobrecita mía…, como si sólo tuviera la culpa la cerveza.

Otra de las claras consecuencias de tanto calor y de tanta cervecita y tapita y vinito…, y tanto buscar en la calle el aire acondicionado de los bares y cafeterías, es eso que en algunos sitios llaman la “bocachancla”, es decir hablar más de la cuenta, sin ninguna discreción y sin saber muy bien lo que se está diciendo. Todo ello sin contar con la mala leche que se le pone a cierta gente que no soporta el calor y sin darse cuenta la paga con el más “pintao”.

Todo eso que es cierto y que podría ser negativo, tiene mucho de bueno porque con el ir y venir descubrimos lo mejor de nuestros amigos y si no los tenemos los hacemos, ¡Oiga Usted! sin ningún problema. Las amistades del verano no suelen durar mucho pero tienen de bueno que se renuevan todos los años (amistades veraniegas amistades pasajeras). Durante las vacaciones qué sería de uno si no tuviera cerca algún amigo, cómo íbamos a darle a la húmeda a cerca del crack futbolístico próximo o lejano, acerca del partido o del político que más o que  menos nos pueda interesar, aunque de estos últimos ya cabe poca discusión y ni siquiera hartos de cerveza llegaríamos al desacuerdo.

Después de cada día de excesos se nos viene encima la reflexión, sí…, esa que de manera espontánea nos acude a la boca y compartimos con los amigos y volvemos a las teorías nocturnas que expresamos con toda contundencia y concienzudamente, al menos eso creemos, pero con voz alta sin darnos cuenta de que lo que conseguimos en realidad es “dar por saco” a los abnegados vecinos que tienen que dormir con su ventana abierta muy a su pesar.

¡Qué maravilla! Como digo, en verano todo es disfrutar, se supone que uno hace lo que le da la gana. Dejemos aparcado el trabajo por un tiempo para coger las merecidas vacaciones y expongámonos al sol y a la noche, a comer y a beber, a pasear y a hablar, a sentir y a amar. Disfrutemos de la vida; si lo piensas fríamente (en verano difícil) te darás cuenta de que son pocas las ocasiones en que este despilfarro de energía y de vitalidad, coincide con lo mejor de nosotros – la salud y la juventud que es terna – . Puede que resulte algo cansado, de ahí que sea cierto aquello de que nadie necesita más unas vacaciones que el acaba de tenerlas, que decía un tal Elbert Hubbard ¿Pero qué quieres…?

Si te parece mejor te puedo recitar aquello de Juan Ramón Jiménez:

 “¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano torna a encender las calles y oscurecer las casas, y, En las noches, regueros encendidos de estrellas pesan sobre los ojos cargados de nostalgia”.

O aquella otra de Machado:

“Frutales cargados. Dorados trigales… Cristales ahumados. Quemados jarales…  Umbría sequía, solano…  Paleta completa: verano”

Bellas, no cabe duda, pero y qué hay de lo refrescante de las cañas y los vinos, de las tapas y los bares, de los amigos y la calle…, del “ahora no, porque no me da la gana”.

Manuel Jiménez. Equipo de redacción

 

 

El Sector Agrario, su Reivindicación

El Sector Agrario, su Reivindicación

No es costumbre de esta casa hacer publicidad de nuestros seguros en el blog, y bien lo saben las personas que nos siguen. Pero en esta ocasión en la que estamos en pleno lanzamiento de una campaña dirigida a las empresas agrícolas, no queremos perder la ocasión de intentar poner sobre blanco algunos pensamientos relacionados con la importancia del sector agrario y su reivindicación.

La Agricultura es, quizás, la profesión más antigua de la humanidad. Y si bien de ella viven muchas personas, lo que es seguro es que de ella nos servimos absolutamente todos. Es la principal fuente de alimentos, piensos y vestimenta, y proporciona materiales para combustible y vivienda a una población mundial en crecimiento; el reto consiste en liberar a millones de personas de la pobreza y el hambre y, al mismo tiempo, reducir sus efectos en el medio ambiente.

Pero esta actividad viene siendo desde hace tiempo objeto de un persistente desdén, sobre todo por el poco valor económico que se le da a sus productos en origen y por una interminable lista de obligaciones y reglamentos, impuestos desde dentro y fuera de nuestras fronteras. Así lo percibo yo que apenas entiendo del asunto. Los productos tienen un valor en la tierra que ni por “asomo” se parece al precio final una vez distribuido y comercializado. Uno se pregunta si será lógica esta diferencia o, sencillamente, esto obedece a la atomización de los productores frente a la presión de las comercializadoras, tal vez a la falta de fuerza y unión, o quizás a la minimización del colectivo frente el consumidor final.

Suponemos que serán varios los motivos por los que los productos del campo se valoran tan poco, pero no deja de sorprendernos que las grandes cadenas alimentarias, los grandes supermercados, ofrezcan entre sus artículos una mayoría de productos importados: espárragos, garbanzos, arroz, etc.

En el año 2012 las importaciones mundiales agropecuarias de los principales productos: maíz, arroz, cebada, trigo, azúcar, incluso aceite y harina, además de carne de bovino, porcino y ave; encontramos que 19 países, incluido el bloque de la Unión Europea como uno solo (27 países), concentraban en conjunto el 60% de las importaciones totales del mundo, de los cuales China y la Unión Europea eran los principales importadores de alimentos, con 11% y 10% del total mundial, a pesar de que Europa produce el 13,5% de estos mismos productos (Sobre todo trigo y leche). Es de suponer que no tenemos la capacidad de producción necesaria para abastecer nuestras propias necesidades. Lo malo sería que compráramos transgénicos. En el año 2014, los cultivos de transgénicos se extendían en 181,5 millones de hectáreas de 28 países, de los cuales 20 son países en vías de desarrollo. En el año 2015, en USA el 94 % de plantaciones de soja lo eran de variedades transgénicas, así como el 89 % del algodón y el 89 % del maíz.

El caso es que los alimentos en el “Super” están a precios propios de rentas altas o medias, y nos queda la impronta de que en realidad los comercializadores han pagado por ellos precios que se corresponden, o bien con rentas muy bajas en los países de origen, o bien los habrían pasado por la biotecnología. Parece claro quiénes son los que hacen el negocio. Mientras, como es el caso de Europa, vemos cómo los precios de nuestras producciones se van al garete y no pueden sobrevivir, incluso con ayudas y subvenciones.

La sensibilización sobre estos temas que nos conciernen a todos, poner en nuestro objetivo al medio rural, hacer preferencia de la alimentación en base a productos locales, el consumo corresponsable y la protección de los recursos naturales y locales; son el fundamento de un buen desarrollo agroalimentario, con el que  los ciudadanos debemos coincidir a base de información y de formación, para poder actuar en defensa de nuestra agricultura y luchar contra las desigualdades y a la vez contra la pobreza alimentaria.

Que es un sector indispensable y su supervivencia está asegurada lo sabe todo el mundo. Lo que no lo está tanto es su continuidad en la forma que se ha venido desarrollando hasta ahora. Si no fuera por el gran costo que supone la adquisición de la tierra, que tradicionalmente ha sido pasada de padres a hijos, las grandes multinacionales se habrían hecho dueñas ya de todo el sector, lo que nos podría llevar a pensar que ese puede ser otro de los motivos por el que los productos en origen están a precios que ni siquiera compensan los gastos. La apropiación de la tierra cultivable por parte de los grandes grupos especuladores nos llevaría a perder el control de la producción, pues quedaría en manos de unos pocos, y dejaría los precios a su merced con la consiguiente afectación de los mercados.

Algo que sí se está viendo ya, al hilo de la apropiación de la tierra y de las importaciones masivas de alimentos, es el preocupante tema de la deforestación. Si bien ésta ha sido una práctica que se ha dado desde el principio de los tiempos en pro de la agricultura, ahora se pone de manifiesto de manera salvaje y con fines especulativos, ya sea por incendios provocados en los bosques, ya sea por la aniquilación de franjas de terreno de cientos de miles de hectáreas de las zonas selváticas para, entre otras, propiciar una actividad agrícola de manera masiva y descontrolada; produciendo simultáneamente el deterioro y la anulación de la superficie terrestre que no puede corresponder con su propio clima ni con su composición química.

De modo que lo que se pretende ganar con estas actitudes, no es precisamente paliar el hambre del mundo incrementando la agricultura, sino el control de la producción y su valor en precio. Sin embargo lo causal es la desertización y el cambio climático.

 

En España, frente a lo que se pueda creer, las zonas verdes y boscosas siguen representando un porcentaje del suelo similar al de hace 100 años. El terreno dedicado a los asentamientos humanos, sigue siendo más o menos igual gracias a la naturaleza de las edificaciones que normalmente se han compactado y construido en bloques. También el terreno dedicado al cultivo sigue siendo parecido. Sin embargo el asignado a bosques, según estudios científicos, ha crecido un 22%, lo que ha venido ocurriendo en casi toda Europa.

Según parece, este cambio se debe a que Europa empezó a importar gran parte de sus alimentos, consiguiendo restar presión a su propio suelo y con el tiempo ese suelo que quedaba excedentario ha pasado de cultivable a convertirse en prados y después en bosques. Todo esto no nos exime de responsabilidad frente al cambio climático ya que, si bien mantenemos nuestras zonas verdes, lo hacemos a base de importar y de limitar nuestras producciones, por tanto, de llevar a otras zonas del planeta la desertización por el abuso y la sobrexplotación.

Sin embargo todo este conglomerado de conceptos se hace pequeño cuando uno pisa el terreno y sale a la realidad, al día a día de los agricultores y del medio rural. En cualquier pueblo de nuestra comunidad, cerealista por antonomasia, vemos cómo ha desaparecido en gran medida su habitación y cómo los que quedan aguantan estoicamente la problemática del campo, unas veces por la falta de agua que no sólo es por el cambio climático, también lo es por la sobreexplotación de los acuíferos que con tanta perforación ya no dan más de si; otras son la falta de ayudas, el precio de los seguros agrarios, el de los combustibles o la energía y, sobre todo el valor que el mercado otorga a las cosechas.

En España, según el Instituto Nacional de Estadística hay aproximadamente unos 2.800  pueblos abandonados. Pero para algunos de ellos está surgiendo, en los últimos años, una segunda oportunidad. Empresas que convierten pequeños municipios en centros de turismo y ocio deportivo o administraciones públicas concienciadas del valor de estos enclaves, están detrás de este pequeño resurgir rural.

Cuando se piensa en emprendimiento nos viene casi cualquier imagen a la cabeza menos el sector agrícola. El campo ha sido un terreno tradicionalmente vetado para quienes no han nacido en una población rural o cuya familia ha sido ajena a este sector. De hecho, la mayoría de explotaciones agrarias de España están, como ya hemos hablado, a cargo de las empresas familiares. Pero esta tendencia está cambiando en los últimos años por lo complicado del mercado laboral y por la necesidad que tiene el campo de apuntarse a una renovación tecnológica que le hará ser más competitivo, produciendo más y adaptándose a la demanda de los consumidores. Esta mezcla ha conseguido que muchos emprendedores ya no miren con recelo al sector agrícola. Y cada vez son más los que se apuntan, porque hay argumentos de sobra para emprender en agricultura.

Uno de los cambios más interesantes que se pueden dar y se están dando en el campo tiene que ver con el replanteamiento de los tradicionales canales de distribución. Internet y la posibilidad de vender on line sus productos ha abaratado los costes además de hacer innecesario el tener una tienda física o la dependencia de comercializadoras que se queden con más de las tres cuartas partes del precio final.

En este contexto, el emprendedor puede jugar un papel destacado. No es fácil, pero las oportunidades de negocio que ofrecen, tanto los nuevos planteamientos en la agricultura tradicional, como los pequeños pueblos – abandonados o no – están ahí para quien le ponga imaginación y paciencia.

La mayoría de Comunidades Autónomas españolas tienen algún plan de ayuda al emprendedor que regresa al campo. Esta ayuda va desde el asesoramiento a la cesión de herramientas específicas de emprendimiento. Este tipo de políticas parece ser que se están poniendo de manifiesto en nuestra Comunidad. En materia de ayudas de la Unión Europea existe el Programa de Desarrollo Rural 2014-2020, con medidas y fondos concretos para ayudar a recuperar el sector primario e incentivar la creación de empresas sostenibles en entornos naturales. Sin embargo es cierto que no es sencillo encontrar financiación especifica para este tipo de proyectos y que las facilidades, según parece, brillan por su ausencia.

No obstante, también hay muchas asociaciones  y sindicatos agrícolas dispuestos a asesorar y  ayudar. Y ya para rematar esta corriente de optimismo que nos ha embargado por unos momentos, decir a las instituciones que sigan, incluso, que apuesten más con sus programas de fomento, no sólo en empresas y modelos de negocio con base en las TIC (tecnologías de información y comunicación), también haciendo cuanto esté en sus manos para generar  partidas económicas que proporcionen oxígeno y fuerza a los emprendedores del campo. Recuperaríamos el tejido social que hemos perdido en el medio rural, favoreceríamos una nueva economía y creación de empleo y con ello protegeríamos, aún más y mejor, nuestro suelo y nuestro clima. ¡Todo ventajas!

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Manuel Jiménez. Equipo de redacción

¿Qué tienes tú que no tenga yo?

¿Qué tienes tú que no tenga yo?

“–Está claro que somos diferentes, ya sólo con vernos nos damos cuenta de que nuestros cuerpos son diferentes y que vosotros tenéis ciertas limitaciones. –Bueno, y ¿cuáles son esas limitaciones… si se pueden saber? –Nosotras somos madres, somos las que traemos a todos a la vida. –Claro, pero nosotros tenemos mucho que ver en eso. –Si pero no hay comparación, nosotras ponemos el cuerpo y el alimento; vosotros ni siquiera sabéis si sois los padres a no ser que nosotras os lo digamos y aceptemos la validez de vuestra colaboración en el proceso.

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Del trabajo

DEL TRABAJO

Tras haberse celebrado el día del trabajo, me gustaría hablar no sólo de las reivindicaciones o de aquellas partes que forman ese conglomerado y que aún están sin determinar o sin cubrir. Es difícil tratar de expresar algo que no se haya dicho ya respecto al trabajo, sin embargo queda todavía mucho por hacer pese a que la mejora en las condiciones laborales haya ido al alza en las últimas décadas. Son muchas las razones por las que nos debemos de preocupar: porque la protección social aún no llega a todos los desempleados, porque la seguridad en el trabajo deja unos números en negativo que no se pueden justificar, porque la esclavitud o el trabajo infantil están en las televisiones pero también en la vida real y muy cerca de nosotros, porque las mujeres aún siguen discriminadas; y porque, siendo éstos importantes, son sólo parte de los retos a los que el mundo se enfrenta ante el derecho al trabajo.

   
Para llegar al fondo de la cuestión tendríamos que definir al trabajo como toda actividad, remunerada o no, que es realizada con el objetivo de alcanzar una meta, solucionar un problema o producir bienes y servicios para atender las necesidades humanas; pero esta definición se nos queda pequeña porque, alcanzados estos objetivos, nos quedaríamos paralizados y no podríamos emplear nuestra energía vital. El trabajo, además, nos da la posibilidad de desarrollar nuestros sueños, de expresar y de afirmar nuestra dignidad y conquistar nuestro propio espacio ganándonos el respeto y la consideración de los demás. Por tanto no es sólo una necesidad para conseguir los medios de vida, es ante todo un derecho al que jamás podríamos renunciar.

Esto que define al trabajo no siempre estuvo basado en la misma idea. Si nos entretenemos en la historia nos encontramos con actitudes como las que afloraron la esclavitud, que se mantuvo hasta el siglo XIX y que, curiosamente, ahora se vuelve a ver en versiones diferentes pero por eso no menos alarmante. Los poseedores del dinero cambiaban la necesidad de trabajar por una mano de obra obligada por las circunstancias (personas procedentes del botín de conquista, prisioneros de guerra, secuestros, indemnizaciones por castigo o por pago de deudas, etc.) a los que casi siempre se les trataba indignamente y se servían de ellos en calidad de amos a cambio de casa y comida, forzándoles a trabajar en las tareas más duras y denigrantes, equiparándoles con animales.

En la alta Edad Media, concretamente con el feudalismo, se disipa la esclavitud (que no desaparece puesto que en el siglo XVI en España habría 100.000 esclavos y en el año 1620 en Sevilla se calculó una cifra de alrededor de 6.000 esclavos de un total de 120.000 habitantes), surgiendo los estamentos, que dividen a la sociedad en tres capas distintas: Los Bellatores, gentes de la nobleza, aguerridos y armados, defensores de la comunidad a cambio de que ésta trabaje para mantenerlos; los Oratores, señores de la iglesia o eclesiásticos, dueños de grandes patrimonios cedidos por los anteriores, no pagan impuestos y en su seno surgen los monasterios (Benito de Nursia año 480-547 Regla Benedictina); y por último los Laboratores, trabajadores, labriegos, artesanos, etc., trabajan las tierras y producen las cosechas.

Aún sufriendo numerosos abusos, los trabajadores fueron mejorando su situación al debilitarse la esclavitud y sobre todo en los períodos de paz, que se harían más largos desde finales del siglo X cuando Occidente entró en una etapa más estable. Todo el trabajo físico: el campo, la construcción, incluso la artesanía, fue desdeñado por los nobles, aunque no por los monjes (Ora et labora) a quienes hoy debemos que mantuvieran la llama de la cultura como la pequeñísima luz que brilló en aquella sociedad de sombras. Tenían no obstante derechos y al menos existían obligaciones mutuas con los señores. Los siervos no podían moverse de su tierra sin permiso del amo, pero éste debía protegerlos, no podía expulsarlos ni tenía derecho de vida o muerte sobre ellos. El siervo trabajaba sus campos y los del amo, retenía parte de los frutos de éste y mantenía una autonomía limitada por contrato hereditario. La servidumbre constituyó un avance sobre la esclavitud y contribuyó a aumentar la producción al interesar al siervo en ella. Pese a lo cual, todo trabajo quedó sin firmar, no se puede etiquetar ninguna obra de arte de la época porque trabajar estaba mal visto por el estamento de la nobleza, para los bellatores el trabajo era una bajeza propia de siervos.

El despotismo del Antiguo Régimen nos condujo a las ideas previas a la REVOLUCIÓN FRANCESA, ideas que fueron la cuna del Liberalismo y que marcaron el camino a los pensadores que influyeron en la Ilustración y por ende en los enciclopedistas D’Alambert y Diderot. Fueron los ingleses Hobbes y Locke en el siglo XVII, con sus obras “Leviatán” y “El Estado de la Naturaleza, La Ley Moral Natural o el derecho Natural de la Propiedad Privada” respectivamente, quienes influyeron en Jean Jacques Rousseau concluyendo en los orígenes de la Sociedad Política, del PACTO SOCIAL, bajo cuya teoría se fundamenta buena parte de la filosofía liberal, categorizando al individuo como pieza fundamental e instrumentalizando para él un Estado de Derecho que le asegurara: derechos, obligaciones y libertades para poder vivir libremente.

Paralelamente, estas mismas ideas nacidas en Inglaterra propician el principio del racionalismo, del que es René Descartes su principal representante sin olvidar a filósofos como Leibniz o Spinoza, y esta corriente filosófica viene a producir el hecho histórico más importante para la vida de los trabajadores: LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. De modo que en Francia se fragua la gran revolución política de la mano de la Ilustración y los enciclopedistas, y en Inglaterra la gran revolución del trabajo con la influencia de los racionalistas ¿Quién dijo que la filosofía no merecía la pena…?

La revolución francesa (1789 – 1799).- Supuso una serie de movimientos revolucionarios que dieron fin al Antiguo Régimen en Francia. Se considera un modelo de revolución política burguesa porque logró la conquista del poder por parte de la burguesía. Aquel dominio político le permitió imponer sus criterios, tanto económicos (liberalismo económico), sociales (clases) y políticos (parlamentarismo en sus dos primeras formas: el liberalismo y la democracia).

Aun cuando la revolución establece los derechos fundamentales de los ciudadanos franceses y de todos los hombres sin excepción (1.789), no se refiere a la condición de las mujeres o a la esclavitud, aunque esta última seria abolida por la declaración de la Convención Nacional el 4 de febrero de 1794 (considerada el documento precursor de los derechos humanos a nivel nacional e internacional). Tuvo que ser Olympe de Gouges, en 1791, la que proclamara la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, para que las mujeres entraran en la historia de los derechos humanos.

La Revolución Industrial (finales del XVIII hasta mediados del XIX).- Como consecuencia del desarrollo industrial nacieron nuevos grupos o clases sociales encabezadas por el proletariado y la burguesía que era dueña de los medios de producción y poseedora de la mayor parte de la renta y el capital. Esta nueva división social dio pie al crecimiento de los problemas sociales y laborales, protestas populares y nuevas ideologías que propugnaban y demandaban una mejora de las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas, desarrollándose los movimientos obreros, basados en los antiguos gremios, que dieron lugar al sindicalismo, y los partidos políticos.

Será en el año 1945, con la configuración de las Naciones Unidas, y tres años más tarde con su declaración de los derechos humanos, cuando se lleve a cabo la abolición de todo tipo de esclavitud o servidumbre que pueda existir en el mundo moderno. Aún así, existen hoy numerosos lugares donde, si bien no se puede definir la esclavitud como lo era antiguamente (a excepción del tráfico de personas o de lo que está pasando en África con el DAESH y Boco Haram o la insurgencia islamista), sí se puede decir que millones de personas trabajan en condiciones precarias, más horas de las que les corresponde y sin una compensación económica acorde al trabajo realizado. Esto, comúnmente se conoce como explotación laboral, y afecta tanto a hombres como a mujeres, pero también y sobre todo a niños.

En la segunda mitad del siglo XX los trabajadores alcanzaron su plenitud de derecho laboral. El Estado del Bienestar (The Welfare State), frase forjada en la década de los años cuarenta por William Temple, entonces Arzobispo de Canterbury, como contraposición al (warfare state) “estado de guerra” de la Alemania Nazi, para describir las bondades de las políticas keynesianas de posguerra. Para algunos supuso el quinto poder del Estado: el de actuación económica, añadido a los tres poderes clásicos de Montesquieu y al cuarto poder, que son los medios de comunicación.

Lo cierto es que ha proporcionado un cambio profundo que nos permite hablar del Estado Moderno y profundizar en la regulación de la relación entre trabajadores y empresarios. Fue bajo este modelo de gobierno, cuando los estados pasaron a ser actores en la economía, no dejando al azar del mercado esta cuestión crucial en sus países, y fue entonces cuando los trabajadores consiguieron grandes avances en relación a su situación laboral: menos horas de trabajo, vacaciones pagadas, la asignación de ropa o herramientas adecuadas de trabajo, etc. . Mientras, el Estado optimizó de manera notable el sistema de salud, la educación y la previsión social se convirtió en su principal política, con la consiguiente relegación paulatina de los sindicatos. Hoy las “leyes” del mercado vuelven a aparecer y a preocupar con ese Neoliberalismo codicioso que empieza a poner al margen todas aquellas políticas y a fomentar el resurgimiento de los viejos demonios (corrupción política, populismos, nacionalismo, xenofobia, etc.).

Pese a estos derechos y grandes discursos, hoy en España, quizás motivado por la crisis económica o porque cada vez nos afectan menos los problemas ajenos y estamos en el “Sálvese quien pueda”, vemos cotas de egoísmo que desconocíamos, duelen las noticias que indican que existe una gran pobreza infantil, que muchos niños no llevan merienda al colegio o que aún se ve a gentes mirando en los cubos de la basura la oportunidad de llevar algo a su casa. Los salarios se han quedado estancados o han retrocedido a niveles que cuestan trabajo encontrar.

El Gobierno nos informa del magnífico comportamiento de las cifras “macro” y de lo avanzada que está ya la salida de la crisis, pero lo que nos llega es la constante amenaza a las pensiones de nuestros mayores, la precariedad laboral, los contratos basura, y la indiferencia de muchos empresarios acerca de los problemas sociales que todo este anecdotario antisolidario nos viene dejando. En el resto del mundo hay excepciones pero tampoco “pinta” demasiado bien. Sólo el 27% de la población mundial tiene una protección social adecuada, y más de la mitad no tiene ninguna cobertura. Veinte millones de personas se ven obligadas a trabajos en régimen de semiesclavitud. En Europa se dan diferencias inimaginables, Bulgaria tiene un salario mínimo equivalente a 185€ mensuales mientras en Luxemburgo es de 1.925€. Luego querremos que Europa sea el ente político y económico que nos ampare a todos y sea la casa común.

No es difícil de entender que se ha luchado y sufrido mucho para conseguir tanto, pero en un mundo en el que solo mande el dinero…, o hacemos valer el PACTO SOCIAL que marcaron los filósofos o la felicidad tanto de pobres como de ricos se podría ir al traste.

Manuel Jiménez García, Equipo de redacción.

REFLEXIONES DE SEMANA SANTA

 REFLEXIONES DE SEMANA SANTA

Semana religiosa con todo tipo de actos litúrgicos, en la que destacan los Oficios del Jueves Santo cuya celebración se lleva a cabo en una misa vespertina al caer la tarde de dicho día, siendo uno de los momentos más importantes del año litúrgico, la Institución de la Eucaristía y el mandamiento del amor; y el Domingo de Pascua o de Resurrección, la fiesta central y para mí más importante del cristianismo. Semana también de saetas, de hábitos y de capuchinos, de olores y de colores, de tambores y de velones. Del Jesús de la agonía, del Jesús del Madero, del que anduvo en el mar, de la Fe de mis mayores… Pero también semana de asueto, viajes, vacaciones.

La Semana Santa junto a la Navidad es la manifestación más grande del Cristianismo, por ende del Catolicismo, nombre que se viene utilizando desde principios del siglo II para referirse a la “Iglesia universal”. Nuestra Iglesia Católica está compuesta por veinticuatro Iglesias: la Iglesia Latina y veintitrés Iglesias orientales, que en conjunto reúnen a más de mil doscientos millones de fieles (una sexta parte de la población mundial y más de la mitad de los más de dos mil millones de fieles cristianos). La principal característica distintiva de la Iglesia católica es el reconocimiento de la autoridad y primacía del Papa, obispo de Roma. Sin embargo hay varias Iglesias que comparten también el adjetivo calificativo de «católicas», como la Iglesia Ortodoxa, las Iglesias ortodoxas orientales, la Iglesia Asiria de Oriente y las Iglesias que constituyen la Iglesia Anglicana.

He querido hacer notar la cantidad de personas que de una u otra forma seguimos las enseñanzas de Cristo, pero no es mi intención entrar en datos o conocimientos que no tengo. Yo, como muchos o casi todos, aprendí cuando era un niño la Historia Sagrada y el Catecismo, del que apenas me acuerdo. Perdura, eso sí, el recuerdo de la primera Comunión y de aquellos Ejercicios Espirituales a los que acudíamos en fila desde el colegio hasta la iglesia de San Sebastián en el Carabanchel de mis años infantiles.

De aquellos tiempos y de aquellos aprendizajes saqué una clara orientación religiosa hacía las creencias que me transmitían mis mayores y mis educadores, explicadas fundamentalmente en el colegio a base de Parábolas que contaban hechos ejemplarizantes y fáciles de entender. La enseñanza de la religión de entonces, supongo que ahora será así también, con esos ejemplos nos dotaba de valores y principios inspiradores del amor y responsabilidad hacia el prójimo. De lo poco que recuerdo del Catecismo, era que la portada ofrecía una imagen de Jesús y sus apóstoles subidos en una barca acercándose a la orilla donde les esperaba una multitud (hablo de los años sesenta y dos o sesenta y tres), y que había definiciones que hoy no dejarían a nadie indiferente. Eran verdaderamente curiosas:

  • ¿Para qué ha creado Dios a los hombres? Dios ha creado a los hombres para que le amemos y obedezcamos en la tierra y seamos felices con Él en el cielo.
  • ¿Podemos con nuestras propias fuerzas cumplir todos los mandamientos y ganar el cielo? No podemos sólo con nuestras fuerzas cumplir todos los mandamientos ni ganar el cielo, porque necesitamos el auxilio de la Gracia.
  • ¿Cuántas clases de gracia hay? Hay dos clases: la Gracia Santificante y la gracia actual.
  • ¿A qué llamamos Gracia Santificante? A la que nos hace hijos de Dios y Herederos del cielo.
  • ¿Qué es la gracia actual? La gracia actual es un auxilio de Dios que ilumina nuestro entendimiento y mueve nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal.

Qué duda cabe que dependiendo de las intenciones que tenga el que escriba, a partir de estas cuestiones y respuestas que planteaba el catecismo se podrían escribir libros y libros. Como dice Juan Manuel de Prada. “Para expresar nuestro amor necesitaríamos escribir una enciclopedia; para expresar nuestro odio nos basta con ciento cuarenta caracteres”. Como todos sabemos el catecismo contenía ciertas paradojas y motivaciones, pero también muchos conocimientos que nos introducían en la liturgia y nos preparaban para ser cristianos de hecho y derecho, adoctrinándonos en la religión de la que ahora somos o no partícipes libremente.

Con los planteamientos de hoy, me deja cierta perplejidad el hecho de que se tratara de enseñar el catecismo “con un embudo” a chavales de ocho o diez años, sin más historia que la de que te lo tenías que aprender de memoria. Quizás; por esa forma de pretender llegar a la razón de los que potencialmente tendríamos que ser fieles, sin otra manera de hacer que la de conseguir a toda costa la puesta en práctica de los conocimientos y las tendencias marcadas previamente, llenas de exclusión hacia cualquier otro pensamiento que pudiera surgir de natural; esto pueda ser el motivo de que seamos tantos los creyentes que conformamos esos mil doscientos millones de fieles, como los laicos que conforman la misma cifra y que constituyen ese “Ejército de Fieles” que no se manifiesta nunca de ninguna otra manera salvo en las fiestas religiosas de Semana Santa y puede que también en Navidad.

De ahí que en esta reflexión me quede con la Semana Santa, porque me produce cierta curiosidad ver tanta gente en las calles, ya sea participando en las procesiones o haciendo calle al paso de las mismas. Curiosidad que justifica el hecho de que muchos no son cristianos practicantes, sólo están por tradición. Unos porque ya sus abuelos eran cofrades y les viene de antaño y otros porque es admirable el color, el olor, la luz y, sobre todo, las figuras escultóricas que representan en cada uno de los pasos. Es muy difícil imaginar que toda esa gente vaya cada domingo y fiesta de guardar a escuchar misa y comulgar. Ni aún en los mejores tiempos de la Iglesia se dio la circunstancia.

Antonio Machado, estos días muy recordado, autor de la célebre Saeta, critica en otro poema a un personaje que representa a ese tipo de gente de la que hablo, que se manifiesta sólo en la Semana Santa. Es el llamado “don Guido”, al que describe como un descreído y que sin embargo siempre salía en procesión por Semana Santa “Gran pagano se hizo hermano de una santa cofradía; el Jueves Santo salía, llevando un cirio en la mano -¡aquel trueno!-, vestido de nazareno”.

Lo cierto es que las procesiones convocan a todos, a esa multitud de gentes: creyentes y practicantes, simplemente creyentes, laicos y/o admiradores de la tradición y la cultura. La convocatoria se lleva a cabo desde la calle por donde pasan las cofradías cargadas con sus pasos, y también desde las televisiones que llenan sus programaciones de tambores y velones.

¿Podría querer alguien, que se llevase a cabo un referéndum u otro tipo de consulta para hacer valer el estado laico y retirar las fiestas o sacar de las calles y de las televisiones la Semana Santa? Con toda seguridad el plebiscito estaría a favor de la continuidad y la tradición; es más, me atrevo a pensar que quien lo preguntara quedaría fuera de lugar y perdería tantos apoyos como razones hubiera tenido para elevar a consulta su retirada.

Y es que esta Semana tiene algo especial. Naturalmente, no me refiero a la posibilidad de tomar unas merecidas vacaciones o salir de la rutina laboral, sino a la afectación espiritual, que hace que personas ajenas a los ritos litúrgicos se emocionen ante los pasos de las cofradías viendo en ellos el proceso y muerte de Jesús, y soportando como a una losa todos esos sentimientos de dolor, pena, culpa, desolación y profunda y respetuosa tristeza.

¿Será, a caso, que esa es la parte de la religión, al margen de la Fe y de todo lo que se considera sagrado, que está más cerca de nuestro raciocinio, de nuestra forma de pensar para llegar a la devoción…? ¿No será que de usar tanto y poner tan de manifiesto el sacrificio de Nuestro Señor para conmover y para hacerse respetar, la Iglesia nos llevó a lo más fúnebre de la religión, a lo más duro del mundo en que vivimos, a la sobreexplotación del sacrificio, al convencimiento de que existe la virtud pero tras ella la tragedia, a representar a Dios siempre en la cruz, siempre en la agonía, siempre en el paso de la vida a la muerte, dejando un tanto al margen de esa gran escenificación a la Resurrección y obviando lo que hoy ya es su principal proyecto y así se manifiesta: que Jesús es vida, es cada día, es luz, es divino pero también es terrenal, es compromiso, es voluntariado, es abnegación, es amor…?

El poeta nos pasó ese mensaje cuando nos dijo: “¡No puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!”. Este verso esconde sin duda un gran valor simbólico. Puede referirse al hombre que hizo milagros, al ser “sobrenatural” que es Dios; pero… ¿y por qué no considerar lo que es para Machado andar en el mar? El mar, como ya sabemos, ha simbolizado la muerte, tal y como deja también patente en aquel “Caminante no hay camino sino estelas en el mar”, o esa otra a modo de preludio que nos afirma “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar”, que decía el poeta castellano Jorge Manrique, refiriéndose al final de nuestras vidas.

Por tanto, no le disgustan las procesiones sino el mensaje que propugnan. Él viene a decirnos que prefiere seguir al Cristo que venció a la muerte y que resucitó y no al que murió en la cruz. Un Cristo igual pero lleno de vida, lleno de paz y armonía, garante de nuestro caminar en el mundo. Caminar es vivir y vivir es hacer camino, por lo que se podría suponer que ese Cristo marca la senda, el camino que da sentido a nuestra vida. Encontrando al Jesús que anduvo en el mar, habríamos culminado la búsqueda de Dios y con ello habríamos encontrado la vida.

No se trata de cambiar la tradición, se trata de continuar poniendo el acento en lo que ya se vislumbra, en ofrecer vida en las iglesias, esa que llena todo y tanta falta nos hace, y con ella manifestarnos abiertamente cristianos católicos, no sólo en Semana Santa.

Papa Francisco “Si no somos capaces de anunciar que el Señor está vivo, no somos cristianos”

Manuel Jiménez García

 

Animales, del Maltrato a los Derechos y la Salud

Animales, del Maltrato a los Derechos y la Salud

Me ha sorprendido que ya esté en nuestros anaqueles el seguro de salud animal, un seguro para perros y gatos tan amplio como el propio para personas. Es cierto que había oído hablar de ello, pero me choca la velocidad con la que la sociedad está encajando esta nueva visión en cuanto a la relación con los animales. En esta manifestación tienen mucho que ver la divulgación sobre el maltrato animal que llevan a cabo las redes sociales y movimientos como el anti-taurino o contra la caza desproporcionada de ballenas, de focas, etc. El colofón a todo esto ha sido la prohibición a nivel estatal de la amputación del rabo y las orejas de los canes.

Es una nueva concepción que viene con una fuerza inmensa y de manera imparable, eso ya nadie lo pone en duda. Que en general sean objeto de respeto y de derecho, hoy es un hecho innegable. Las sociedades civilizadas y cultas ya no pueden mirar hacia otro lado ante la injusticia y la impunidad en la que se regodeaba la brutalidad contra los animales. Sé que muchos lectores pensarán que si no hemos sido capaces de erradicar la injusticia y la violencia entre los propios humanos…, cómo íbamos a pensar en librar de ella a los animales. Sin embargo la injusticia entre humanos obedece a los más bajos y mezquinos intereses, y por tanto aunque parezca increíble está motivada; pero ¿qué motivos nos pueden llevar a maltratar a los animales?

También sé que no podemos ir contra corriente y mucho menos contra la costumbre y quizá contra la naturaleza. Me refiero a esa “manía” que algunos tenemos de comer carnes, pescados y productos derivados. Eso es algo a lo que será difícil renunciar, al menos por ahora; somos omnívoros y aunque es una etiqueta fácilmente rebatible, lo cierto es que lleva muchísimos miles de años de aceptación. Pero esa no es la cuestión. El utilitarismo, corriente ética según la cual lo que es útil es bueno y, por lo tanto, el valor de la conducta está determinado por el carácter práctico de sus resultados, está totalmente enfrentado al maltrato.

La caza podría considerarse dentro del utilitarismo y sería otra de las facetas más complejas a tener en cuenta. La naturaleza nos ha puesto en el extremo superior de la cadena trófica y somos depredadores. Sin embargo no encuentro más razón a la caza que el descaste allí donde sea imprescindible; lo del instinto natural, la económica o la diversión, podrían ser discutibles pero ya no me parecen tan razonables. Sin embargo he de decir con todo rigor que tengo amigos cazadores que son auténticos apasionados de los animales y que jamás maltratarían a un animal.

No es de ahora el debate pro-derechos animalistas. Pitágoras fue citado como el primer filósofo en exponer esos derechos por su creencia de que animales y humanos están equipados con el mismo tipo de alma. Pensaba que el alma era inmortal, hecho de fuego y aire, y que era reencarnado de humano a animal o viceversa. Pitágoras fue vegetariano y gustaba de comprar animales del mercado para darles luego la libertad.

Los filósofos del racionalismo también sostuvieron grandes dilemas y argumentos enfrentados. Para Descartes los animales carecían de todo tipo de capacidades y razonamientos. No se debió parar a pensar en su instinto o en su capacidad de sufrir o sentir. John Locke, oponiéndose a la postura de éste, argumentaba que la crueldad tenía efectos educativos y podría ser negativa para la ética, que se vería afectada por tal brutalidad en la relación entre los seres humanos, pero no consideró ningún concepto de derechos.

Más tarde Schopenhauer basó sus teorías con una indisimulada preferencia sobre la filosofía asiática frente a la tradición judeocristiana, asentando el movimiento de derechos y su protección en el siglo XIX hasta mediados del siglo XX. “La supuesta ausencia de derechos de animales, en la que nuestra actuación hacia ellos no tiene relevancia moral o, como se dice en el lenguaje ético, no hay deber frente a la criatura, es una de las barbaridades de occidente en cuyo origen está el Judaísmo y en parte también el cristianismo”

Con Schopenhauer se produce un giro hacia lo biológico en la filosofía, una auténtica provocación para aquel tiempo “El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales”. Dice “A veces siento menos aprecio por los ejemplares medios de los bípedos que por otros animales más juiciosos”. Se cuenta que cuando su perro le molestaba lo increpaba con un ¡¡Pero hombre!!  Para Schopenhauer el hombre pertenece realmente al reino animal y por eso le encantaban las frecuentes comparaciones.

Prefiere a las sociedades hindúes y budistas porque desde su inicio proclamaron el vegetarianismo, refiriéndose al principio de “Ahimsa” (el principio de no violencia). Por la equivalencia moral de animales y seres humanos hubo reyes que mandaron construir hospitales para animales enfermos (“matar a una vaca es un delito tan serio como matar un hombre de alta casta, matar a un perro tan serio como matar a un intocable”). Sin embargo no he encontrado nada que me devuelva la tranquilidad frente a esta contradicción. Por muy oriental que sea y aún poniendo en reserva mi mentalidad occidental, puedo entender que se ponga en la misma balanza a personas y animales pero jamás distinguiendo al hombre de alta casta del intocable siendo los dos igualmente personas.

El islam consideraba permisible matar animales, aunque hacerlo sin necesidad aparente o con crueldad fue prohibido. “Si tienes que matar, hazlo sin tortura. No deben ser fijados a la hora de ser matados ni deben ser dejados esperar su muerte. Dejar ver a un animal como afilas tu cuchillo es matarlo 17 veces”.

No obstante y aunque Schopenhauer no lo viera así, la Ley Mosaica también prevé varias normas para protegerlos. Por ejemplo: “equipara a los animales en el derecho al descanso sabático, recomienda que se debe ayudar al asno excesivamente cargado, cuidado especial merecen los pájaros que anidan o empollan, prohíbe poner bozal al buey que trilla para que pueda comer, no se debe uncir a un buey con un asno porque el asno es más débil, etc.” En general, la Misericordia Universal según las Escrituras alcanza también a los animales.

Recuerdo, y aún perdura, la costumbre de celebrar en nuestro país el día de San Antón, bendiciendo a los animales y dándoles doble ración de comida. En Navidad también se hacía o se sigue haciendo por lo menos en algunos pueblos de nuestra Comunidad.

En fin, supongo que podría incluir más citas y comentarios al respecto, pero la pegunta es: ¿Tienen derechos los animales? Por un lado, los defensores aseguran que son sujeto de derechos por sus intereses básicos. Por otro lado, los utilitaristas no creen que posean derechos per se, pero argumentan que como tienen la facultad de sentir dolor su sufrimiento debería ser tenido en cuenta (excluirlos en el juicio moral equivale, afirman, a discriminarlos por el mero hecho de no ser humanos).

El utilitarismo, como teoría ética, reclama que deberíamos preocuparnos por la felicidad de todos los que pueden ser felices. “Si hay algo que reduce la felicidad de los animales, entonces deberíamos tratar de luchar contra ello, sea lo que sea”. Por tanto contra el maltrato, hemos de movilizarnos tanto los utilitaristas como los que siguen otros enfoques éticos. Así pues, debemos y podemos afirmar que los animales tienen derechos.

Es un derecho positivo cuya jurisprudencia pone como objeto de derecho a la propia naturaleza animal. Incluye a los de compañía, fauna, animales de entretenimiento y criados para alimentación e investigación. “El Animal Legal Defense Fund” (Fundación de la Defensa Legal de Animales) fue creado por la abogada Joyce Tischler en 1979 como la primera organización dedicada a la promoción de estos derechos.

Actualmente se enseñan en muchas facultades de derecho de todo el mundo. En la Universidad Autónoma de Barcelona se imparte el único Máster de Europa en Derecho Animal y Sociedad. De igual modo, en la Facultad de Derecho de dicha universidad se oferta el curso de Bienestar Animal.

Aunque ya se empiezan a ver sentencias, incluso de privación de libertad, todavía existe poco precedente legal, por eso cada caso presenta una oportunidad para cambiar el futuro legal de los animales y ensanchar la jurisprudencia. Hoy estos derechos impregnan y afectan a la mayor parte de las áreas legales. Aparte de los casos de daños que supongan la muerte o heridas y lesiones, así como la violencia doméstica y la crueldad, se incluyen asuntos tan curiosos como:

  • Conflictos de custodia de animales en las separaciones o divorcios.
  • Casos de mala práctica en veterinarios.
  • Conflictos habitacionales que suponen políticas sobre animales domésticos y leyes de discriminación.
  • Fideicomisos ejecutables para animales.

Si hemos concluido que los derechos de los animales están ahí, son un hecho innegable, estamos obligados a velar por su protección y ésta debe de estar integrada en el conjunto de factores que forman el medio ambiente como parte que son de la biodiversidad.

Que su salud nos haya interesado desde siempre es algo que se debe tener en cuenta. El antiguo sanador de animales (Albéitar) o los actuales veterinarios dan buena fe de ello, pero también es cierto que se ha venido haciendo en un sentido económico y práctico. Ahora, por el contrario, se tiende a la protección y a la salud animal en toda su amplitud. Ya son muchos los locales de veterinaria o los centros de sanidad y rehabilitación, y se cuenta por miles la cantidad de animales ingresados y rehabilitados. La multitud de actividades desarrolladas en estos “Hospitales” evidencian la importante labor social que cumplen estas organizaciones.

Además de esta labor, los centros de Fauna Salvaje como GREFA (Grupo de Rehabilitación de la Fauna Autóctona y su Hábitat) constituyen la mejor forma de valorar el estado de las poblaciones animales, de su biología, comportamiento y enfermedades más frecuentes en la naturaleza. Pero sobre todo, el estudio de las principales amenazas a las que está sometida nuestra fauna por causa de las actividades humanas y así poder denunciarlas e impulsar programas de conservación haciendo hincapié en la problemática de las especies más amenazadas.

“Ayudar a conservar el medio ambiente, protegiendo y defendiendo a los animales, está al alcance de cualquier persona, es más, es una labor de todos, ya que convivimos en el mismo planeta. A nadie sensato le debería interesar su destrucción porque significa la nuestra propia” (Ministerio de Medioambiente).

Queda aún mucho recorrido, ¡ÁNIMO! a los que caminamos en pro de que los animales tengan espacio y libertad, tal y como los ha concebido el ente natural.

Manuel Jiménez García, equipo de redacción

A nuestra amiga Mar, gran defensora de los animales, para que se recupere pronto.

“Consejos vendo y para mí no tengo”

“Consejos vendo y para mí no tengo”

Refrán con el que se critica a los entrometidos y sabiondos que siempre parecen dispuestos a saber lo que deben hacer los demás, aunque en sus propios asuntos no sean capaces de llegar al buen final ni guiarse con la debida sensatez.

Traigo a colación este tema porque hoy parece que dependa todo de un consejo. Me refiero a que cualquier cosa o causa está determinada por las modas y el interés de terceros en que se haga o se solucione de una forma concreta. No es ese consejo que tanto  bien nos ha producido a lo largo de la vida, esa recomendación que nos facilitaba la manera de hacer y de comportarnos ante cualquier hecho y que significaba el bálsamo tan necesario para sortear cualquier problema; esos eran los de nuestros padres, nuestros tutores, maestros, e incluso el de los mayores cuando aún éramos muy jóvenes; hoy en día los más infantiles están sobre aviso de no seguir consejos de mayores que no sean sus progenitores, por razones obvias.

Tampoco quiero cargar las tintas sobre esos otros consejos que son los de los profesionales: abogados, médicos, sacerdotes, sicólogos, mecánicos de coches, peluqueros, etc., así como tampoco sobre todos aquellos provenientes de la publicidad. En definitiva, no quiero hablar de nada de todo aquello que nos conduzca a una vida cada vez más ajena, que nos aporte esa gran cantidad de conocimientos interesados y cargados de afanes contrarios a la individualidad: consumistas, religiosos, económicos, políticos y otras hierbas; que no nos dejan experimentar nuestra propia existencia y, salvo honradísimas excepciones, nos doblegan y nos alinean generando una masa totalmente predecible y, sobre todo, manejable.

Mi CONSEJO  de hoy no es otro que el que proviene del latín “consilium” y significa concilio o junta. En este Consejo se reúnen un número determinado de personas para emitir una opinión sobre lo que creen debe o no hacerse en una cuestión específica. La historia no viene de ahora, viene de muy lejos; en Atenas la reunión del Consejo que aseguraba el cumplimiento de las leyes se denominaba Areópago, y en Roma esta función, desde la época de la republica, la ocupó el senado.

En nuestros días, suele ser un órgano colegiado o cuerpo administrativo cuya función es informar al Gobierno o a las autoridades sobre ciertas materias; con lo cual ya llevamos dos Consejos, el propio Gobierno y el que le aconseja, amén de los consejeros ministeriales y otros. En España su número es tan grueso que, fácilmente y sin exagerar, podría sustituir al ejército.

Existen Consejos que se encargan de administrar o dirigir organizaciones diferentes, ya sean de carácter público o privado. Vienen a mi memoria los Consejos de administración de las Cajas de Ahorros y no quisiera, al menos de momento, pararme en tan “ejemplarizante” asunto. Pero el caso es que, también, me viene el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, organismo que tiene la facultad de emitir resoluciones y obligar a los miembros de la ONU a cumplirlas para mantener esta Paz y esta seguridad, que tan ricamente gozamos.  Quince naciones (cinco permanentes y diez temporales) forman  este Consejo. Los miembros permanentes son Estados Unidos, China, Reino Unido, Francia y Rusia. ¡¡Caray qué Consejeros!!… tan poco aconsejables.

En fin, veamos qué posibilidades de enmienda me reporta el Consejo de la Unión Europea (Un Consejo tan nuestro como éste). Institución con funciones legislativas y presupuestarias que trabaja en conjunto con el Parlamento Europeo y con la Comisión Europea y que no debemos, y esto es importante, confundir con:

El Consejo Europeo que es una de las siete altas Instituciones europeas, integrada por los veintiocho jefes de Estado o de Gobierno de los países miembros, el presidente de la Comisión Europea, y el propio presidente del Consejo Europeo, que es quien preside las reuniones (todos ellos debidamente aconsejados). Su composición y la lógica de su funcionamiento lo convierten en un órgano de naturaleza predominantemente intergubernamental. Sus funciones son de orientación política y de jefatura colectiva simbólica (casi nada…).

El Consejo de Europa que nace tras la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de erigirse como guardián de los valores democráticos en el continente. Hoy continúa desarrollando esa labor y se ha convertido con el tiempo en la máxima autoridad europea en esa materia. Uno de sus máximos promotores fue el entonces primer ministro británico Winston Churchill, que si levantara la cabeza y viera que, pese a sus buenos consejos, los hijos de la Gran Bretaña nos han dado el portazo… se volvería a morir.

Pero… ¿Habrá alguien que no se dedique a dar consejos, generamos dinero para tanto consejero? ¿No le pasa a Ud., querido lector, igual que a mí, que llevo un rato escribiendo sobre las funciones de éstos y de los otros y no se me ha quedado nada en la cabeza? Conocí a alguien que a toda esta “Sinfonía” de Consejos y consejeros les diría que ¡¡Son muchos a tejer y sin ovillo que despuntar!! o aquella otra de ¡¡Cuánta gente vive de “vaguedades”!!

Cambiando un poco la dirección de este escrito, les diré que un servidor tuvo ocasión por dos veces de pertenecer o, si lo prefieren, de formar parte de un Consejo.

La primera vez que yo oí hablar de un Consejo de administración, tenía catorce años. Era botones en una empresa, mutua de seguros, estructurada siguiendo los cánones de la época como una empresa mutual de carácter liberal pero con un marcado acento dado por el sindicato del espectáculo, sindicato vertical de entonces donde curiosamente los jefes o dirigentes sindicales eran los empresarios.

Aquella mutualidad celebraba cada cierto tiempo, siguiendo sus estatutos, consejos de administración y asambleas. Mi labor como botones era estar a las órdenes del Señor Félix, el conserje, y servir a los consejeros en cuánto se me requiriera. El salón de consejos me parecía enorme, tenía grandes ventanales que daban a un patio interior ajardinado. Disponía de  una mesa de madera noble y con un brillo que la primera vez que la vi me sobrecogió. Las sillas estaban tapizadas en piel del color de la madera y dotadas de un peso que casi no las podía mover, podrían sentarse veinte o treinta consejeros. Su solemnidad me impresionaba.

Mi compañero Joaquín y yo siempre estábamos al acecho porque cierto consejero, Don Maximiliano, tenía por costumbre pedir que se le trajera del estanco un cigarro puro – Montecristo del nº1 – para lo cual nos entregaba doscientas pesetas y lo que sobraba, que era mucho, quedaba para el botones. Pero el mejor de los recuerdos es que el Sr. Félix dispuso un cajón junto al guardarropa para cuando  terminaba el Consejo y salían los consejeros, yo pudiera, subido al cajón, ayudarles a ponerse aquellos pesados abrigos. Todos ellos eran personas ya mayores, podrían ser por la edad mis abuelos, y pese a la distancia social, yo sólo era el botones y ellos eran grandes empresarios propietarios de cines y teatros, sin embargo percibía cierta condescendencia, cierto cariño.

Como pueden imaginar, en aquellos años, mi gran meta, la gran ilusión, el sueño de aquel chaval de catorce años, era llegar algún día a sentarse en ése o en otro Consejo de administración y, en parte, se cumplió. Siendo delegado de esa misma empresa en Valladolid, fui convocado por la dirección de la sociedad anónima en la que se había convertido, junto con los compañeros del resto de provincias, para aportar ideas y analizar posibilidades. Yo llegué a Madrid el día anterior con mis iniciativas preparadas, y dormí en la casa de mis padres. La mala suerte quiso que esa noche comprendiera el poco tiempo que le quedaba de vida a mi padre y los sufrimientos que en silencio asumía mi madre. A la mañana siguiente, sin dormir y roto, llegué tarde al consejo, tuve que pedir permiso para entrar y disculpas por la tardanza. Ese día aquel Consejo tan soñado y esperado pasó como un tren rápido al que no sólo no pude subir, si no que resulté atropellado. Poco después fui incluido en un ERE salvaje. Los tiempos ya habían cambiado.

La otra ocasión, esta vez sí se cumplió, ha sido la pertenencia al Consejo Nacional de los Colegios de Mediadores de Seguros, puesto que fui presidente del Colegio de Valladolid. Allí, en su sede, se reúnen los cincuenta y dos presidentes representando a todos los colegios en función de consejeros.

Este Consejo se inició en el año sesenta y cinco de la mano de un ilustre vallisoletano D. José Luis Mosquera Pérez, presidente que  también lo fue de la Diputación, de la Cámara de Comercio y del propio Colegio de mediadores de Valladolid. Es una corporación de derecho público, cuyo objetivo es promover la defensa y representación profesional de los mediadores de seguros. Aglutina a más de 10.000 mediadores, de los que el 40% son corredores, y el 60% agentes. Entre sus cometidos se encuentra la comunicación e información al mediador, el asesoramiento, la formación o el apoyo a la mejora de la actividad a través de plataformas tecnológicas, incorpora también una línea específica sobre Responsabilidad Social Corporativa, desde la que presta asistencia a los Colegios y a sus colegiados.

En estos días se ha llevado a cabo la renovación de sus cargos directivos, siendo la primera vez que va a estar dirigido por una mujer Dª. Elena Jiménez de Andrade. Su programa corporativo está encaminado a revalorizar y modernizar el Consejo, centrando las actuaciones en la identidad corporativa, en la formación e investigación, en la representación institucional y en los servicios e innovación. También en gestionar de manera eficiente los recursos económicos del Consejo, dinamizar la estructura colegial y consolidar el CECAS como centro de excelencia en materia formativa (Fuentes: Mercado Financiero, Europa Press).

Después de haber hablado tanto de los Consejos y de los más rimbombantes ¿No le parece al lector que estas palabras que contienen todas las acciones que se llevan o habrán de llevar a cabo por éste y por todos los Consejos del mundo “Mundial”, se repiten sistemáticamente en el tiempo y suenan a futilidad y su vacuidad está asegurada?

Me hubiera gustado ver que, de una vez por todas, la claridad y la eficacia fueran el verdadero objetivo, y con ellas la austeridad como principio del buen aprovechamiento de los recursos. Yo propondría un SÍ a la buena representación de la mediación de seguros, SÍ a la anticipación diligente a cualquier asociación profesional, SÍ a la dotación de medios suficientes, SÍ a la unión de todas las fuerzas colegiales para llevar a término nuestros intereses, NO al despilfarro en nóminas de “superministro”, NO a nombramientos innecesarios, NO a la suntuosidad injustificada, NO a dejarse poseer por dinámicas de desidia ausentes de objetivos, NO a tener que depender económicamente de asociaciones , “Comuniones” , centros de negocio o como se quieran llamar, con ese conjunto amplio de compañías de seguros que, en definitiva, ponen en cuestión y bajo su dominio uno de los pilares más importantes del Consejo – la defensa de los intereses de los colegiados frente a cualquier contingencia y si es preciso, también, frente a las entidades aseguradoras -.

No quiero decir que sea así, es sólo un pensamiento, una propuesta. Consejos vendo y para mí no tengo”

Manuel Jiménez García

LOS ABUELOS, PIEZA CLAVE

LOS ABUELOS, PIEZA CLAVE

Cada día cuando salgo a dar un paseo o a comprar el pan, veo a muchos abuelos y abuelas que pasean el cochecito o se instalan en el banco del parque con sus nietos y con todos los bártulos infantiles. Componen un numeroso grupo que se ha debido de formar a base de encuentros y de relacionar sus actividades. Otros se ven, que van al colegio o a la guardería a llevar a los hijos de sus hijos, les llevan muy cogidos de la mano, haciéndose cargo de aquellos deberes que éstos no pueden abordar por estar trabajando.

Todavía no soy abuelo y por tanto me falta la experiencia, pero tengo amigos que lo son y, según ellos, parece ser que los nietos se convierten casi en la razón de vivir y te aportan un sinfín de experiencias nuevas que harán que te olvides un poco de que la edad se nos viene echando encima y  recortando nuestro periodo vital.

Si los hijos son nuestra primera mirada, nuestro primer pensamiento diario, nuestra tierra, nuestra cosecha, los que harán algo más, los que irán un paso más lejos, son quienes nos aseguran una vida más llena y más lúcida que la nuestra; si son todo eso, los nietos son los garantes de nuestra continuidad y genuinidad.  Todo un nuevo sentimiento que va a nacer en nuestro corazón, y va a permanecer para siempre como sello ineludible en nuestra vida.

Ha llegado a mis oídos que España es el país de Europa donde los abuelos dedican un mayor número de horas al cuidado de los nietos. Se viene diciendo que es por la crisis económica y la dificultad para conciliar la vida familiar y laboral, y que por eso ha crecido esa relación en los últimos años. Yo, personalmente, creo que siempre ha existido esa proximidad ya que antaño las familias vivían en un círculo mucho más cerrado, sobre todo en los pueblos. De todas formas España también en eso es diferente, la relación familiar es mucho más caliente que la que puedan tener en los países del norte, y como digo, no sólo porque la crisis nos obligue a estrechar esos vínculos.

Ya hace muchos años, cuando las mujeres eran amas de casa que se dedicaban sólo al hogar. Quiero decir: cuando aún no se tenía en cuenta o, mejor dicho, no se tenía la consciencia de que el trabajo era también un derecho al que se podían sumar las mujeres, y a la mayoría sólo las movía la necesidad económica de trabajar; mi madre trabajaba como empleada del hogar en varias casas, pero a mi hermano y a mí no nos gustaba, no porque estuviéramos desatendidos que no era el caso, si no porque en aquella época estaba como mal visto que las madres trabajaran fuera de casa, constituía una especie de deshonor.

Sin embargo, nosotros teníamos un referente, un sitio donde ir, donde siempre encontrábamos el calor, la seguridad y todo lo que en ese momento pudiéramos necesitar; era la casa de mi abuela, que vivía muy cerca de la nuestra. El mundo giraba en torno a la casa de mi abuela. Todos: mis tíos, mis primos, incluso algunos acogidos que no eran de la familia pero se les consideraba como tal, coincidíamos en su casa y ésta era la casa de todos.

A partir de ahí se organizaban las reuniones, fiestas, o los hechos que habrían de importar a la familia. Se determinaba quién, cuándo y cómo tenía que llevar a cabo lo que correspondiera. La casa de mi abuela Emma era el corazón de todo nuestro organismo familiar, pieza clave e insustituible por el amor que allí proliferaba y el respeto que se le profesaba.

Tengo la certeza de que la mayoría de los abuelos asumen encantados su nuevo papel, aunque a veces, también, me queda la duda de si los hijos sabrán reconocer y valorar que esa labor supone renunciar al añorado descanso o a poder realizar los hobbies con los que uno había soñado toda su vida. Eso sin contar con que se vean obligados a cargar con algunas responsabilidades que no deberían. En ocasiones los hijos, aún sin tener la necesidad o sin que se dé la forzada situación, simplemente por no querer sacrificarse, utilizan a los abuelos sin poner en valor lo que les exigen y el esfuerzo que estos se ven en el compromiso de aceptar.

  

Las costumbres han cambiado, no sólo en el contexto social, también en el del trabajo con la incorporación de la mujer como pieza fundamental y necesaria. Ahora se pueden hacer cosas que antes eran impensables, las personas mayores pueden disfrutar de muchos más años de salud y por tanto poder llevar a cabo todas aquellas cosas que por falta de tiempo, motivos laborales o económicos,  no se pudieron realizar. Ilusiones que se pueden ver truncadas por la comprometida aceptación del cuidado de los nietos. No obstante como decía anteriormente, los nietos pueden llegar a ser la primera de las ilusiones.

No todo es tan fácil, ni tan armonioso y placentero, conviene tener en cuenta, además, que en algunas ocasiones el hecho de que los abuelos pasen mucho tiempo con los niños puede llevar a la conclusión de que terminen por adquirir sus criterios educativos y eso puede chocar frontalmente con los ideados por los padres. Y la verdad es que no consiste en que se ocupen de la educación de los nietos, puesto que eso está enteramente reservado a los padres;  pero con el tiempo que están juntos es inevitable, los niños están deseosos de aprender y los abuelos de enseñar, y  además… ¿qué ocurriría si los abuelos no tomaran parte en esa educación?, ¿quedaría en el aire?, ¿serían los padres, sin tiempo para ello, los que la llevarían a cabo? o como viene ocurriendo últimamente ¿se la dejarían exclusivamente a los colegios?

Si hay algo que distingue a los abuelos es la transmisión de experiencias y conocimientos a la hora de enseñar a los niños: escuchándoles, creando reciprocidades y confidencias, dedicándoles mucha paciencia, contándoles recuerdos (Las historietas del abuelo). En la adolescencia de los nietos, el papel de los abuelos se agranda porque nadie mejor que ellos tiene la facultad de relativizar, de mermar los problemas. Su experiencia de la vida les permite procesar con sensatez y mesura todas esas situaciones de difícil comprensión que se dan entre los padres y los hijos adolescentes. Son una excelente herramienta de amor y sabiduría para conseguirlo.

Los momentos en que, normalmente, abuelos y nietos están juntos, y no es solo el caso de la rutina diaria por los motivos ya expresados, si no los que suelen ser en vacaciones, en fines de semana o por cualquier otra circunstancia; son momentos en los que se acumulan  los mejores recuerdos. En ellos quedan grabados para siempre, más allá de los caprichos concedidos, el cómo y el por qué de esos principios que nunca entendimos bien y que, curiosamente, nos sirvieron de guía a lo largo de nuestra vida.

Yo tengo la impronta de que la figura de los abuelos, contrariamente a lo que parece, se va haciendo cada vez más importante y necesaria en el entramado que la sociedad dedica a la familia actual. La facilidad con la que hoy en día se pueden romper y desestructurar las familias, me refiero a la cantidad de problemas que la acechan: divorcio, orfandad, enfermedades, deslocalización laboral, paro, etc.; que pueden crear una desestabilización con problemas de orden sicológico en su funcionamiento y propiciar una educación mucho más difícil de los hijos, en la que aparezcan todos esos conflictos y la mala conducta; hace de los abuelos, una vez más, la pieza clave en la salvación de todos esos elementos que se pudieran ir al traste, propiciando un recambio viable y de continuidad a la proyección familiar de la mayor parte de sus miembros, sobre todo de los hijos.

 En este caso, los abuelos se transforman para dar las dos versiones, la que les es propia y la de padres. Es una misión delicada que cada vez es más frecuente y que reestructura y restaña, nuevamente, los valores de la familia para que sus nietos tengan unas raíces familiares y una identidad, que de otra manera se perderían.

Y por si esto fuera poco, hoy si cabe, es todavía más importante dado el panorama económico actual. Son miles de familias las que se ven abocadas a vivir dentro de su círculo, ya sea porque nos les llegan a fin de mes sus ingresos, ya sea porque han perdido el trabajo o porque han quedado fuera de las políticas de ayuda. Éstos, otra vez, son la pieza clave para que con su pensión puedan vivir de manera digna sus hijos y nietos. Convendría que este punto se tuviera en cuenta dentro del actual debate sobre las pensiones, a la hora de trabajar con todas las posibilidades que les sean favorables a nuestros pensionistas. La ministra Báñez sabe muy bien que gran parte de sus políticas de empleo y sus “Minijobs” (contratos de baja remuneración, mínimo periodo contractual y reducción de jornada), están financiados con la solidaridad y las pensiones de los abuelos.

Como cierre de este pensamiento escrito, me gustaría creer, para cuando tenga la oportunidad de acceder a tan gran honor, que el sentido de ser de los abuelos está en dar y recibir cariño, echar una mano de vez en cuando, y pasar un buen rato con sus nietos. En el caso de tener la necesidad de asumir más responsabilidad, lo ideal es que toda esa nueva dedicación se lleve a cabo, para bien de los niños, de la forma más simple y natural posible y con el reconocimiento responsable de los hijos.

Es una de las etapas de la vida que, supongo, puede ser de lo más gratificante. Los nietos son la revitalización que necesitamos para llevar a cabo con toda la energía que nos sea posible, la constatación de una vida en la que a pesar de los pesares y con todos los avatares que se hayan tenido que sortear, prevalezcan los frutos de nuestro esfuerzo, y el resultado sea la cosecha de cuánto amor hemos prodigado a la familia.

Manuel Jiménez García. Equipo de redacción

A mis amigos: Carrera, Collantes y González. Abuelos ejemplares.

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