Archivos de la categoría Blog

CIUDADANOS O URBANITAS

CIUDADANOS O URBANITAS

 

Hoy las ciudades se enfrentan a dos cuestiones muy distintas: de una parte progresar a toda costa y de otra  tener buena calidad de vida, son perfectamente armonizables pero laNew york mayoría de las veces nos dejamos llevar por la creencia de que las grandes ciudades nos ofrecen un mundo lleno de posibilidades, y es verdad, aunque deberíamos plantearnos hasta qué punto esas oportunidades podrían ser encauzadas hacia ciudades mucho más inteligentes, mucho más humanizadas.

La historia nos dice que las ciudades han sido a lo largo de los años centros políticos y en algunas ocasiones auténticos estados. Son núcleos de experimentación, de innovación y desarrollo; pero también lo son de comunicación y de relación. Sabemos que las grandes ciudades manejan tales economías que superan a las de muchas naciones y no sólo subdesarrolladas; la velocidad a la que crecen y acaparan el poder que restan al gobierno de sus países,  hace  que sean vistas con recelo, de ahí que los entes  superiores las traten de limitar  anteponiendo  criterios  políticos  a sociales que casi nunca solucionan  nada (no hace mucho que cierta alcaldesa hizo valer su creída posición ante las más altas instancias del país, y sin embargo, pese a su “Colaura”, de no haber sido por el Gobierno del Estado difícilmente hubiera conseguido sus propósitos). Las urbes más populosas que superan los tres millones de habitantes  plantean problemas que al final sólo se pueden corregir con medidas que exceden a las que serían deseables y que la mayoría de las veces ya solo dependen de la intervención del Estado.

En ese conjunto de políticas aplicables a esta problemática, se tendrían que tener en cuenta las más apropiadas para incentivar la creación de nuevas empresas y proyectos, utilizando ventajas fiscales o directamente promovidas con dinero público para ayudar y beneficiar  a  las ciudades pequeñas, donde la falta de habitación y el abandono del medio rural socavan el territorio y hacen inviable la accesibilidad a los servicios que todos los ciudadanos merecemos. Se generarían proyectos e inversiones que aportarían valor y que tendrían  como principio y fin la fijación de la población en sus lugares de origen. El fondo social sería más fuerte y solidario, tendríamos ciudadanos felices y volveríamos a las familias de antes – abuelos, padres e hijos en un mismo entorno – asimismo, estas ciudades obtendrían el tamaño ideal, con más actividad y más servicios, estabilidad económica y asentamiento social, y las más grandes irían quedando más aptas para vivir, más humanizadas, y cada vez menos expuestas a la presión que hoy día se somete a sus habitantes.

Como digo, la gran ciudad se viene definiendo como un poder emergente que mira de soslayo los poderes del Estado. Sus “extravagantes” estrategias para llamar a más empresas y generar más dinero con el que poder pagar la ingente cantidad de servicios que se les requiere, hacen que parezcan auténticos agujeros negros que devoran todo cuanto se les acerca. Pero para subsistir a problemas como: el tráfico o la contaminación, el ruido, la vivienda, los alquileres, la sanidad, la delincuencia, los centros educativos y todos los dimanantes de tantos y tantos servicios; las respuestas ya se les han acabado.

Parece ser que existe la evidencia científica de que hay un tamaño ideal de municipio, una escala por debajo de la cual no hay una masa crítica suficiente para prestar servicios de manera eficiente y por encima se degrada y despersonaliza el nivel de servicio al ciudadano.
¿Sería ese tamaño el punto clave? la experiencia nos dice que podría estar en las ciudades medianas, capaces de desarrollarse de manera sostenible, con un tejido social que potencie las relaciones que determinan la forma de ser, de desarrollarse, de interactuar y de proyectarse en los ámbitos: familiares, laborales y comunitarios. Otras estructuras de mayor calado conducen a la inmensidad,  y  supeditan todo  a la buena marcha de la economía, a la localización de empresas, a sacrificar la calidad de vida de sus habitantes, y al estar pendientes y ser esclavos de la gran vulnerabilidad que conllevan todos los problemas que acechan a las “super-urbes”; lo que supone un riesgo muy difícil de asumir.

Me gustaría insistir en que el Gobierno de la Nación podría corregir sus recelos hacia la  “arrogancia” política de las grandes ciudades con medidas sustanciadas en entramados políticos, por ejemplo clarificando las competencias entre sí, las comunidades autónomas y los ayuntamientos, si esa es su visión; pero sin obviar la generación de ayudas al desarrollo de las pequeñas ciudades.  Tampoco es solo eso lo que nos interesa; además son las medidas de tipo social que puedan poner en claro un nuevo concepto de ciudad, aportando bienestar y solidaridad con el resto de ciudades o poblaciones que comportan el conjunto nacional. Generar la inteligencia suficiente en las ciudades más pequeñas desde sus bases (centros cívicos, proyectos de iniciativa y de participación, asociaciones vecinales, así como redes de comunicación y de intercambio de ideas) para que redunde en beneficio de los propios ciudadanos, aportando bienestar y posibilidades… Ese es el reto que tendrá que marcarse como prioridad inmediata la Sociedad Civil organizada, para afrontar con éxito el disparate que supone la despoblación de las pequeñas ciudades, y el no menos disparate que es la vida en las grandes, donde las personas dejan de contar como tales y quedan al pairo de su máxima simplicidad.

Vivo en Valladolid, una ciudad que para mi gusto es ideal, pero aún siendo más grande que las de nuestro entorno (Salamanca, Zamora, Segovia, Palencia, Soria, etc.) y al igual que éstas gozando de una gran calidad de vida; sin embargo, año tras año vemos como se nos agrava el problema de la deshabitación, cada vez se eleva más la tasa de edad de sus moradores y los jóvenes no tienen más remedio que irse en busca de su futuro laboral. Tenemos buenas Universidades, tenemos Cajas de Ahorros (deseando cumplir con sus fines primigenios), tenemos buenos profesionales y capacidad para su formación, tenemos magníficos funcionarios y, por ahora, los servicios suficientes, tenemos Organizaciones Civiles y redes de información, tenemos la mejor ubicación geográfica, nuestro clima no es ni mejor ni peor que el de Madrid…  ¿Qué falla?… Preguntemos a los políticos.

Hoy sabemos que la población mundial  está creciendo a niveles extraordinarios y que en breve la vida de más del 80% de los habitantes de este planeta será engullida por las grandes urbes, será urbanita. De ahí que tengamos que reaccionar hacia lo que, previsiblemente, supondrá una nueva realidad. Ahora o nunca.

Manuel Jiménez García

Un Nuevo Pensamiento

 

UN NUEVO PENSAMIENTO

 

Nos hemos dotado de pautas como lo hace la propia naturaleza con sus consabidas estaciones y sus formas de ofrecer la vida. Nosotros hacemos una parada cada año para reflexionar o para hacer balance de lo acontecido y marcarnos retos y metas para el próximo periodo de tiempo que, como digo, fijamos en un año natural.

 

Este año ha venido marcado por dos asuntos muy diferentes que nos han tenido muy preocupados: por un lado el esperpento catalán, que ha presentado una realidad deformada y grotesca, a la vez que ha degradado los valores de Cataluña consagrándolos a una situación ridícula, y ha puesto en solfa de preocupación y desasosiego a todos los españoles; y por otro se nos ha destacado lo importante que puede llegar a ser el agua. La sequía y la falta de recursos hídricos nos han puesto en una situación de alerta que merece la pena estudiar y no descuidar.

 

Además, como en años anteriores, aún seguimos embarcados en los problemas del paro, de la desigualdad, de la deslocalización, de las pensiones, etc., en definitiva de las dudas que genera la Sociedad del Bienestar; un sistema que se podría decir que acaba de empezar y sin embargo ya parece decadente. Y todo ello, incluso, aderezado de conductas (xenofobia, racismo) que podrían tener su génesis en la falta de una cultura positiva y democrática, herencia de un pasado próximo que desencadenó contiendas impulsadas por movimientos nacionalistas y nos aportó bloqueos y telones de “acero” que produjeron penumbras y tristeza.

 

Bien, pues todo ese pesimismo que veríamos fácilmente en el horizonte a poco que fijáramos la atención y fuéramos al detalle (Refugiados, emigración, paro, hambrunas, superpoblación, desertización, calentamiento global) se ve, pretendidamente, neutralizado con el magnífico balance presentado por la Oficina de Naciones Unidas para el Desarrollo, que nos confirma a bombo y platillo la mejora en líneas generales del bienestar social: la desnutrición y la mortalidad infantil han disminuido, tenemos mejor sanidad y más longevidad, la educación, la protección a la infancia, la atención sanitaria, la libertad, ha aumentado el número de naciones democráticas, el acceso al agua potable, etc. etc.

 

¿En qué quedamos…? Nuestra percepción nos dice una cosa y la realidad otra o, sencillamente, es que hay gustos para todos. ¿No tendrá esto que ver con el PENSAMIENTO ÚNICO…? ¡¡Si hombre!! aquello que nos trajo Schopenhauer, cuya definición era algo así como: un sistema cerrado de creencias que constituyen una unidad lógica para un conjunto de individuos. Herbert Marcuse, nos vino a decir al respecto que este pensamiento lo imponían la clase política dominante y los medios de comunicación de masas. También se dice que es un conjunto básico de creencias que son comúnmente aceptadas por la gran mayoría de la población porque las han visto o leído en los medios de comunicación, universidades, o centros de propagación, sin profundizar en la información ni cuestionar su fondo o realidad.

 

Cosas como éstas están detrás de asuntos como el “Procés catalán” o el Estado Islámico “Daesh”, y tampoco deja de ser curioso que sea muestra de ello lo acontecido tras la caída del muro de Berlín y la inoperancia del sistema económico socialista soviético. A partir de entonces el capitalismo hizo su gran presentación, autoproclamándose como la única vía posible y fueron sus postulados neoliberales los que se convirtieron en pensamiento único. Su expansión en la sociedad y en la cultura ha tenido lugar en todo el planeta, China y Rusia incluidas, con su centro neurálgico en Washington – USA (FMI, Banco Mundial, Reserva Federal Americana, etc.). Su flamante ideario está basado en la salva guarda y rescate del entramado financiero, en la lucha contra el déficit público mediante la reducción del gasto (menos impuestos), en la privatización de empresas públicas y servicios públicos (magníficos negocios), en la liberalización del comercio y del mercado de capitales a nivel mundial (paraísos fiscales) y en la desregularización del mercado laboral (amortización sindical) poniendo en los altares la competitividad y la eficiencia (tecnificación, robótica – deslocalización y desempleo). A todo ello habría que añadir la compra de los medios de comunicación por los grupos de poder económico, pasando “la información” de ser un derecho a ser un medio de manipulación contra todo aquello que ponga en tela de juicio al dichoso pensamiento.

 

Éste se cuela en los telediarios, en nuestras universidades, en nuestras conversaciones, en nuestra mente. Nos dice que hemos de ser moderados, que hemos de tener en cuenta el orden y la seguridad jurídica y que el paro, el hambre, la superpoblación o el calentamiento global, están controlados o en vías de solución. Añade a nuestro dietario un buen paquete de futbol, eventos deportivos, espectáculos, mucha publicidad y los objetos de valor que podríamos comprar y poseer si perseveramos y cumplimos sus exigencias. Mientras tanto asumimos el hecho de que también podemos ir al paro, a la precariedad y a formar parte de ese, cada vez más grande, ejército de parias que algún día tendrán que resolver y que espero no opten por disolver.

 

A pesar de todo, y ya visto que tenemos que leer más e informarnos debidamente y mejor, hemos de reconocer que del otro lado, el de los no afectados, se pasan a diario cientos de miles de personas. Es decir nadie quiere vivir lejos del llamado primer mundo, de la sociedad de consumo y del más o menos “garantismo democrático” que nos proporciona el llamado neoliberalismo; por duro que esto parezca.

 

Con ello se supone que la mayor parte de la sociedad se libera de la pobreza extrema, que tiene la oportunidad de luchar contra la ignorancia, que puede apartarse y ser- curiosamente – crítica con el dogmatismo, que no tiene por qué tenerle miedo al poder, y que podrá respetar y ser respetado por el vecino, así como rechazar las discriminaciones, etc., etc. Y a pesar de todos los horrores que podemos constatar, y de que no es siempre la razón sino el dinero el que nos gobierna y controla; lo siento mucho… pero hoy por hoy parece ser que es difícil encontrar otro marco mejor de convivencia.

 

Por tanto, lo que nos hemos de poner como meta es la imprescindible y permanente revisión y el control de nuestras instituciones democráticas. Nuestra democracia tiene que estar por encima de las pautas que marca el pensamiento único que no son otras que las de “un mercado salvaje y devorador”. Si le dejamos sin ningún control, si pretendemos que sea ese tipo de mercado el que marque nuestro devenir, no tendremos futuro. El paradigma de este pensamiento lo representa perfectamente Donald Trump, y le ha faltado tiempo para desdecir a los Estados Unidos de sus compromisos en pro de la biosfera y posicionarse en contra para favorecer la protección de sus proyectos industriales y contaminantes.

 

El monstruo podría comerse a su creador. No tenemos más remedio que replantearnos un nuevo humanismo que nos conduzca de nuevo a la razón y a dominar desde la libertad todo aquello que pueda afectar a nuestra vida presente y por ende a nuestro futuro; las leyes del mercado también son válidas pero tienen que estar en armonía con las de la naturaleza para que ni sobren parias ni falten bosques, y para que no tengamos que soportar ni tiranías ni disfunciones naturales propiciadas por el abuso sin medida del medio natural.

 

“Ser feliz no es una fatalidad del destino, sino una conquista para quien sabe viajar para dentro de su propio ser. Ser feliz es dejar de ser víctima de los problemas y volverse actor de la propia historia”. (Papa Francisco)

 

Manuel Jiménez García

25.01.2018

Al Hilo de las Pensiones

AL HILO DE LAS PENSIONES

Hubiera querido hablar de las posibilidades que me ofrece la jubilación y, por tanto, de las pensiones que habrán de hacer posible que lleve una vida digna después de tanto trabajo y desvelo. Sin embargo me encuentro con cantidad de dificultades a la hora de fijar tales posibilidades; me refiero a que para alcanzar esa meta, por lo visto, no bastaba con las previsiones que había ido haciendo a lo largo de mi vida laboral. No es que las pensiones dejen de cumplir su cometido pero menos mal que en su día inicié mi propio plan de pensiones.

Duele en el alma del que escribe tener que admitir que esto sea así. Ahora veo cómo la Administración ajusta a su dimensión actual las cantidades a pagar por pensiones, y esa actualización deja de contemplar aquellas previsiones que hicimos y parecía que teníamos garantizadas. Buen ejemplo de esto es el hecho de que ya no baste con los últimos quince años, como había venido siendo hasta el año 2013 y se hayan ampliado progresivamente a 25 el número de años computables para aplicar las bases reguladoras, lo que merma nuestras cotizaciones y nos deja descolocados; valga también la aplicación del 0,25% de subida sin tener en cuenta la pérdida de poder adquisitivo que eso supondrá con el paso de unos pocos años; otro buen ejemplo es el que se avecina con el llamado “Factor de Sostenibilidad” que entrará en vigor a partir del 1 de enero del 2019, y que da por hecho que los futuros jubilados vivirán más años que los actuales, por tanto sus ya mermados derechos, cotizados durante la etapa activa, deberán repartirse ahora durante un número mayor de años, y aunque de manera global recibirán el equivalente a los jubilados actuales, sin embargo la cuantía mensual será más reducida para poder cubrir esos años que se supone vivan de más.

Es decir, cobrarán menos al mes pero se piensa que durante más años; claro está, si no les mata antes la precariedad o la miseria. Hemos de entender que lo que habíamos calculado para cubrir nuestra jubilación, la Administración suponía que era para una duración de 15 años, o sea de los 65 a los 80, ahora lo van a estirar porque parece ser que vivimos cinco años más, de los 65 a los 85, para lo que nos aumentan la edad de jubilación hasta los 67 – ya se ahorran dos años – y los otros tres nos los harán pagar disminuyendo las cantidades a cobrar mensualmente.¡¡Cosas de la vida!!

Para mí ya es sólo el presente el que me debe dar las respuestas a cuantas incertidumbres depara cada día. Un presente sazonado con iniciativas separatistas, con gastos como los que propician las díscolas autonomías, con la dádiva de turno destinada a obtener el silencio o la complicidad – llámese “Cupo” o como se quiera-, con elecciones cada dos por tres, subidas de prima de riesgo, refinanciación de deuda estatal más cara, partidos y políticos que sólo piensan en cómo conseguir sus escaños y vivir de la poltrona, todos: izquierda, derecha, centro, la equidistancia, el populismo y el limbo nacionalista; corruptelas por aquí y corruptelas por allá…; esto es UN QUILOMBO que diría el gran periodista burgalés Graciano Palomo, “Y lo dejo ahí…”

Hoy se habla constantemente de reformar la Constitución, y sobre todo de reformarla para dar cabida a una nueva estructura territorial que permita, aún más, que las Autonomías gocen de mayor autogobierno. Yo, contrariamente, pienso en una política que redujera las administraciones y propondría a los ciudadanos la posibilidad de unificar, juntar, agrupar o centralizar Autonomías. Imaginemos por un momento una España en la que la mayoría de las actuales Autonomías se unieran y tuvieran un solo Gobierno, una sola Cámara, una sola Hacienda, una sola Voz. Nunca sería peor que lo que tenemos ahora, ya que si hubiera diferencias, como las hay ahora en la aportación del PIB o en la generación de riqueza, quedarían paliadas con cuotas al estilo UE y con entente justo y solidario. Sin embargo el ahorro y la cohesión traerían aparejado que el futuro de los que ahora tienen treinta años estuviera mejor asegurado.

Es el futuro de los ahora jóvenes el que debería preocupar. Estamos viendo cómo tendrán que enfrentarse a muchos más problemas en la vejez que los que, a pesar de todo, pudiéramos tener nosotros los nacidos hasta la primera mitad de la década de los cincuenta. Un informe de la OCDE indica que en 1980, en el promedio del conjunto de los países que la integran solo había 20 personas de 65 o más años por cada 100 en edad laboral; en 2015, este número había aumentado ya a 28 personas, y para 2050 se proyecta que casi se duplique hasta llegar a 52. Es decir, más de la mitad de la población tendrá más de 65 años en relación a la población en edad de trabajar. Sabemos que las pensiones no pueden ser objeto de supercherías, pero tendrán que someterse a fuertes reformas motivadas por nuestro sistema económico y nuestra actual estructura social que, aunque tienen cierta dimensión, todavía les queda mucho margen de desarrollo y mejora, lo que nos hace ser un tanto optimistas y nos lleva a pensar que se empezaran a tomar medidas, no tanto para minorizar las pensiones como para reajustar los citados sistemas.

En el reparto económico hay cierta distorsión de la realidad, el gasto en pensiones que fue de un 10,5 % del PIB en 2015, podría llegar a ser del 15 al 17 % en 2050, que no es mucho mayor que el que tienen ahora otros países del entorno. Pero para poder neutralizar esta evidencia tendríamos que mejorar mucho, sobre todo en nuestros ratios de empleo y cotización ¿Por qué dentro de 30 años no se podría haber conseguido en España estos porcentajes del mismo modo que ya lo han hecho otros?

Las soluciones no las conozco, pero existen varias cuestiones en cartera, eso sí, guardadas en un cajón que por pereza, por miedo o por complejos de nuestro pasado, no nos atrevemos a sacar. Por ejemplo.- El sistema de elecciones, que fractura el interés nacional y lo hace dependiente de espurios intereses periféricos; otra sería la que referíamos antes sobre la unión de las Autonomías o la vuelta a una Administración única, salvando aquellas autonomías que se decantaran por su autogobierno. Esta utópica propuesta llevaría aparejada una mejor administración y un ahorro enorme, no sólo de gastos por la unidad en la estructura política, también tendríamos la unidad sanitaria o la de educación; las obras públicas se harían desde la cordura y la necesidad (se hubieran evitado aeropuertos vacíos y sin aviones, autopistas sin coches o construcciones faraónicas sin ninguna utilidad). También se podrían generar políticas alejadas del egoísmo actual que permitieran la creación de nuevas empresas y proyectos (utilizando ventajas fiscales o directamente promovidas con dinero público) en aquellos lugares donde la falta de habitación y el abandono del medio rural socavan el territorio y hacen inviable la accesibilidad a los servicios que todos los ciudadanos merecemos.

El ahorro y la buena administración de los excedentes abrirían los cauces necesarios para generar proyectos e inversiones que tuvieran como principio y fin la fijación de la población en sus lugares de origen, ofreciéndoles trabajo y proyección en el tiempo; esto daría aire y oxigeno a una natalidad que hoy no tenemos y que nos hace más falta que el comer, también bajaríamos la tasa de paro y subiríamos la de afiliados a la Seguridad Social, pero sobretodo tendríamos ciudadanos más felices. El tejido social sería más fuerte y solidario, volveríamos a las familias de antes – abuelos, padres e hijos en un mismo entorno – y, asimismo, las ciudades pequeñas serían más grandes, con más actividad y más servicios, y las más grandes quedarían más aptas para vivir, más humanizadas, exentas de la presión a la que hoy día se someten sus habitantes.

A día de hoy es sólo una ilusión, pero ¿y si fuera parte de la solución a la mayoría de problemas que ya nos enfrentamos y, por supuesto, se tendrán que enfrentar las generaciones venideras? También sé que peco de inocente por considerar a los políticos actuales capaces de una “machada” como la que sería el hecho de simplificar tanta burocracia y tanto sillón arriesgando sus sueldos y privilegios para tener que buscarse, como todo “hijo de vecino”, un nuevo empleo. Pero lo que sí sé, es que no podemos seguir asumiendo que el País se financie a base de generar una deuda que difícilmente se podrá pagar y que reventará en nuestras narices poniendo todo “Manga por hombros”. Tampoco podemos seguir mirando a otro sitio cuando vemos cómo prolifera la injusticia territorial (Extremadura, Castilla – Cataluña, Vascongadas), cómo se deterioran nuestras relaciones generacionales o cómo las pensiones aún siendo bajas, mal que parezca, en muchísimos casos superan a los sueldos de los trabajadores que las mantienen.

Hemos de empezar a pensar ya que el éxito del país no puede ser sólo el económico de las empresas, no se puede medir exclusivamente con indicadores monetarios (PIB o beneficios) por muy importantes que sean; apartando de esos contadores a los ciudadanos (trabajadores, jubilados, parados, niños, etc.), cuando no, también, al medio ambiente. Poco o de nada nos sirve a los ciudadanos que el PIB haya crecido o se haya reducido si por éste no pasa una sola gota de felicidad para las personas a las que pudiera afectar. Del mismo modo pasa con el beneficio de las empresas, el Ibex se convierte en un extraño contador de “alzas y bajas” al que sólo siguen adinerados accionistas y grupos financieros, pero nadie de los de a pie ve que se le resuelvan sus problemas ya suban o mermen sus cuentas de resultados; tampoco se ve si la gestión de esas empresas es digna y colaborativa socialmente, o se dedican a especular con las vidas de sus trabajadores, de los consumidores o con el medio ambiente. Ya sabemos que en un mundo en el que prima la economía de mercado, es muy importante que suba el Ibex para la financiación de nuestras empresas y que nuestro PIB siga siendo capaz de garantizar nuestra disparada deuda, pero no se puede dilatar en el tiempo una gran crisis con cargo exclusivamente a los ciudadanos, ni una competitividad basada solo en los bajos salarios; cuando además vemos como se pierde el tren del futuro dejando fuera a nuestros jóvenes mejor preparados y sin que se empuje a las empresas a invertir más en investigación para aportar novedad, calidad, diseño y técnica. El ingenio ya lo aportaremos nosotros – “nos viene de fábrica”.

Uno no sabe bien ni tiene la barita mágica con la que hacer que las cosas mejoren, que seamos capaces de entendernos sin dejar de ser libres en todas nuestras facetas, también en la económica, y poder dar soluciones viables y que no supongan grandes cambios que puedan alterar de forma negativa la vida de la gente; pero son tantas las cosas que se

ven y que te llaman la atención pudiendo ser parte de la solución…, que llegas a pensar que hay alguien al que no le interesa, para nada, que los problemas se solucionen desde las cosas más simples, sin tener que hacer grandes cambios, solo de actitud, por ejemplo:

– Los impuestos.- Nuestra presión fiscal en 2014 fue de 34,4 % del PIB- mientras la media europea fue de 40,1; y la de la eurozona 41,5%. Vemos con asombro la gran economía sumergida que aún existe y cómo se gestionan los impuestos. Los datos que hacía públicos EUROSTAT para el año 2014 concluían que España en protección social gastaba el 17,6% del PIB frente al 19,5% del resto de Europa, el 6,1% frente al 7,2% en salud, el 4,1 frente al 5 en educación y el 40,4 frente al 40,8 en administración pública. Estos datos nos permiten pensar que el problema es de fiscalidad, de recaudación. Necesitamos una estructura fiscal diferente y que permita que asuman las cargas del Estado con mayor equidad los distintos grupos sociales e individuales

Los de a pie lo tenemos claro, dependemos de nóminas y de los cuatro ahorros, los autónomos – algunos salen de la norma – pero la mayoría poco más o menos, sin embargo las grandes empresas, los grandes fondos, las “SICAV”, los paraísos fiscales, etc., forman un nudo gordiano de imposible comprensión y de más difícil transparencia, sobre todo cuando se concluyen todas las dudas y las deudas con condonaciones, amnistías, perdones o cancelaciones. Siempre protegeremos la libertad económica y por tanto el supremo derecho a la propiedad privada pero, qué duda cabe, los impuestos son para los países como la savia a los vegetales, que hace que tengan vida, se desarrollen y den frutos.

– La corrupción.- no podemos olvidar que España ha pagado por el km de autovía tres veces más que Alemania y con el importe de los salarios en la mitad. Con la regeneración y la limpieza de nuestras Instituciones y entes administrativos, el distanciamiento de los políticos con las grandes empresas, el correcto control de las entidades financieras, etc.etc…; se optimizarían los recursos, generaríamos menos deuda, no tendríamos que pagar ingentes cantidades en intereses, los impuestos llegarían absolutamente a todos, y nuestra economía alcanzaría cotas de equilibrio donde se desarrollaría de nuevo un trabajo correspondido con salarios dignos; el consumo inteligente mantendría engrasada la rueda de la economía y se podrían sacar del Paro e incorporar al sistema a más de tres millones de cotizantes.

Hemos de enfrentarnos a los problemas que nos preocupan, han pasado cuarenta años desde que decidimos vivir en democracia y libertad, y es muy cierto que han habido éxitos y aciertos significativos, pero también fallos en los que hemos incurrido y sin embargo no hemos sabido o querido corregir. El tratamiento con paños calientes de los riesgos y desafíos como los que en este momento traen al país de cabeza, y no son sólo los “coletazos independentistas”, son también los problemas de estructura económica, social, demográfica, etc. que se han tapado a golpe de presupuestos, de dádivas al secesionismo y, cómo no… de DEUDA; no puede continuar así. Se ha de orientar la política hacia la gente, hacia la ciudadanía, a su bienestar, a todos aquellos que tienen la “mala costumbre” de tener que ganar el pan con el sudor de su frente en una lucha constante por encontrar un trabajo en su entorno familiar, duradero, que no les haga dependientes del paro, de la solidaridad o de la oportuna y puntual contratación temporal que no lleva a ninguna parte.

Se tienen que tomar iniciativas, pactos, acuerdos o lo que haga falta… Hoy es en Cataluña donde se ha roto la baraja con la oferta lanzada por el independentismo para tratar de conseguir un país como el de “Nunca Jamás”, mañana… ¿quién sabe? Si luchamos por el interés de las personas más vulnerables o sin esperanza, si reconducimos nuestro sistema económico y social para que desaparezcan las dudas sobre el Estado de Bienestar, podremos garantizar el futuro y triunfar sobre los mensajes populistas, la demagogia y la posverdad.

Manuel Jiménez García

27.11.2017

Los tiempos que vivimos

Los tiempos que vivimos

Muchas veces me he parado a pensar si lo vivido forma parte del carácter de las personas, si de alguna manera puede influir en las decisiones que se toman o en las acciones que se llevan a cabo. Si así fuera, si tuviéramos ese resorte, si pudiéramos darnos cuenta de que lo que estamos a punto de hacer, en otro momento ya generó resultados positivos o negativos, cuántos disgustos nos podríamos ahorrar.

Los de mi generación, es decir los nacidos en los años cincuenta del pasado siglo (unos cuantos años ya), llevamos consigo un bagaje al que pocos han tenido ocasión de llegar. Estos sesenta y tantos años han sido el motor de un cambio y de un mundo nuevo. Se han sorteado miles de dificultades, unas veces a fuerza de golpearnos con la misma piedra y otras adoptando soluciones inteligentes, y nunca como ahora habíamos tenido la posibilidad de observación y de reacción que nos brindan el conocimiento y la experiencia.

Todos estos años han sido una auténtica revolución, en todos los sentidos, es como si los sólidos conceptos y las bases filosóficas hubieran sido metidas en una gran coctelera o, mejor aún, hubieran sido absorbidos por un gran torbellino. Hemos pasado de: las brasas de la Segunda Guerra Mundial a la “Guerra fría” y de ésta a la supuesta desnuclearización controlada por las grandes potencias; del “Jipi” al “Yupi” y de éste al “mileurista” que pasando por el permanente “nini” nos ha traído al “millennial” ; del ostracismo y la persecución, al orgullo y a la celebración de matrimonios homosexuales; del machismo, a su casi superación, aunque queden “lentorros” por cambiar; de la mujer en casa, a la que se hace notar en universidades, juzgados, hospitales, etc., aunque todavía discriminada en otras profesiones o en cargos directivos; de los radiados consejos de doña Elena Francis, al divorcio liberador; de la escapada a Londres, a la clínica del barrio o a la píldora del día después; de las bodas con campanas, a las bodas con cohetes y tracas; etc.etc.… Pero también muchos han pasado del respeto y la reverencia, al desacato y al desprecio;  del honor, a la bajeza; y  de los símbolos, que para alguien como yo son importantes, a la burla y  la vileza.

Aún siendo unos niños, los tiempos que vivimos nos enseñaron cómo el mundo se había dividido en dos grandes bloques (EEUU y la URSS), producto del reparto que tuvo lugar en febrero del año 1945 en Yalta, donde americanos, rusos e ingleses (invitados de piedra) dispusieron el futuro de alemanes, polacos, yugoslavos…, del resto del mundo; fijaron las reparaciones de guerra y la situación de las nuevas fronteras y se apropiaron del poder de veto en la futura Organización de las Naciones Unidas, que se crearía meses después con una misión específica, La Paz.

Sin embargo, pudimos constatar que la Paz tan solo fue un espejismo. Cuando el poder de las masas obreras comunistas por una parte, y el del capitalismo, propietario de los medios de producción, por otra; tuvieron consciencia de sus debilidades, se inició un periodo de tensiones y de grietas que trajo de nuevo el riesgo de una tercera guerra, esta vez no convencional sino atómica, la “Guerra fría”.

En aquellas reuniones se le dio forma a lo que se llamó el Telón de Acero; Rusia quiso asegurarse una frontera política desde el Báltico hasta el Mediterráneo que la protegiera de cualquier otro intento invasor por parte de Europa, de modo que ciudades que hoy son el punto de mira del turismo internacional como: Tallin, Riga, Vilna, Varsovia, Berlín, Praga, Budapest, Bucarest o Sofía, cayeron en el más gris de los colores, en la más triste de las rutinas.

Los temores suscitados entre ambos, con políticas tan opuestas como sus formas de vida, hicieron que EEUU viera la necesidad de generar un dique de contención en la Europa no comunista y creó el plan Marshall para asegurarse de que estos países adoptaran formas de gobiernos adecuadas a la economía proveniente del otro lado del Atlántico y sin la cual difícilmente se hubiera podido contener el empuje de países socialistas en Europa. España quedó al margen del dinero y acosada por el cerco político a su régimen de gobierno, pero con bases americanas a modo de prebenda.

A partir de estos acontecimientos todo se fue relacionando como si fueran costuras o encajes de bolillos. Nuestras vidas se encontraron inmersas en ese torbellino del que hablaba al principio. Desde el año 1945 y hasta el año 1954 se crearon instituciones como: la ONU,  la LIGA ÁRABE, la OTAN,  el  COMECON o la CECA (Comunidad Europea del carbón y el acero, 1951) ; se independizaron la India y Pakistán, asesinaron a Gandhi, Isabel II se sentó en el trono de Inglaterra (1952), murió Stalin y subió Kruschev, España acordó las bases con USA (sin plan Marshall, 1953),  se sucedieron guerras en Asia (Corea, Indochina), estallaron  guerras civiles en Grecia y en China (1946), se proclamaron las repúblicas francesa e Italiana (1946) y se reanudaron los planes quinquenales rusos.

En el año 1954, las cosas no estaban mejor, quedaban dos guerras en activo cuyo titular era Francia: la de liberación de Argelia y la de Indochina, con su claudicación y la independencia de Laos, Camboya y Vietnam – mal año para los franceses -. Los ingleses tampoco lo tuvieron muy dichoso que digamos, fueron echados del Canal de Suez por el presidente de Egipto Nasser, y parece que sus cuantiosas pérdidas solo podrían ser comparables con el actual Brexit.

Los años que siguieron continuaron con los conflictos, y hoy no hay duda de quiénes fueron “los que mecieron la cuna”, “honor” que se reparten a partes iguales el KGB y la CIA. Pero también caben destacar: que hasta el año 1955 España no formó parte de la ONU, que Rusia lanzó su primer satélite en 1957, año en el que se creó el Mercado Común Europeo y que España entra en guerra con Marruecos por Sidi Ifni, que De Gaulle y Kruschev llegaron al poder de sus distintos países en 1958, que en 1959 se consolida la revolución cubana y que el Papa Juan XXIII inició reformas en la Iglesia Católica con el Concilio Vaticano II, publicando en 1963 la Encíclica “Pacem in Terris” de gran transcendencia para la paz tras la crisis de Berlín de 1961 y la de los misiles en Cuba de 1963.  Kennedy fue asesinado, se resolvió el conflicto de Cuba pero inmediatamente surgió el de Vietnam en 1964, y la Guerra de los Seis Días entre Israel y la Coalición Árabe, y empiezan a mostrarse los movimientos guerrilleros en América Latina, muere el Che en Bolivia en 1967, los americanos llegan a la luna en 1969, se generalizan los golpes de estados y las insurgencias, el mundo se contagia de la fiebre guerrera, y la paz y la seguridad brillan por su ausencia.

Evidentemente, hubo aciertos y cosas buenas como los avances científicos y la inercia que tomó la medicina con la puesta en funcionamiento de las vacunas durante los años 60 y 70, y la iniciación de los trasplantes de órganos. Podríamos seguir mencionando pasos y  acontecimientos y no acabaríamos, llegaríamos a la actualidad y seguiríamos con asuntos que tuvieron su origen en estos años y que llenarían el poco espacio que me queda y no podríamos hablar del año 1968, concretamente de mayo y junio. Europa entera se volcó en los acontecimientos que se llevaron a cabo en París por obreros y estudiantes. Acuciados por el paro,  por el deterioro de la situación económica y sintiéndose excluidos de la prosperidad, algo que ha cambiado poco y que en estos días también nos indigna; los trabajadores coincidieron con los estudiantes que seducidos por el nacimiento de la “contracultura” y por el movimiento Jipi, así como por ídolos musicales como Beatles, Rollyng o Dilan, y filosófos y escritores como Joan Paul Sartre, Albert Camús o Simone de Beauvoir; criticaban el estilo de vida que se había incrustado en la sociedad a través del consumo y el capitalismo de la posguerra.

En París se miraba de reojo hacia el socialismo “descafeinado” y en Praga también, pero por motivos distintos y desde ópticas diferentes. Coincidieron los acontecimientos pero en agosto de ese mismo año Praga se vio invadida y sometida por los tanques rusos.

Todos los hechos que se produjeron llevaron a Francia, como botón de muestra, hacia un cambio que empezó por la salida de De Gaulle del gobierno, lo que significó el principio del fin de los líderes políticos que habían dirigido la Europa de la posguerra, y continuó con nuevas movilizaciones de obreros (Renault 1973) que sirvieron de acicate a una nueva forma de concebir los problemas sociales, aunque en España quedaran todavía unos cuantos años muy duros.

El desgaste de la carrera armamentística y las luchas por la hegemonía imperialista llevaron a Rusia en 1985 a la Perestroika y con ella a la apertura y a cierta relajación del sistema económico. Cayó el Muro de Berlín en 1989 y por fin el mundo respiró el mismo aire y al mismo son.

 Hoy, la velocidad impuesta por los medios y por la sucesión de noticias, hace que todos sepamos de los demás mucho y mejor. El conocimiento de los otros y las experiencias vividas son nuestra gran despensa cultural, y nos debería de servir para entendernos,  para no confrontar tanto y confraternizar más, y en eso hemos de poner todo el esfuerzo. Hasta aquí hemos llegado y,  a pesar de todo, yo creo que en estos años se han superado verdaderas barreras que no han sido sólo físicas, han sido también ideológicas y, aunque quedan sus resquicios y rescoldos, los tiempos no son lo que fueron. Todos tenemos acceso a una de las mayores fortunas que no es económica pero que tiene tanto o más valor… es la información. La buena información, contrastada y estudiada,  es el bien colectivo que diferenciará los tiempos presentes y venideros de los pasados.

Todavía nos enteramos de las cosas importantes a “toro pasado”, pero nos enteramos (que no es poco). ¿Se nos puede manipular? quizás, pero lo sabremos;  la llamada posverdad nos podrá despistar, será antes o después, pero la descubriremos. La mentira, el engaño, la burla o la estafa quedarán al descubierto. No son sólo palabras más o menos bonitas, quiero creer que son certezas que no tardaran en producirse apoyadas en la cultura y en la justicia. Muchos pensarán que es simplemente una ilusión, pero será porque no vivieron los tiempos del oscurantismo más absoluto y no pueden sopesar la inercia que corre a favor de la información y la verdad.

Me quedan en el tintero muchos acontecimientos, muchos hombres y mujeres que han sido fundamentales en la construcción de todo esto y que gracias a su esfuerzo y a su trabajo hoy salimos adelante mucho mejor. En el occidente de Europa gozamos de auténticas democracias, también en España, donde pese a etarras, golpistas y algunos descreídos, está en la mente de todos como ejemplar. Hoy somos la cuarta potencia económica de Europa, juntos podemos mirar cara a cara al resto de las democracias europeas (nuestros complejos ya pasaron) y la mayoría entendemos que no se pueden dar pasos atrás, que la Ley, aceptada por todos y para todos, se tiene que cumplir y respetar.

Les dejo, de nuevo llaman a la puerta… y no sé qué butifarra se les habrá perdido ahora.

Manuel Jiménez García.

Llegó el Verano

Llegó el Verano

Ya está aquí el verano, que aún no había llegado por el calendario pero que se instaló cual incomoda visita que no se va ni con agua fuerte y nos está trayendo por el camino de la calentura. La verdad es que pocas veces hemos tenido unos días en junio como los presentes, con  la sequía acechante y la naturaleza expresándose con incendios, roturas de ramas por efecto del calor,  frutales que no saben a qué carta quedarse porque primero los atacaron las heladas tardías y ahora estos calores tan tempranos. El caso es que no hay quien pare en la calle, ni  quien se solace en casa ante esta climatología, ya sea por tanto ruido de abanicos, de  ventiladores y de aires acondicionados o de las quejas que acarrea. Todo se suma y resulta mucho más agobiante.

Por la noche para qué contar. Estamos en junio pero para los insectos, concretamente para los dípteros, conocidos por su familia como CULÍCEDOS (no sé por qué, porque te pican en todas partes), son los puñeteros mosquitos; es como si estuvieran haciendo el agosto porque se están poniendo las botas. No se puede dormir con las ventanas cerradas. El ruido de la calle; encabezado por esos que parece que no tienen casa y que les da por acordarse de las más nocturnas y concienzudas teorías que jamás pondrán en práctica y que, además de exponerlas, lo hacen en voz alta y a conciencia para que se les oiga perfectamente; el del camión de la basura, la luz del amanecer y los bichitos que nos visitan y nos hacen el “avión”. Con todo eso, estamos apañados, no hay quien duerma.

Yo, sin embargo, pese a que no se puede salir de día ni dormir de noche, creo que el verano nos brinda cantidad de vida y de posibilidades; porque, amigos míos, el calor no es siempre el mismo, ahora estamos en plena ola calorífica procedente del efecto de cierto anticiclón y de la cercanía del Sahara y por qué no decirlo de un clima que cada vez está más loco, y si siguen saliendo elegidos gobernantes del estilo de “Mister Donald Trump”, cada vez lo estará más.

No me digan que el verano no es la estación más divertida del año, cuando el común de los mortales toma las vacaciones en estas fechas. Haber cuándo, si no, se celebran las fiestas más importantes y con más participación de toda España. Primero las de nuestros pueblos que son, corríjanme si me equivoco, las más alegres y las mejores de las que se celebran en cualquier otra parte del mundo mundial. Luego tenemos muchas para elegir ¡Oiga usted!: que si las de San Juan que este año nos va a ahorrar las hogueras porque a ver quién es el guapo; que si las de Haro (la Rioja), en la que se vive una de las guerras más particulares, donde el vino es el arma más eficaz; que si el Festival Internacional del Mundo Celta  en Ortigueira (La Coruña), en la que la música Folk suena magníficamente al aire libre; que si las fiestas de San Fermín, con su chupinazo, sus encierros, sus gentes, sus durmientes en bancos y en aceras, su trifulca política que se suele meter en la fiesta, que si la de los Moros y Cristianos  recreándose una batalla en las playas de Villajoyosa (Alicante), con sus vistosos trajes y desfiles de mujeres y hombres fumando generosos cigarros puros; que si el Descenso del Sella donde miles de piragüistas se enfrentan en competición por llegar primeros a Ribadesella desde Arriondas, mientras en la orilla del rio se lleva a cabo una gran fiesta; que si la Tomatina en las calles de Buñol (Valencia), donde miles de participantes se lanzan tomates, llenando todo de la sabrosa hortaliza que, por cierto, no es una hortaliza si no una fruta ya que de haber sido hortaliza los pobres comerciantes o distribuidores, en USA 1887, hubieran tenido que pagar ciertas tasas por la importación de éstas y no por la de frutas, imponiéndose el criterio de que eran fruta porque nacían del ovario de una flor (cosas de los americanos); que si el Cascamorras allá por septiembre, en Baza (Granada), bufón al que hay que manchar de pintura con lo divertido y  sobre todo lo pintoresco que eso puede resultar. En fin se me quedan muchas en el tintero pero no da para más.

Otra de las cosas mejores del verano es lo bien que sientan esas cañas de cerveza, tan frías, tan rebosantes, tan llenas de burbujas y de espumita blanca, tan bien acompañadas de su tapita, tan ricas en sabores y en colores: rubias, morenas, incluso pelirrojas. ¡Una auténtica maravilla!

Lo de las tapas, para qué contar, hay quienes en horas de almuerzo o cena no pueden resistirse a sus encantos porque, además proporcionan la manera de continuar en la mesa de la terraza o en la barra del bar. Son verdaderos artículos de lujo, no por el precio (que algunas sí), si no por su elaboración, una obra de arte, cada vez más sofisticadas, aunque siempre estará esa rebanada de pan tostadito con una buena loncha de jamón ibérico y un poquito de tomate bien acondicionado, o ese queso sobrio de oveja, bien cortado y siempre agradecido de un buen pan bregao de nuestra Comunidad castellano leonesa. ¡Por Dios que cosas!

Ya metidos en tapas, por qué no hablar de los vinos, que no calman la sed pero alegran el paladar y hay quien dice que también el alma. Los vinos frescos de Cigales claretes o tintos, los de Rueda blancos y verdejos, los tintos de Toro y los de la Rivera de Duero, y otros hermanados que se añaden y no pasan desapercibidos. El vino ha sido una tradición y nuestra degustación preferida. En todos los pueblos que nos rodean los paisanos se jactan de hacer buen vino en sus propias bodegas ¡Y VAYA QUE SÍ!, de ser capaces de competir con el mejor y de que a su vino no le gana ningún otro como producto natural que se ofrece sin ningún tipo de química o conservante. Es un privilegio tener amigos con esos empeños en cualquier pueblo pero ya si es en Peñafiel y es mi amigo Carlos, la cosa es insuperable.

Jamás hemos tenido un acceso tan abierto a los buenos vinos. Dice mi amigo Ramón, bodeguero de Tomelloso, que “el buen vino no tiene porque ser el más caro o el de aquí o allá”, refiriéndose a la zona de su crianza; “el buen vino es el que te gusta y de esos hay cientos”. Los vinos que se nos ofrecen en las tiendas o supermercados tienen distintos precios y algunos son de un alto valor, nunca diré que caros, pero hay una mayoría de ellos que son asequibles y también son magníficos. Sin embargo, parece ser que los españoles últimamente nos decantamos más por la cerveza, aunque aquí todo el mundo entiende de vinos un montonazo: que si los aromas, que si los sabores a regaliz o a maderas especiales, que si los afrutamientos, que si los taninos, que si la intensidad y efervescencia, que si los maridajes…, que somos auténticos expertos.

Pero claro con tanta caña de cerveza, tanto vinito fresco y tanta tapita de jamón o de lo que se tercie, que llegamos a medio verano y se nos apercibe, porque nosotros siempre lo negaremos, de una cierta protuberancia en la parte media de nuestra figura frontal que algunos lo dan en llamar barriga cervecera, pobrecita mía…, como si sólo tuviera la culpa la cerveza.

Otra de las claras consecuencias de tanto calor y de tanta cervecita y tapita y vinito…, y tanto buscar en la calle el aire acondicionado de los bares y cafeterías, es eso que en algunos sitios llaman la “bocachancla”, es decir hablar más de la cuenta, sin ninguna discreción y sin saber muy bien lo que se está diciendo. Todo ello sin contar con la mala leche que se le pone a cierta gente que no soporta el calor y sin darse cuenta la paga con el más “pintao”.

Todo eso que es cierto y que podría ser negativo, tiene mucho de bueno porque con el ir y venir descubrimos lo mejor de nuestros amigos y si no los tenemos los hacemos, ¡Oiga Usted! sin ningún problema. Las amistades del verano no suelen durar mucho pero tienen de bueno que se renuevan todos los años (amistades veraniegas amistades pasajeras). Durante las vacaciones qué sería de uno si no tuviera cerca algún amigo, cómo íbamos a darle a la húmeda a cerca del crack futbolístico próximo o lejano, acerca del partido o del político que más o que  menos nos pueda interesar, aunque de estos últimos ya cabe poca discusión y ni siquiera hartos de cerveza llegaríamos al desacuerdo.

Después de cada día de excesos se nos viene encima la reflexión, sí…, esa que de manera espontánea nos acude a la boca y compartimos con los amigos y volvemos a las teorías nocturnas que expresamos con toda contundencia y concienzudamente, al menos eso creemos, pero con voz alta sin darnos cuenta de que lo que conseguimos en realidad es “dar por saco” a los abnegados vecinos que tienen que dormir con su ventana abierta muy a su pesar.

¡Qué maravilla! Como digo, en verano todo es disfrutar, se supone que uno hace lo que le da la gana. Dejemos aparcado el trabajo por un tiempo para coger las merecidas vacaciones y expongámonos al sol y a la noche, a comer y a beber, a pasear y a hablar, a sentir y a amar. Disfrutemos de la vida; si lo piensas fríamente (en verano difícil) te darás cuenta de que son pocas las ocasiones en que este despilfarro de energía y de vitalidad, coincide con lo mejor de nosotros – la salud y la juventud que es terna – . Puede que resulte algo cansado, de ahí que sea cierto aquello de que nadie necesita más unas vacaciones que el acaba de tenerlas, que decía un tal Elbert Hubbard ¿Pero qué quieres…?

Si te parece mejor te puedo recitar aquello de Juan Ramón Jiménez:

 “¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano torna a encender las calles y oscurecer las casas, y, En las noches, regueros encendidos de estrellas pesan sobre los ojos cargados de nostalgia”.

O aquella otra de Machado:

“Frutales cargados. Dorados trigales… Cristales ahumados. Quemados jarales…  Umbría sequía, solano…  Paleta completa: verano”

Bellas, no cabe duda, pero y qué hay de lo refrescante de las cañas y los vinos, de las tapas y los bares, de los amigos y la calle…, del “ahora no, porque no me da la gana”.

Manuel Jiménez. Equipo de redacción

 

 

El Sector Agrario, su Reivindicación

El Sector Agrario, su Reivindicación

No es costumbre de esta casa hacer publicidad de nuestros seguros en el blog, y bien lo saben las personas que nos siguen. Pero en esta ocasión en la que estamos en pleno lanzamiento de una campaña dirigida a las empresas agrícolas, no queremos perder la ocasión de intentar poner sobre blanco algunos pensamientos relacionados con la importancia del sector agrario y su reivindicación.

La Agricultura es, quizás, la profesión más antigua de la humanidad. Y si bien de ella viven muchas personas, lo que es seguro es que de ella nos servimos absolutamente todos. Es la principal fuente de alimentos, piensos y vestimenta, y proporciona materiales para combustible y vivienda a una población mundial en crecimiento; el reto consiste en liberar a millones de personas de la pobreza y el hambre y, al mismo tiempo, reducir sus efectos en el medio ambiente.

Pero esta actividad viene siendo desde hace tiempo objeto de un persistente desdén, sobre todo por el poco valor económico que se le da a sus productos en origen y por una interminable lista de obligaciones y reglamentos, impuestos desde dentro y fuera de nuestras fronteras. Así lo percibo yo que apenas entiendo del asunto. Los productos tienen un valor en la tierra que ni por “asomo” se parece al precio final una vez distribuido y comercializado. Uno se pregunta si será lógica esta diferencia o, sencillamente, esto obedece a la atomización de los productores frente a la presión de las comercializadoras, tal vez a la falta de fuerza y unión, o quizás a la minimización del colectivo frente el consumidor final.

Suponemos que serán varios los motivos por los que los productos del campo se valoran tan poco, pero no deja de sorprendernos que las grandes cadenas alimentarias, los grandes supermercados, ofrezcan entre sus artículos una mayoría de productos importados: espárragos, garbanzos, arroz, etc.

En el año 2012 las importaciones mundiales agropecuarias de los principales productos: maíz, arroz, cebada, trigo, azúcar, incluso aceite y harina, además de carne de bovino, porcino y ave; encontramos que 19 países, incluido el bloque de la Unión Europea como uno solo (27 países), concentraban en conjunto el 60% de las importaciones totales del mundo, de los cuales China y la Unión Europea eran los principales importadores de alimentos, con 11% y 10% del total mundial, a pesar de que Europa produce el 13,5% de estos mismos productos (Sobre todo trigo y leche). Es de suponer que no tenemos la capacidad de producción necesaria para abastecer nuestras propias necesidades. Lo malo sería que compráramos transgénicos. En el año 2014, los cultivos de transgénicos se extendían en 181,5 millones de hectáreas de 28 países, de los cuales 20 son países en vías de desarrollo. En el año 2015, en USA el 94 % de plantaciones de soja lo eran de variedades transgénicas, así como el 89 % del algodón y el 89 % del maíz.

El caso es que los alimentos en el “Super” están a precios propios de rentas altas o medias, y nos queda la impronta de que en realidad los comercializadores han pagado por ellos precios que se corresponden, o bien con rentas muy bajas en los países de origen, o bien los habrían pasado por la biotecnología. Parece claro quiénes son los que hacen el negocio. Mientras, como es el caso de Europa, vemos cómo los precios de nuestras producciones se van al garete y no pueden sobrevivir, incluso con ayudas y subvenciones.

La sensibilización sobre estos temas que nos conciernen a todos, poner en nuestro objetivo al medio rural, hacer preferencia de la alimentación en base a productos locales, el consumo corresponsable y la protección de los recursos naturales y locales; son el fundamento de un buen desarrollo agroalimentario, con el que  los ciudadanos debemos coincidir a base de información y de formación, para poder actuar en defensa de nuestra agricultura y luchar contra las desigualdades y a la vez contra la pobreza alimentaria.

Que es un sector indispensable y su supervivencia está asegurada lo sabe todo el mundo. Lo que no lo está tanto es su continuidad en la forma que se ha venido desarrollando hasta ahora. Si no fuera por el gran costo que supone la adquisición de la tierra, que tradicionalmente ha sido pasada de padres a hijos, las grandes multinacionales se habrían hecho dueñas ya de todo el sector, lo que nos podría llevar a pensar que ese puede ser otro de los motivos por el que los productos en origen están a precios que ni siquiera compensan los gastos. La apropiación de la tierra cultivable por parte de los grandes grupos especuladores nos llevaría a perder el control de la producción, pues quedaría en manos de unos pocos, y dejaría los precios a su merced con la consiguiente afectación de los mercados.

Algo que sí se está viendo ya, al hilo de la apropiación de la tierra y de las importaciones masivas de alimentos, es el preocupante tema de la deforestación. Si bien ésta ha sido una práctica que se ha dado desde el principio de los tiempos en pro de la agricultura, ahora se pone de manifiesto de manera salvaje y con fines especulativos, ya sea por incendios provocados en los bosques, ya sea por la aniquilación de franjas de terreno de cientos de miles de hectáreas de las zonas selváticas para, entre otras, propiciar una actividad agrícola de manera masiva y descontrolada; produciendo simultáneamente el deterioro y la anulación de la superficie terrestre que no puede corresponder con su propio clima ni con su composición química.

De modo que lo que se pretende ganar con estas actitudes, no es precisamente paliar el hambre del mundo incrementando la agricultura, sino el control de la producción y su valor en precio. Sin embargo lo causal es la desertización y el cambio climático.

 

En España, frente a lo que se pueda creer, las zonas verdes y boscosas siguen representando un porcentaje del suelo similar al de hace 100 años. El terreno dedicado a los asentamientos humanos, sigue siendo más o menos igual gracias a la naturaleza de las edificaciones que normalmente se han compactado y construido en bloques. También el terreno dedicado al cultivo sigue siendo parecido. Sin embargo el asignado a bosques, según estudios científicos, ha crecido un 22%, lo que ha venido ocurriendo en casi toda Europa.

Según parece, este cambio se debe a que Europa empezó a importar gran parte de sus alimentos, consiguiendo restar presión a su propio suelo y con el tiempo ese suelo que quedaba excedentario ha pasado de cultivable a convertirse en prados y después en bosques. Todo esto no nos exime de responsabilidad frente al cambio climático ya que, si bien mantenemos nuestras zonas verdes, lo hacemos a base de importar y de limitar nuestras producciones, por tanto, de llevar a otras zonas del planeta la desertización por el abuso y la sobrexplotación.

Sin embargo todo este conglomerado de conceptos se hace pequeño cuando uno pisa el terreno y sale a la realidad, al día a día de los agricultores y del medio rural. En cualquier pueblo de nuestra comunidad, cerealista por antonomasia, vemos cómo ha desaparecido en gran medida su habitación y cómo los que quedan aguantan estoicamente la problemática del campo, unas veces por la falta de agua que no sólo es por el cambio climático, también lo es por la sobreexplotación de los acuíferos que con tanta perforación ya no dan más de si; otras son la falta de ayudas, el precio de los seguros agrarios, el de los combustibles o la energía y, sobre todo el valor que el mercado otorga a las cosechas.

En España, según el Instituto Nacional de Estadística hay aproximadamente unos 2.800  pueblos abandonados. Pero para algunos de ellos está surgiendo, en los últimos años, una segunda oportunidad. Empresas que convierten pequeños municipios en centros de turismo y ocio deportivo o administraciones públicas concienciadas del valor de estos enclaves, están detrás de este pequeño resurgir rural.

Cuando se piensa en emprendimiento nos viene casi cualquier imagen a la cabeza menos el sector agrícola. El campo ha sido un terreno tradicionalmente vetado para quienes no han nacido en una población rural o cuya familia ha sido ajena a este sector. De hecho, la mayoría de explotaciones agrarias de España están, como ya hemos hablado, a cargo de las empresas familiares. Pero esta tendencia está cambiando en los últimos años por lo complicado del mercado laboral y por la necesidad que tiene el campo de apuntarse a una renovación tecnológica que le hará ser más competitivo, produciendo más y adaptándose a la demanda de los consumidores. Esta mezcla ha conseguido que muchos emprendedores ya no miren con recelo al sector agrícola. Y cada vez son más los que se apuntan, porque hay argumentos de sobra para emprender en agricultura.

Uno de los cambios más interesantes que se pueden dar y se están dando en el campo tiene que ver con el replanteamiento de los tradicionales canales de distribución. Internet y la posibilidad de vender on line sus productos ha abaratado los costes además de hacer innecesario el tener una tienda física o la dependencia de comercializadoras que se queden con más de las tres cuartas partes del precio final.

En este contexto, el emprendedor puede jugar un papel destacado. No es fácil, pero las oportunidades de negocio que ofrecen, tanto los nuevos planteamientos en la agricultura tradicional, como los pequeños pueblos – abandonados o no – están ahí para quien le ponga imaginación y paciencia.

La mayoría de Comunidades Autónomas españolas tienen algún plan de ayuda al emprendedor que regresa al campo. Esta ayuda va desde el asesoramiento a la cesión de herramientas específicas de emprendimiento. Este tipo de políticas parece ser que se están poniendo de manifiesto en nuestra Comunidad. En materia de ayudas de la Unión Europea existe el Programa de Desarrollo Rural 2014-2020, con medidas y fondos concretos para ayudar a recuperar el sector primario e incentivar la creación de empresas sostenibles en entornos naturales. Sin embargo es cierto que no es sencillo encontrar financiación especifica para este tipo de proyectos y que las facilidades, según parece, brillan por su ausencia.

No obstante, también hay muchas asociaciones  y sindicatos agrícolas dispuestos a asesorar y  ayudar. Y ya para rematar esta corriente de optimismo que nos ha embargado por unos momentos, decir a las instituciones que sigan, incluso, que apuesten más con sus programas de fomento, no sólo en empresas y modelos de negocio con base en las TIC (tecnologías de información y comunicación), también haciendo cuanto esté en sus manos para generar  partidas económicas que proporcionen oxígeno y fuerza a los emprendedores del campo. Recuperaríamos el tejido social que hemos perdido en el medio rural, favoreceríamos una nueva economía y creación de empleo y con ello protegeríamos, aún más y mejor, nuestro suelo y nuestro clima. ¡Todo ventajas!

Visita nuestra campaña Seguros para Agricultores aquí.

Visita nuestra campaña para Maquinaria Agrícola aquí.

Manuel Jiménez. Equipo de redacción

¿Qué tienes tú que no tenga yo?

¿Qué tienes tú que no tenga yo?

“–Está claro que somos diferentes, ya sólo con vernos nos damos cuenta de que nuestros cuerpos son diferentes y que vosotros tenéis ciertas limitaciones. –Bueno, y ¿cuáles son esas limitaciones… si se pueden saber? –Nosotras somos madres, somos las que traemos a todos a la vida. –Claro, pero nosotros tenemos mucho que ver en eso. –Si pero no hay comparación, nosotras ponemos el cuerpo y el alimento; vosotros ni siquiera sabéis si sois los padres a no ser que nosotras os lo digamos y aceptemos la validez de vuestra colaboración en el proceso.

Sigue leyendo ¿Qué tienes tú que no tenga yo?

Del trabajo

DEL TRABAJO

Tras haberse celebrado el día del trabajo, me gustaría hablar no sólo de las reivindicaciones o de aquellas partes que forman ese conglomerado y que aún están sin determinar o sin cubrir. Es difícil tratar de expresar algo que no se haya dicho ya respecto al trabajo, sin embargo queda todavía mucho por hacer pese a que la mejora en las condiciones laborales haya ido al alza en las últimas décadas. Son muchas las razones por las que nos debemos de preocupar: porque la protección social aún no llega a todos los desempleados, porque la seguridad en el trabajo deja unos números en negativo que no se pueden justificar, porque la esclavitud o el trabajo infantil están en las televisiones pero también en la vida real y muy cerca de nosotros, porque las mujeres aún siguen discriminadas; y porque, siendo éstos importantes, son sólo parte de los retos a los que el mundo se enfrenta ante el derecho al trabajo.

   
Para llegar al fondo de la cuestión tendríamos que definir al trabajo como toda actividad, remunerada o no, que es realizada con el objetivo de alcanzar una meta, solucionar un problema o producir bienes y servicios para atender las necesidades humanas; pero esta definición se nos queda pequeña porque, alcanzados estos objetivos, nos quedaríamos paralizados y no podríamos emplear nuestra energía vital. El trabajo, además, nos da la posibilidad de desarrollar nuestros sueños, de expresar y de afirmar nuestra dignidad y conquistar nuestro propio espacio ganándonos el respeto y la consideración de los demás. Por tanto no es sólo una necesidad para conseguir los medios de vida, es ante todo un derecho al que jamás podríamos renunciar.

Esto que define al trabajo no siempre estuvo basado en la misma idea. Si nos entretenemos en la historia nos encontramos con actitudes como las que afloraron la esclavitud, que se mantuvo hasta el siglo XIX y que, curiosamente, ahora se vuelve a ver en versiones diferentes pero por eso no menos alarmante. Los poseedores del dinero cambiaban la necesidad de trabajar por una mano de obra obligada por las circunstancias (personas procedentes del botín de conquista, prisioneros de guerra, secuestros, indemnizaciones por castigo o por pago de deudas, etc.) a los que casi siempre se les trataba indignamente y se servían de ellos en calidad de amos a cambio de casa y comida, forzándoles a trabajar en las tareas más duras y denigrantes, equiparándoles con animales.

En la alta Edad Media, concretamente con el feudalismo, se disipa la esclavitud (que no desaparece puesto que en el siglo XVI en España habría 100.000 esclavos y en el año 1620 en Sevilla se calculó una cifra de alrededor de 6.000 esclavos de un total de 120.000 habitantes), surgiendo los estamentos, que dividen a la sociedad en tres capas distintas: Los Bellatores, gentes de la nobleza, aguerridos y armados, defensores de la comunidad a cambio de que ésta trabaje para mantenerlos; los Oratores, señores de la iglesia o eclesiásticos, dueños de grandes patrimonios cedidos por los anteriores, no pagan impuestos y en su seno surgen los monasterios (Benito de Nursia año 480-547 Regla Benedictina); y por último los Laboratores, trabajadores, labriegos, artesanos, etc., trabajan las tierras y producen las cosechas.

Aún sufriendo numerosos abusos, los trabajadores fueron mejorando su situación al debilitarse la esclavitud y sobre todo en los períodos de paz, que se harían más largos desde finales del siglo X cuando Occidente entró en una etapa más estable. Todo el trabajo físico: el campo, la construcción, incluso la artesanía, fue desdeñado por los nobles, aunque no por los monjes (Ora et labora) a quienes hoy debemos que mantuvieran la llama de la cultura como la pequeñísima luz que brilló en aquella sociedad de sombras. Tenían no obstante derechos y al menos existían obligaciones mutuas con los señores. Los siervos no podían moverse de su tierra sin permiso del amo, pero éste debía protegerlos, no podía expulsarlos ni tenía derecho de vida o muerte sobre ellos. El siervo trabajaba sus campos y los del amo, retenía parte de los frutos de éste y mantenía una autonomía limitada por contrato hereditario. La servidumbre constituyó un avance sobre la esclavitud y contribuyó a aumentar la producción al interesar al siervo en ella. Pese a lo cual, todo trabajo quedó sin firmar, no se puede etiquetar ninguna obra de arte de la época porque trabajar estaba mal visto por el estamento de la nobleza, para los bellatores el trabajo era una bajeza propia de siervos.

El despotismo del Antiguo Régimen nos condujo a las ideas previas a la REVOLUCIÓN FRANCESA, ideas que fueron la cuna del Liberalismo y que marcaron el camino a los pensadores que influyeron en la Ilustración y por ende en los enciclopedistas D’Alambert y Diderot. Fueron los ingleses Hobbes y Locke en el siglo XVII, con sus obras “Leviatán” y “El Estado de la Naturaleza, La Ley Moral Natural o el derecho Natural de la Propiedad Privada” respectivamente, quienes influyeron en Jean Jacques Rousseau concluyendo en los orígenes de la Sociedad Política, del PACTO SOCIAL, bajo cuya teoría se fundamenta buena parte de la filosofía liberal, categorizando al individuo como pieza fundamental e instrumentalizando para él un Estado de Derecho que le asegurara: derechos, obligaciones y libertades para poder vivir libremente.

Paralelamente, estas mismas ideas nacidas en Inglaterra propician el principio del racionalismo, del que es René Descartes su principal representante sin olvidar a filósofos como Leibniz o Spinoza, y esta corriente filosófica viene a producir el hecho histórico más importante para la vida de los trabajadores: LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. De modo que en Francia se fragua la gran revolución política de la mano de la Ilustración y los enciclopedistas, y en Inglaterra la gran revolución del trabajo con la influencia de los racionalistas ¿Quién dijo que la filosofía no merecía la pena…?

La revolución francesa (1789 – 1799).- Supuso una serie de movimientos revolucionarios que dieron fin al Antiguo Régimen en Francia. Se considera un modelo de revolución política burguesa porque logró la conquista del poder por parte de la burguesía. Aquel dominio político le permitió imponer sus criterios, tanto económicos (liberalismo económico), sociales (clases) y políticos (parlamentarismo en sus dos primeras formas: el liberalismo y la democracia).

Aun cuando la revolución establece los derechos fundamentales de los ciudadanos franceses y de todos los hombres sin excepción (1.789), no se refiere a la condición de las mujeres o a la esclavitud, aunque esta última seria abolida por la declaración de la Convención Nacional el 4 de febrero de 1794 (considerada el documento precursor de los derechos humanos a nivel nacional e internacional). Tuvo que ser Olympe de Gouges, en 1791, la que proclamara la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, para que las mujeres entraran en la historia de los derechos humanos.

La Revolución Industrial (finales del XVIII hasta mediados del XIX).- Como consecuencia del desarrollo industrial nacieron nuevos grupos o clases sociales encabezadas por el proletariado y la burguesía que era dueña de los medios de producción y poseedora de la mayor parte de la renta y el capital. Esta nueva división social dio pie al crecimiento de los problemas sociales y laborales, protestas populares y nuevas ideologías que propugnaban y demandaban una mejora de las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas, desarrollándose los movimientos obreros, basados en los antiguos gremios, que dieron lugar al sindicalismo, y los partidos políticos.

Será en el año 1945, con la configuración de las Naciones Unidas, y tres años más tarde con su declaración de los derechos humanos, cuando se lleve a cabo la abolición de todo tipo de esclavitud o servidumbre que pueda existir en el mundo moderno. Aún así, existen hoy numerosos lugares donde, si bien no se puede definir la esclavitud como lo era antiguamente (a excepción del tráfico de personas o de lo que está pasando en África con el DAESH y Boco Haram o la insurgencia islamista), sí se puede decir que millones de personas trabajan en condiciones precarias, más horas de las que les corresponde y sin una compensación económica acorde al trabajo realizado. Esto, comúnmente se conoce como explotación laboral, y afecta tanto a hombres como a mujeres, pero también y sobre todo a niños.

En la segunda mitad del siglo XX los trabajadores alcanzaron su plenitud de derecho laboral. El Estado del Bienestar (The Welfare State), frase forjada en la década de los años cuarenta por William Temple, entonces Arzobispo de Canterbury, como contraposición al (warfare state) “estado de guerra” de la Alemania Nazi, para describir las bondades de las políticas keynesianas de posguerra. Para algunos supuso el quinto poder del Estado: el de actuación económica, añadido a los tres poderes clásicos de Montesquieu y al cuarto poder, que son los medios de comunicación.

Lo cierto es que ha proporcionado un cambio profundo que nos permite hablar del Estado Moderno y profundizar en la regulación de la relación entre trabajadores y empresarios. Fue bajo este modelo de gobierno, cuando los estados pasaron a ser actores en la economía, no dejando al azar del mercado esta cuestión crucial en sus países, y fue entonces cuando los trabajadores consiguieron grandes avances en relación a su situación laboral: menos horas de trabajo, vacaciones pagadas, la asignación de ropa o herramientas adecuadas de trabajo, etc. . Mientras, el Estado optimizó de manera notable el sistema de salud, la educación y la previsión social se convirtió en su principal política, con la consiguiente relegación paulatina de los sindicatos. Hoy las “leyes” del mercado vuelven a aparecer y a preocupar con ese Neoliberalismo codicioso que empieza a poner al margen todas aquellas políticas y a fomentar el resurgimiento de los viejos demonios (corrupción política, populismos, nacionalismo, xenofobia, etc.).

Pese a estos derechos y grandes discursos, hoy en España, quizás motivado por la crisis económica o porque cada vez nos afectan menos los problemas ajenos y estamos en el “Sálvese quien pueda”, vemos cotas de egoísmo que desconocíamos, duelen las noticias que indican que existe una gran pobreza infantil, que muchos niños no llevan merienda al colegio o que aún se ve a gentes mirando en los cubos de la basura la oportunidad de llevar algo a su casa. Los salarios se han quedado estancados o han retrocedido a niveles que cuestan trabajo encontrar.

El Gobierno nos informa del magnífico comportamiento de las cifras “macro” y de lo avanzada que está ya la salida de la crisis, pero lo que nos llega es la constante amenaza a las pensiones de nuestros mayores, la precariedad laboral, los contratos basura, y la indiferencia de muchos empresarios acerca de los problemas sociales que todo este anecdotario antisolidario nos viene dejando. En el resto del mundo hay excepciones pero tampoco “pinta” demasiado bien. Sólo el 27% de la población mundial tiene una protección social adecuada, y más de la mitad no tiene ninguna cobertura. Veinte millones de personas se ven obligadas a trabajos en régimen de semiesclavitud. En Europa se dan diferencias inimaginables, Bulgaria tiene un salario mínimo equivalente a 185€ mensuales mientras en Luxemburgo es de 1.925€. Luego querremos que Europa sea el ente político y económico que nos ampare a todos y sea la casa común.

No es difícil de entender que se ha luchado y sufrido mucho para conseguir tanto, pero en un mundo en el que solo mande el dinero…, o hacemos valer el PACTO SOCIAL que marcaron los filósofos o la felicidad tanto de pobres como de ricos se podría ir al traste.

Manuel Jiménez García, Equipo de redacción.

REFLEXIONES DE SEMANA SANTA

 REFLEXIONES DE SEMANA SANTA

Semana religiosa con todo tipo de actos litúrgicos, en la que destacan los Oficios del Jueves Santo cuya celebración se lleva a cabo en una misa vespertina al caer la tarde de dicho día, siendo uno de los momentos más importantes del año litúrgico, la Institución de la Eucaristía y el mandamiento del amor; y el Domingo de Pascua o de Resurrección, la fiesta central y para mí más importante del cristianismo. Semana también de saetas, de hábitos y de capuchinos, de olores y de colores, de tambores y de velones. Del Jesús de la agonía, del Jesús del Madero, del que anduvo en el mar, de la Fe de mis mayores… Pero también semana de asueto, viajes, vacaciones.

La Semana Santa junto a la Navidad es la manifestación más grande del Cristianismo, por ende del Catolicismo, nombre que se viene utilizando desde principios del siglo II para referirse a la “Iglesia universal”. Nuestra Iglesia Católica está compuesta por veinticuatro Iglesias: la Iglesia Latina y veintitrés Iglesias orientales, que en conjunto reúnen a más de mil doscientos millones de fieles (una sexta parte de la población mundial y más de la mitad de los más de dos mil millones de fieles cristianos). La principal característica distintiva de la Iglesia católica es el reconocimiento de la autoridad y primacía del Papa, obispo de Roma. Sin embargo hay varias Iglesias que comparten también el adjetivo calificativo de «católicas», como la Iglesia Ortodoxa, las Iglesias ortodoxas orientales, la Iglesia Asiria de Oriente y las Iglesias que constituyen la Iglesia Anglicana.

He querido hacer notar la cantidad de personas que de una u otra forma seguimos las enseñanzas de Cristo, pero no es mi intención entrar en datos o conocimientos que no tengo. Yo, como muchos o casi todos, aprendí cuando era un niño la Historia Sagrada y el Catecismo, del que apenas me acuerdo. Perdura, eso sí, el recuerdo de la primera Comunión y de aquellos Ejercicios Espirituales a los que acudíamos en fila desde el colegio hasta la iglesia de San Sebastián en el Carabanchel de mis años infantiles.

De aquellos tiempos y de aquellos aprendizajes saqué una clara orientación religiosa hacía las creencias que me transmitían mis mayores y mis educadores, explicadas fundamentalmente en el colegio a base de Parábolas que contaban hechos ejemplarizantes y fáciles de entender. La enseñanza de la religión de entonces, supongo que ahora será así también, con esos ejemplos nos dotaba de valores y principios inspiradores del amor y responsabilidad hacia el prójimo. De lo poco que recuerdo del Catecismo, era que la portada ofrecía una imagen de Jesús y sus apóstoles subidos en una barca acercándose a la orilla donde les esperaba una multitud (hablo de los años sesenta y dos o sesenta y tres), y que había definiciones que hoy no dejarían a nadie indiferente. Eran verdaderamente curiosas:

  • ¿Para qué ha creado Dios a los hombres? Dios ha creado a los hombres para que le amemos y obedezcamos en la tierra y seamos felices con Él en el cielo.
  • ¿Podemos con nuestras propias fuerzas cumplir todos los mandamientos y ganar el cielo? No podemos sólo con nuestras fuerzas cumplir todos los mandamientos ni ganar el cielo, porque necesitamos el auxilio de la Gracia.
  • ¿Cuántas clases de gracia hay? Hay dos clases: la Gracia Santificante y la gracia actual.
  • ¿A qué llamamos Gracia Santificante? A la que nos hace hijos de Dios y Herederos del cielo.
  • ¿Qué es la gracia actual? La gracia actual es un auxilio de Dios que ilumina nuestro entendimiento y mueve nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal.

Qué duda cabe que dependiendo de las intenciones que tenga el que escriba, a partir de estas cuestiones y respuestas que planteaba el catecismo se podrían escribir libros y libros. Como dice Juan Manuel de Prada. “Para expresar nuestro amor necesitaríamos escribir una enciclopedia; para expresar nuestro odio nos basta con ciento cuarenta caracteres”. Como todos sabemos el catecismo contenía ciertas paradojas y motivaciones, pero también muchos conocimientos que nos introducían en la liturgia y nos preparaban para ser cristianos de hecho y derecho, adoctrinándonos en la religión de la que ahora somos o no partícipes libremente.

Con los planteamientos de hoy, me deja cierta perplejidad el hecho de que se tratara de enseñar el catecismo “con un embudo” a chavales de ocho o diez años, sin más historia que la de que te lo tenías que aprender de memoria. Quizás; por esa forma de pretender llegar a la razón de los que potencialmente tendríamos que ser fieles, sin otra manera de hacer que la de conseguir a toda costa la puesta en práctica de los conocimientos y las tendencias marcadas previamente, llenas de exclusión hacia cualquier otro pensamiento que pudiera surgir de natural; esto pueda ser el motivo de que seamos tantos los creyentes que conformamos esos mil doscientos millones de fieles, como los laicos que conforman la misma cifra y que constituyen ese “Ejército de Fieles” que no se manifiesta nunca de ninguna otra manera salvo en las fiestas religiosas de Semana Santa y puede que también en Navidad.

De ahí que en esta reflexión me quede con la Semana Santa, porque me produce cierta curiosidad ver tanta gente en las calles, ya sea participando en las procesiones o haciendo calle al paso de las mismas. Curiosidad que justifica el hecho de que muchos no son cristianos practicantes, sólo están por tradición. Unos porque ya sus abuelos eran cofrades y les viene de antaño y otros porque es admirable el color, el olor, la luz y, sobre todo, las figuras escultóricas que representan en cada uno de los pasos. Es muy difícil imaginar que toda esa gente vaya cada domingo y fiesta de guardar a escuchar misa y comulgar. Ni aún en los mejores tiempos de la Iglesia se dio la circunstancia.

Antonio Machado, estos días muy recordado, autor de la célebre Saeta, critica en otro poema a un personaje que representa a ese tipo de gente de la que hablo, que se manifiesta sólo en la Semana Santa. Es el llamado “don Guido”, al que describe como un descreído y que sin embargo siempre salía en procesión por Semana Santa “Gran pagano se hizo hermano de una santa cofradía; el Jueves Santo salía, llevando un cirio en la mano -¡aquel trueno!-, vestido de nazareno”.

Lo cierto es que las procesiones convocan a todos, a esa multitud de gentes: creyentes y practicantes, simplemente creyentes, laicos y/o admiradores de la tradición y la cultura. La convocatoria se lleva a cabo desde la calle por donde pasan las cofradías cargadas con sus pasos, y también desde las televisiones que llenan sus programaciones de tambores y velones.

¿Podría querer alguien, que se llevase a cabo un referéndum u otro tipo de consulta para hacer valer el estado laico y retirar las fiestas o sacar de las calles y de las televisiones la Semana Santa? Con toda seguridad el plebiscito estaría a favor de la continuidad y la tradición; es más, me atrevo a pensar que quien lo preguntara quedaría fuera de lugar y perdería tantos apoyos como razones hubiera tenido para elevar a consulta su retirada.

Y es que esta Semana tiene algo especial. Naturalmente, no me refiero a la posibilidad de tomar unas merecidas vacaciones o salir de la rutina laboral, sino a la afectación espiritual, que hace que personas ajenas a los ritos litúrgicos se emocionen ante los pasos de las cofradías viendo en ellos el proceso y muerte de Jesús, y soportando como a una losa todos esos sentimientos de dolor, pena, culpa, desolación y profunda y respetuosa tristeza.

¿Será, a caso, que esa es la parte de la religión, al margen de la Fe y de todo lo que se considera sagrado, que está más cerca de nuestro raciocinio, de nuestra forma de pensar para llegar a la devoción…? ¿No será que de usar tanto y poner tan de manifiesto el sacrificio de Nuestro Señor para conmover y para hacerse respetar, la Iglesia nos llevó a lo más fúnebre de la religión, a lo más duro del mundo en que vivimos, a la sobreexplotación del sacrificio, al convencimiento de que existe la virtud pero tras ella la tragedia, a representar a Dios siempre en la cruz, siempre en la agonía, siempre en el paso de la vida a la muerte, dejando un tanto al margen de esa gran escenificación a la Resurrección y obviando lo que hoy ya es su principal proyecto y así se manifiesta: que Jesús es vida, es cada día, es luz, es divino pero también es terrenal, es compromiso, es voluntariado, es abnegación, es amor…?

El poeta nos pasó ese mensaje cuando nos dijo: “¡No puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!”. Este verso esconde sin duda un gran valor simbólico. Puede referirse al hombre que hizo milagros, al ser “sobrenatural” que es Dios; pero… ¿y por qué no considerar lo que es para Machado andar en el mar? El mar, como ya sabemos, ha simbolizado la muerte, tal y como deja también patente en aquel “Caminante no hay camino sino estelas en el mar”, o esa otra a modo de preludio que nos afirma “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar”, que decía el poeta castellano Jorge Manrique, refiriéndose al final de nuestras vidas.

Por tanto, no le disgustan las procesiones sino el mensaje que propugnan. Él viene a decirnos que prefiere seguir al Cristo que venció a la muerte y que resucitó y no al que murió en la cruz. Un Cristo igual pero lleno de vida, lleno de paz y armonía, garante de nuestro caminar en el mundo. Caminar es vivir y vivir es hacer camino, por lo que se podría suponer que ese Cristo marca la senda, el camino que da sentido a nuestra vida. Encontrando al Jesús que anduvo en el mar, habríamos culminado la búsqueda de Dios y con ello habríamos encontrado la vida.

No se trata de cambiar la tradición, se trata de continuar poniendo el acento en lo que ya se vislumbra, en ofrecer vida en las iglesias, esa que llena todo y tanta falta nos hace, y con ella manifestarnos abiertamente cristianos católicos, no sólo en Semana Santa.

Papa Francisco “Si no somos capaces de anunciar que el Señor está vivo, no somos cristianos”

Manuel Jiménez García

 

Trabajamos con...

next
prev

Notice: Undefined variable: lsp_data_chunk in /home/media2/public_html/wp-content/plugins/logo-slider/ls_logoslider.php on line 488

Warning: Invalid argument supplied for foreach() in /home/media2/public_html/wp-content/plugins/logo-slider/ls_logoslider.php on line 488
 

Notice: ob_end_flush(): failed to send buffer of zlib output compression (0) in /home/media2/public_html/wp-includes/functions.php on line 3743